Leyendo el Nietzsche de Gilles: Caracteres del resentimiento


No debemos llevarnos a engaño por la expresión «espíritu de venganza». El espíritu no hace de la venganza una intención, un fin no realizado, sino al contrario, proporciona un medio a la venganza. No entenderemos el resentimiento mientras no veamos en él más que un deseo de venganza, un deseo de sublevarse y de triunfar. En su principio topológico el resentimiento arrastra un estado de fuerza real: el estado de las fuerzas reactivas que ya no se dejan activar, que escapan a la acción de las fuerzas activas. Proporciona a la venganza un medio: medio de invertir la relación normal de las fuerzas activas y reactivas. Por eso, en sí el resentimiento es ya una sublevación, es ya el triunfo de esta sublevación. El resentimiento es el triunfo del débil como tal, la sublevación de los esclavos y su victoria en tanto que esclavos. Y es en su victoria donde los esclavos forman un tipo. El tipo del señor (tipo activo) vendrá definido por la facultad de olvidar, así como por el poder de activar las reacciones. El tipo del esclavo (tipo reactivo) vendrá definido por la prodigiosa memoria, por el poder del resentimiento; varios caracteres se desprenden de esto y determinan igualmente este segundo tipo. La impotencia para admirar, respetar, amar. La memoria de las huellas es en sí misma odiosa. Hasta en sus más tiernos y amorosos deseos se ocultan el odio o la venganza. Los rumiantes de la memoria suelen disfrazar este odio con una sutil operación, que consiste en reprocharse a sí mismos todo lo que de hecho reprochan al ser del que fingen apreciar el recuerdo. Por la misma razón, debemos desconfiar de los que se acusan ante lo que es bueno o hermoso, pretendiendo no comprender, no ser dignos: su modestia aterroriza. Cuánto odio por lo bello se oculta en sus declaraciones de inferioridad. Odiar todo lo que se siente amable o admirable, disminuir cualquier cosa a fuerza de bufonerías o bajas interpretaciones, ver en cualquier cosa una trampa en la que no hay que caer: no os las deis de listos conmigo. Lo más sorprendente en el hombre del resentimiento no es su maldad, sino su despreciable mala voluntad, su capacidad depreciativa. Nada se le resiste. No respeta ni a sus amigos ni a sus enemigos. Como tampoco la desgracia o la causa de la desgracia. Pensamos en los troyanos que en Helena admiraban y respetaban la causa de su propio dolor. Pero el hombre del resentimiento tiene que hacer del dolor una cosa mediocre, tiene que recriminar y distribuir los errores: su tendencia a depreciar las causas, a hacer de la desgracia «la culpa de alguien». Contrariamente, el respeto aristocrático por las causas de la desgracia y la imposibilidad de tomarse en serio las propias desgracias es una misma cosa. La seriedad con la que el esclavo se toma sus desgracias testimonia una digestión pesada, un pensamiento bajo, incapaz de un sentimiento de respeto. La «pasividad». En el resentimiento «la felicidad aparece primordialmente bajo forma de estupefaciente, de entorpecimiento, de reposo, de paz, de aquelarre, de relajación para el espíritu y el cuerpo, en resumen, bajo forma pasiva». Pasivo, para Nietzsche, no quiere decir no-activo; noactivo es reactivo; pero pasivo quiere decir no activado. Pasivo es únicamente la reacción en tanto que no es activada. Pasivo designa el triunfo de la reacción, el momento en que, dejando de ser activada, se convierte precisamente en un resentimiento. El hombre del resentimiento no sabe y no quiere amar, pero quiere ser amado. Quiere: ser amado, alimentado, abrevado, acariciado, adormecido. Él, el impotente, el dispéptico, el frígido, el insomne, el esclavo. El hombre del resentimiento también da muestras de una gran susceptibilidad: frente a todos los ejercicios que es incapaz de realizar, considera que la menor compensación que se le debe es precisamente el obtener un beneficio. Así, considera una prueba de notoria maldad que no se le ame, que no se le alimente. El hombre del resentimiento es el hombre del beneficio y del provecho. Más aún, si el resentimiento ha podido imponerse en el mundo ha sido haciendo triunfar el beneficio, haciendo del provecho no sólo un deseo y un pensamiento, sino también un sistema económico, social, teológico, un sistema completo, un mecanismo divino. El crimen teológico, el único crimen contra el espíritu, ha sido no reconocer el provecho. Es en este sentido que los esclavos tienen una moral, y que esta moral es la de la utilidad. Preguntamos: ¿quién considera la acción desde el punto de vista de su utilidad o de su nocividad? Y también, ¿quién considera la acción desde el punto de vista del bien y del mal, de lo loable y de lo censurable? Que se pase revista a todas las cualidades que la moral llama «loables» en sí, «buenas» en sí, por ejemplo la increíble noción del desinterés. Nos daremos cuenta de que ocultan las exigencias y las recriminaciones de un tercero pasivo: él es quien reclama un interés de las acciones que no lleva a cabo, él es quien pondera precisamente el carácter desinteresado de las acciones de las que obtiene un beneficio. La moral en sí oculta el punto de vista utilitario; pero el utilitarismo oculta el punto de vista del tercero pasivo, el punto de vista triunfante de un esclavo que se interpone entre los señores. La imputación de los errores, la distribución de las responsabilidades, la eterna acusación. Todo esto ocupa el lugar de la agresividad: «La inclinación a ser agresiva forma parte de la fuerza con la misma rigurosidad con la que el sentimiento de venganza y de rencor pertenecen a la debilidad» Considerando el beneficio como un derecho, considerando como un derecho aprovecharse de las acciones que no hace, el hombre del resentimiento explota en agrios reproches en cuanto su espera es defraudada. ¿Y cómo no iba a ser defraudada si la frustración y la venganza son los a priori del resentimiento? Si nadie me ama es por tu culpa, si soy un fracasado es por tu culpa, si el fracasado eres tú es también por tu culpa; tienes la culpa de tus desgracias y de las mías. Tenemos ante nosotros el temible poder femenino del resentimiento: sin contentarse con denunciar crímenes y criminales, desea culpables, responsables. Adivinamos lo que quiere esta criatura del resentimiento: quiere que los otros sean malos, necesita que los demás sean malos para poder sentirse buena. Tú eres malo, luego yo soy bueno: ésta es la fórmula fundamental del esclavo, traduce lo esencial del resentimiento desde el punto de vista tipológico; resume y reúne todos los caracteres precedentes. Basta comparar esta fórmula con la del señor: yo soy bueno, luego tú eres malo. Su diferencia mide la sublevación del esclavo y su triunfo: «Esta inversión de la mirada apreciativa pertenece propiamente al resentimiento; la moral de los esclavos siempre y ante todo requiere para nacer un mundo opuesto y exterior». El esclavo tiene necesidad antes que nada de afirmar que el otro es malo.


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Bibliografía de Gilles Deleuze en castellano

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