Leyendo el Nietzsche de Gilles: El ideal ascético y la esencia de la religión


A veces Nietzsche hace como si se pudieran distinguir dos o incluso varios tipos de religiones. En este sentido, la religión no estaría esencialmente ligada al resentimiento ni a la mala conciencia. Dionysos es un Dios. «No me atrevería a poner en duda que hay numerosas variedades de dioses. Entre las que no faltan los que parecen inseparables de un cierto alcionismo, de una cierta inquietud. Los pies ligeros quizá forman parte de los atributos de la divinidad». Nietzsche dice sin cesar que hay dioses activos y afirmativos, religiones activas y afirmativas. Cualquier selección implica una religión. Siguiendo su método preferido, Nietzsche reconoce en la religión una pluralidad de sentidos, según las diversas fuerzas que pueden apropiársela: del mismo modo, existe una religión de los fuertes cuyo sentido es profundamente selectivo, educativo. Aún más, si se considera a Cristo como tipo personal distinguiéndolo del cristianismo como tipo colectivo, hay que reconocer hasta qué punto Cristo carecía de resentimiento, de mala conciencia; se define por un alegre mensaje, nos presenta una vida que no es la del cristianismo, de la misma manera que el cristianismo nos presenta una religión que no es la de Cristo. Pero estas observaciones tipológicas corren el peligro de ocultarnos lo esencial. No es que la tipología no sea lo esencial, sino que la única buena tipología es la que tiene en cuenta el siguiente principio: el grado superior o la afinidad de las fuerzas («En cualquier cosa, lo único que importa son los grados superiores»). La religión tiene tantos sentidos como fuerzas capaces de apropiársela. Pero la propia religión es una fuerza en mayor o menor afinidad con las fuerzas que se apoderan de ella o de las que ella misma se apodera. Mientras la religión es poseída por fuerzas de otra naturaleza, no alcanza su grado superior, el único que importa, en el que dejaría de ser un medio. Contrariamente, cuando es conquistada por fuerzas de la misma naturaleza o bien cuando, hecha mayor, se apodera de estas fuerzas y se sacude el yugo de las que la dominan desde su infancia, entonces descubre su propia esencia con su grado superior. Y, siempre que Nietzsche nos habla de una religión activa, de una religión de los fuertes, de una religión sin resentimiento ni mala conciencia, se trata de un estado en el que la religión se halla precisamente subyugada por fuerzas de naturaleza totalmente distinta a la suya y no puede desenmascararse: la religión como «procedimiento de selección y de educación en manos de los filósofos». Incluso con Cristo, la religión como creencia o como fe permanece completamente subyugada por la fuerza de una práctica, la única en dar «el sentimiento de ser divino». Como contrapartida, cuando la religión llega a «actuar soberanamente por sí misma», cuando son las demás fuerzas las que deben tomar prestada una máscara para sobrevivir, se paga siempre «a un precio alto y terrible», al mismo tiempo que la religión halla su propia esencia. Por eso, según Nietzsche, la religión por una parte y la mala conciencia, el resentimiento por otra, están estrechamente relacionadas. Considerados en su estado bruto, el resentimiento y la mala conciencia representan las fuerzas reactivas, que se apoderan de los elementos de la religión para liberarlos del yugo en el que las fuerzas activas los mantienen. En su estado formal, el resentimiento y la mala conciencia representan las fuerzas reactivas, que se apoderan de los elementos de la religión para liberarlos del yugo en el que las fuerzas activas los mantienen. En su estado formal, el resentimiento y la mala conciencia representan las fuerzas reactivas que la propia religión conquista y desarrolla al ejercer su nueva soberanía. Resentimiento y mala conciencia, éstos son los grados superiores de la religión como tal. El inventor del cristianismo no es Cristo, sino san Pablo, el hombre de la mala conciencia, el hombre del resentimiento. (La pregunta «¿Quién?» aplicada al cristianismo). La religión no es sólo una fuerza. Las fuerzas reactivas no triunfarían nunca, conduciendo la religión hasta su grado superior, si por su lado la religión no estuviera animada por una voluntad, voluntad que conduce al triunfo a las fuerzas reactivas. Por encima del resentimiento y de la mala conciencia Nietzsche trata del ideal ascético, tercera etapa. Pero igualmente el ideal ascético estaba presente desde el principio. Según un primer sentido, el ideal ascético designa el complejo de la mala conciencia y del resentimiento: entrecruza uno con otro, refuerza al uno con el otro. En segundo lugar, expresa el conjunto de los medios por los que la enfermedad del resentimiento, el sufrimiento de la mala conciencia se convierten en vivibles, más aún, se organizan y se propagan; el sacerdote ascético es a la vez jardinero, maestro, pastor, médico. Finalmente, y éste es su sentido más profundo, el ideal ascético expresa la voluntad que hace de triunfar a las fuerzas reactivas. «El ideal ascético expresa una voluntad». Volvemos a encontrarnos con la idea de una complicidad (no una identidad sino una complicidad) entre las fuerzas reactivas y una forma de la voluntad de poder. Las fuerzas reactivas no prevalecerían nunca sin una voluntad que desarrollara las proyecciones, que organizase las ficciones necesarias. La ficción de otro mundo en el ideal ascético: esto es lo que acompaña todos los movimientos del resentimiento y de la mala conciencia, esto es lo que permite depreciar la vida y todo lo que es activo en la vida, esto es lo que da al mundo un valor de apariencia o de nada. La ficción de otro mundo estaba ya presente en las demás ficciones como la condición que las hacía posibles. Inversamente, la voluntad de la nada tiene necesidad de las fuerzas reactivas: no sólo no soporta la vida más que bajo su forma reactiva, sino que además tiene necesidad de la fuerza reactiva como del medio por el que la vida debe contradecirse, negarse, aniquilarse. ¿Qué serían las fuerzas reactivas separadas de la voluntad de la nada? Pero, ¿qué sería la voluntad de la nada sin las fuerzas reactivas? Quizá se convertiría en algo completamente distinto de lo que vemos que es. El sentido del ideal ascético es pues el siguiente: expresar la afinidad de las fuerzas reactivas con el nihilismo, expresar el nihilismo como «motor» de las fuerzas reactivas.



Próxima lectura: Triunfo de las fuerzas reactivas

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Bibliografía de Gilles Deleuze en castellano

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