El polaco Witold Gombrowicz

"Alcancé cierto renombre en la Argentina, no tanto como autor, sino por ser el único autor extranjero que no acudía en peregrinación al salón de la señora Ocampo"
En 1939 el escritor polaco Witold Gombrowicz (1904-1979) se exiló voluntariamente en Buenos Aires, donde vivió durante 24 años. Como un vagabundo, pasó hambre y casi no tuvo cama fija, aunque algunos polacos le tiraron una soga (y unas monedas). Fue censurado por el stanilismo, el gobierno polaco y por los nazis. Al regresar a Europa se radicó en Francia.
Transatlántico, Cosmos, Memorias de un adolescente, El matrimonio y Ferdydurke son algunos de sus libros. En Testamento, conversaciones con Dominique de Roux, publicado por Anagrama en su Biblioteca de la Memoria, Gombrowicz detalla sus “casuales: días en Argentina, sus encuentros y diferencias con Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo, y se define como un tipo enraizado en la vida.
-Después de Ferdydurke se produce un corte de diez años en mi trabajo. Hasta 1947, cuando aparece El matrimonio.
-Esos diez años representan dos años de preguerra en Polonia, más una parte de su estancia en Argentina.
-Sí, un mes antes de la guerra me marché a Argentina, donde permanecería durante veintitrés años.
-¿Y cómo fue que se trasladó a Argentina ?
-Por pura casualidad. ¿Casualidad? Un día, en el Zodiac, una café de Varsovia, me encontré con un amigo escritor, Czeslaw Straszewicz, y me dijo: "Me voy a Sudamérica", "¿Cómo es eso?” "Dentro de un mes, el nuevo trasatlántico polaco Chrosbrsy leva anclas para Buenos Aires; será su primera travesía. He sido invitado como escritor para publicar algunos artículos en los periódicos." "Oiga, ¿y no podrían invitarme a mí también? Podemos probar. Les propondré su candidatura. ¿Quién sabe? Quizá resulte. Siendo dos, el viaje sería más agradable."
Resultó. A veces leo en la prensa que me fui a Argentina para huir de la guerra. ¡En absoluto! Me preparé para ese viaje con tanta despreocupación que sólo a la casualidad (¿a la casualidad?) debo el no haberme quedado en Polonia.
La víspera de mi partida, con todo listo y todos mis papeles en regla, me pasé por el café. Allí, alguien me dijo: "Supongo que tendrá usted un permiso de las autoridades militares .. Tengo el pasaporte, y he presentado todos los certificados militares posibles, de otro modo no lo tendría.¡No es suficiente! Necesita además un permiso especial de la autoridad militar; se trata de una simple formalidad, pero sin ese papel no podrá subir al barco.
Consulté mi reloj. Las siete menos veinte. La oficina militar cerraba a las siete. Tomé un taxi, entré corriendo en el edificio, subí los escalones de cuatro en cuatro hasta el cuarto piso. ¡Demasiado tarde! La puerta estaba cerrada. Eran las siete y tres números. A pesar de todo llamé. Salió el ordenanza. "La oficina está cerrada, Deje de armar tanto escándalo".
La puerta volvió a cerrarse. ¡Adiós América! Empecé a bajar melancólicamente la escalera; de pronto oí un gran barullo procedente de abajo. Era un equipo de fútbol que tenía que jugar un partido internacional en Dinamarca. También ellos habían llegado tarde. Nuevos golpes en la puerta. Esta vez el ordenanza nos dejó entrar, y por gracia especial nos estamparon el sello necesario.
Como ve, mis veintitrés años en Argentina se decidieron en cuestión de minutos.
-¿Y cree usted que no fue una casualidad?
-Toda esta historia de las dificultades para salir fue como si una mano enorme me hubiera agarrado del cuello, sacado de Polonia y depositado en esa tierra perdida en medio del océano, y sin embargo europea..., precisamente un mes antes de que estallara la guerra.
-¿Y por qué esa mano no lo depositó en Europa Occidental?
-Porque un día u otro habría terminado en París. Si no hubiera abandonado Europa, es casi seguro que habría vivido en París después de la guerra, y eso, evidentemente, la Mano no lo deseaba.
-¿Por qué?
-Porque, a la larga, París me habría convertido en un parisino, y yo tenía que ser antiparisino. Ahora bien, en aquella época aún no estaba suficientemente inmunizado. Mi destino quería mantenerme, durante muchos años todavía, en la periferia de Europa, lejos de sus capitales, y lejos de los mecanismos literarios, escribiendo "para los cajones", como se dice hoy en Polonia. Examine usted el mapa. Sería difícil encontrar un lugar mejor que Buenos Aires. Argentina es un país europeo; allí se siente la presencia de Europa con mucha más intensidad que en la propia Europa, y al mismo tiempo se es exterior a ella. Además, en aquel territorio de vacas no se aprecia la literatura. Y también tenía necesidad de eso. Un distanciamiento con respecto a Europa y con respecto a la literatura.
La magia. La forma de la vida como si dijéramos preconcebida. Cuanto más alejados estamos de la Forma, más nos hallamos en su poder. Contradicciones misteriosas, contrastes...
-¿Cómo organizó su vida en la, Argentina?
-Arribamos a Buenos Aires el 22 de agosto (el 2 es mi número) de 1939 (cuyas cifras suman también 22), tras una travesía de tres semanas. La situación internacional parecía volverse menos tensa. No obstante, al día siguiente de nuestra llegada, los telegramas de Moscú y de Berlín que anunciaban el pacto de no agresión entre Alemania y Rusia cayeron sobre el mundo como un rayo. ¡Era la guerra! Una semana después, las primeras bombas alemanas se abatían sobre Varsovia.
Yo seguía viviendo en el barco con mi amigo, Straszewicz. Al enterarse de la declaración de guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya no cabía pensar en llegar hasta Polonia). Straszewicz y yo celebramos un consejo de guerra. El optó por Inglaterra, Yo me quedé en Argentina.
-En su novela Trasatlántico, todavía inédita en francés, narra usted esos momentos, y se describe como un desertor.
-No se trataba en absoluto de una deserción; de todos modos, Polonia estaba ya separada del resto del mundo. En cuanto abandoné el barco, acudí a la legación polaca en Buenos Aires; luego, cuando se empezó a constituir un ejército polaco en Inglaterra, me presenté ante la comisión de reclutamiento de la legación con el traje de Adán... En una palabra, en el plano formal yo estaba absolutamente en regla. Si en Trasatlántico me pinté como un desertor es porque moralmente era un desertor. No hay nada que decir, me hallaba trastornado, anonadado, pero me sentía asimismo feliz de encontrarme milagrosamente al abrigo de el océano.
En mi Diario (volumen I, capítulo VII), hablo un poco de los comienzos de esta existencia argentina. Doscientos dólares -toda mi fortuna- me bastaron durante cerca de seis meses. Argentina era por entonces un país excepcionalmente barato. Me hospedaba en pequeños hoteles económicos, algunos polacos me ayudaban, empecé a escribir un poco para los periódicos, principalmente folletines, con seudónimos, y durante un tiempo gocé de una modesta subvención de nuestra legación. Todo esto junto no bastaba, no sabía cómo iba a vivir al mes siguiente, y a veces me veía obligado a pedir prestados algunos pesos para poder comer. Esta situación se prolongó, en función de las circunstancias, hasta 1947. Después trabajé en el Banco Polaco durante siete años. Eso me resultó mucho más aburrido. Sin embargo, el regusto amargo, trágico y poético de los primeros siete años no había de borrarse fácilmente.
-¿Cuál fue su experiencia de la guerra ?
-En seguida hablaremos de eso. Déjeme decirle antes algunas palabras más sobre mis comienzos en Argentina. Es algo que no puede contarse... y que, sin embargo, no se puede omitir... Como acabo de decirle, vivía en hoteles más modestos, e incluso en los denominados “conventillos", esos cuchitriles de las grandes ciudades, atestados de seres miserables. ¡ Con cuánta pasión me sumí en la "inferioridad", yo, el señor Gombrowicz! Bruscamente, de un brochazo, volvía a ser joven, tanto moral como físicamente. Por la calle me decían "joven", como si no hubiera cumplido los veinticinco años. Nunca he sido tan poeta como en aquella época, por las calles rebosantes de gente, completamente perdido (perdido entre la multitud, y perdido también en lo que a mi suerte se refería). Enjambre, hormiguero, multitudes, luces, estrépito ensordecedor, olores, y mi pobreza era un goce, mi caída un echar a volar. Me dejé arrastrar sin vacilaciones, sin problemas, en aquel caos de lenguas diversas; me convertí en uno de ellos. Y los compañeros ocasionales, con los que entablaba una amistad superficial y sin compromiso con asombrosa facilidad (esa naturalidad la descubrí en mí, un ser tan artificial, como el tesoro más preciado, como una gracia, un reposo, una liberación), me ayudaban en la medida de sus posibilidades, Un día en que me paseaba con uno de ellos por la calle Corrientes devorando los escaparates, dije que tenía hambre. (¡Qué horror!) "Tranquilo -repuso él-, no te preocupes. Tengo un cadáver, y habrá de sobra para los dos". Tomamos un tranvía y fuimos a los suburbios, a una casa en un barrio obrero donde, en efecto, yacía en su ataúd un difunto de ya no recuerdo de qué nacionalidad, completamente cubierto de flores, y al que familia, amigos y conocidos estaban dando su último adiós en un silencio macabro. Tras rezar nuestras oraciones, pasamos a la habitación contigua, donde se había dispuesto un buffet para los asistentes: ¡sándwiches y vino! Comimos, y me explicó que con frecuencia buscaba cadáveres por aquellos barrios, y que lo mejor era conseguir las direcciones por medio del sacristán.
Yo lo sabía muy bien. Era una ocasión que el destino me ofrecía, para que pudiese al fin acercarme a aquello que constituía para mí lo más sagrado, lo que yo definía como la "inferioridad", o como lo "bajo", o como la “Frescura", la "sencillez" o la "inmadurez", o incluso como un "elemento oscuro y sin nombre". Tales términos no traducen, ni siquiera de manera aproximada, la naturaleza de ese secreto, de ese objetivo que mis libros no lograban descubrir ni expresar adecuadamente. En todo caso, me encontraba a un paso del gran altar de esa iglesia inaccesible... ¡y me arrojé al agua, como alguien que se muere de sed! No, a decir verdad, aquello no eran unas vacaciones, ni un descanso. Si la pobreza, la humillación, la guerra, el desastre, la soledad, la inseguridad, los zapatos agujereados, el frío, las chinches y mi penas y preocupaciones propias de la miseria, si todo eso quedó reducido a casi nada, es porque jamás me había sentido tan cerca de la belleza, de una determinada y singular belleza ... y entonces cedí a la loca esperanza de que podría apropiarme de esa belleza, hacerla mía. Sí, yo, que soy más bien lúcido, estuve poseído durante semanas enteras por esa embriaguez de poesía, ¡hasta el punto de sentirme yo mismo poesía!

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