Leyendo el Nietzsche de Gilles: Tipología del resentimiento


El primer aspecto del resentimiento es pues topológico: hay una topología de las fuerzas reactivas: es su cambio de lugar, su desplazamiento, lo que constituye el resentimiento. Lo que caracteriza al hombre del resentimiento es la invasión de la conciencia por las trazas mnémicas, la subida de la conciencia en la propia memoria. Y sin duda con esto no se ha dicho todo sobre la memoria: habrá que preguntarse cómo la conciencia es capaz de construirse una memoria a su medida, una memoria activada y casi activa que ya no se basa en sus trazas. En Nietzsche, al igual que en Freud, la teoría de la memoria será teoría de dos memorias. Pero mientras nos quedamos en la primera memoria nos quedaremos también a las puertas del principio puro del resentimiento; el hombre del resentimiento es un perro, una especie de perro que sólo reacciona frente a las huellas (sabueso). Sólo inviste huellas: al confundir localmente la excitación con la huella, el hombre del resentimiento ya no puede activar su reacción. Pero esta definición topológica debe introducirnos en una «tipología» del resentimiento. Porque cuando las fuerzas reactivas prevalecen sobre las fuerzas activas por este sesgo, constituyen ellas mismas un tipo. Adivinamos cuál es el principal síntoma de ese tipo: una prodigiosa memoria. Nietzsche insiste sobre esta incapacidad de olvidar algo, sobre esta facultad de no olvidar nada, sobre la naturaleza profundamente reactiva de esta facultad que hay que considerar bajo todos los puntos de vista. Un tipo, en efecto, es una realidad a la vez biológica, física, histórica, social y política. ¿Por qué el resentimiento es espíritu de venganza? Podría creerse que el hombre del resentimiento se explica accidentalmente: habiendo experimentado una excitación demasiado fuerte (un dolor) habría tenido que renunciar a reaccionar, al no ser lo bastante fuerte como para formar una respuesta. Entonces experimentaría un deseo de venganza y, por vía de generalización, querría ejercer esta venganza sobre el mundo entero. Semejante interpretación es errónea; sólo tiene en cuenta cantidades, cantidad de excitación recibida comparada «objetivamente» a la cantidad de fuerza de un sujeto receptivo. Y para Nietzsche lo que cuenta no es la cantidad de fuerza considerada en abstracto, sino una determinada relación en el propio sujeto entre las fuerzas de diferente naturaleza que lo componen: lo que se llama un tipo. Sea cual sea la fuerza de la excitación recibida, sea cual sea la fuerza total del propio sujeto, el hombre del resentimiento sólo utiliza la segunda para investir la huella de la primera, de manera que es incapaz de actuar e incluso de reaccionar frente a la excitación. Por lo mismo no hace falta que haya experimentado una excitación excesiva. Puede ocurrir, pero no es necesario. Ya no hace falta generalizar para concebir el mundo entero como objeto de su resentimiento. En virtud de su tipo, el hombre del resentimiento no «reacciona»: su reacción no termina nunca, es sentida en lugar de ser activada. Así, le echa la culpa a su objeto sea cual sea, como a un objeto del que hay que vengarse, al que hay que hacer pagar precisamente este infinito atraso. La excitación puede ser bella y buena, y el hombre del resentimiento experimentarla como tal: puede muy bien no exceder la fuerza del hombre del resentimiento y éste puede perfectamente tener una cantidad de fuerza abstracta tan grande como cualquier otro. Por eso no dejará de sentir el objeto correspondiente como una ofensa personal y una afrenta, porque hace al objeto responsable de su propia impotencia para investir algo que no sean las huellas, impotencia cualitativa o típica. El hombre del resentimiento experimenta cualquier ser y cualquier objeto como una ofensa en medida exactamente proporcional al efecto que padece. La belleza, la bondad son para él necesariamente ultrajes tan considerables como un dolor o una desgracia experimentados. «No se consigue desembarazarse de nada, no se llega a rechazar nada. Todo hiere. Los hombres y las cosas se aproximan indiscretamente más de lo necesario; cualquier acontecimiento deja huellas; el recuerdo es una llaga purulenta» . El hombre del resentimiento es en sí mismo un ser doloroso: la esclerosis o el endurecimiento de su conciencia, la rapidez con la que cualquier excitación se fija y se congela en él, el peso de las huellas que le invaden son otros tantos crueles sufrimientos. Y más profundamente la memoria de las huellas es odiosa en sí misma por ella misma. Es venenosa y despreciativa, porque echa la culpa al objeto para compensar su propia impotencia en sustraerse a las huellas de la correspondiente excitación. Por eso la venganza del resentimiento, incluso cuando se lleva a cabo, no deja de ser menos «espiritual», imaginaria y simbólica en su principio. Esta relación esencial entre la venganza y la memoria de las huellas no deja de parecerse al complejo freudiano sádico-anal. El propio Nietzsche presenta la memoria como una digestión que nunca termina, y el tipo del resentimiento como un tipo anal. Esta memoria intestinal y venenosa, es la que Nietzsche llama la araña, la tarántula, el espíritu de venganza... Adivinamos a donde quiere ir a parar Nietzsche: hacer una psicología que sea verdaderamente una tipología, fundar la psicología «en el plano del sujeto». Incluso las posibilidades de una curación estarán subordinadas a la transformación de los tipos (inversión y transmutación).


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Bibliografía de Gilles Deleuze en castellano

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