Whitman

Con mucha tranquilidad y seguridad Whitman dice que la escritura es fragmentaria y que el escritor americano está obligado a escribir en fragmentos. Eso es precisamente lo que nos desconcierta, esta asignación de América, como si Europa no hubiera tomado la delantera en esta vía. Pero tal vez haya que recordar la diferencia que Hölderlin descubría entre los griegos y los europeos: lo que es natal o innato en los primeros ha de ser adquirido o conquistado por los segundos, e inversamente. De otro modo, ocurre lo mismo con los europeos y los americanos: los europeos tienen un sentido innato de la totalidad orgánica, o de la composición, pero tienen que adquirir el sentido del fragmento, y sólo pueden hacerlo a través de una reflexión trágica o una experiencia del desastre. Los americanos, por el contrario, tienen un sentido natural del fragmento, y lo que tienen que conquistar es el sentimiento de la totalidad, de la composición hermosa. El fragmento está ahí sin más, de una forma irreflexiva que se adelanta al esfuerzo: hacemos planes, pero cuando llega la hora de actuar, «le damos la vuelta al asunto, y dejamos que las prisas y la tosquedad formal cuenten la historia mejor que una tarea elaborada». Lo que es propio de América no es pues lo fragmentario, sino la espontaneidad de lo fragmentario: «espontáneo y fragmentario», dice Whitman. En América, la escritura es naturalmente convulsiva: «no son sino pedazos del auténtico desvarío, del calor, del humo y de la excitación de esta época». Pero la «convulsividad», como precisa Whitman, no es menos característica de la época y del país que de la escritura. Si el fragmento es lo innato de Norteamérica se debe a que el propio país se compone de estados federados y de pueblos inmigrantes diversos (minorías): por doquier colección de fragmentos, obsesión debida a la amenaza de la Secesión, es decir de la guerra. La experiencia del escritor americano es inseparable de la experiencia americana, incluso cuando no habla de América. Eso es lo que confiere a la obra fragmentaria el valor inmediato de una enunciación colectiva. Kafka decía que en una literatura menor, es decir minoritaria, no hay historia privada que no sea inmediatamente pública, política, popular: toda literatura se convierte en «asunto del pueblo», y no de individuos excepcionales.  ¿No es acaso la literatura americana menor por excelencia, en tanto que América pretende federar las minorías más diversas, «Nación rebosante de naciones»? América une fragmentos, presenta muestras de todas las épocas, de todas las tierras y de todas las naciones. La historia de amor más sencilla pone en juego estados, pueblos y tribus; la autobiografía más personal es forzosamente colectiva, como vemos todavía con Wolfe o Miller. Es una literatura popular, hecha por el pueblo, por el «hombre medio», como creación de América, y no por «grandes individuos». Y, desde ese punto de vista, el ser de los anglosajones, siempre estallado, fragmentario, relativo, se opone al Yo sustancial, total y solipsista de los europeos.  El mundo como conjunto de partes heterogéneas: patchwork infinito,o pared ilimitada de piedras sin argamasa (una pared cimentada o los pedazos de un rompecabezas recompondrían una totalidad). El mundo como muestrario: las muestras («espécimen») son precisamente singularidades, partes destacables y no totalizables que sobresalen de una serie de cosas corrientes. Muestras de días, specimen days, dice Whitman. Muestras de casos, muestras de escenas o de vistas (escenas, shows o sights). Las muestras en efecto son ora casos, siguiendo una coexistencia de partes separadas por intervalos de espacio (los heridos en los hospitales), ora vistas, siguiendo una sucesión de fases de un movimiento separadas por intervalos de tiempo (los momentos de una batalla incierta). En ambos casos, la ley es la de la fragmentación. Los fragmentos son granos, «granulaciones». Seleccionar los casos singulares y las escenas menores resulta más importante que cualquier consideración de conjunto. En los fragmentos es donde surge el fondo oculto, celestial o demoníaco. El fragmento es el «reflejo aislado» de una realidad sangrienta o apacible. Y aún es preciso que los fragmentos, las partes destacables, casos o vistas, sean extraídos mediante un acto especial que consiste precisamente en la escritura. La escritura fragmentaria en Whitman no se define por el aforismo o la separación, sino por un tipo particular de frase que modula el intervalo. Es como si la sintaxis que compone la frase, y que la convierte en una totalidad capaz de volver sobre sí misma, tendiera a desaparecer liberando una frase asintáctica infinita, que se va estirando o empujando guiones como intervalos espaciotemporales. Y ora es una frase casual enumerativa, enumeración de casos que tiende al catálogo (los heridos en un hospital, los árboles en un lugar), ora es una frase procesionaria, como un protocolo de las fases o de los momentos (una batalla, los acompañantes de las reatas de ganado, los enjambres sucesivos de abejorros). Es una frase casi disparatada, con sus cambios de dirección, sus bifurcaciones, sus rupturas y sus saltos, sus estiramientos, sus brotes, sus paréntesis. Melville destaca que los americanos no tienen que escribir como ingleses. Deben deshacer la lengua inglesa, y de tal modo que siga una línea de fuga: volver la lengua convulsiva. La ley del fragmento vale tanto para la Naturaleza como para la Historia, tanto para la Tierra como para la Guerra, tanto para el bien como para el mal. Entre la Guerra y la Naturaleza existe en efecto una causa común: la Naturaleza avanza en procesión, por secciones, como los cuerpos del ejército. «Procesión» de cuervos, de abejorros. Pero si es cierto que el fragmento se da por doquier, de la forma más espontánea, también hemos visto que no obstante había que conquistar, e incluso inventar, un todo o un análogo de todo. Ocasionalmente sin embargo Whitman destaca la idea de Todo invocando un cosmos que nos invita a la fusión; en una meditación particularmente «convulsiva» se dice hegeliano, afirma que sólo América «realiza» a Hegel, y plantea los derechos primeros de una totalidad orgánica. Se expresa entonces como un europeo, que encuentra en el panteísmo una razón de afirmar su ser. Pero cuando Whitman habla a su manera y en su estilo, se desprende que una especie de todo debe ser construido, tanto más paradójico cuanto que no surge hasta después de los fragmentos y los deja intactos, no se propone totalizarlos. Esta idea compleja depende de un principio muy querido por la filosofía inglesa, al que los americanos darán un nuevo sentido y nuevos desarrollos: las relaciones son externas a sus términos... A partir de ahí se plantearán las relaciones como pudiendo y debiendo ser instauradas, inventadas. Si las partes son fragmentos que no pueden ser totalizados, se puede por lo menos inventar entre ellas unas relaciones no preexistentes, que dan fe de un progreso en la Historia tanto como de una evolución en la Naturaleza. El poema de Whitman presenta tantos sentidos como interlocutores diversos tiene, las masas,  el lector, los estados, el Océano... La literatura americana tiene como objeto la puesta en relación de los aspectos más diversos de la geografía de los Estados Unidos, Mississippi. Rocosas y Praderas, y de su historia, luchas, amor, evolución. Unas relaciones cuantitativamente cada vez más importantes, y de calidad cada vez mayor en cuanto a su finura, es como el motor de la Naturaleza y de la Historia. Al contrario,  la Guerra: sus actos de destrucción inciden en toda relación, y tienen como consecuencia el Hospital, el hospital generalizado, es decir el lugar donde el hermano ignora al hermano, y donde partes moribundas, fragmentos de hombres mutilados, coexisten absolutamente solitarios y sin relación. Contrastes y complementariedades, no dados sino siempre nuevos, constituyen la relación de los colores: y Whitman hizo sin duda una de las literaturas con más colorido que existir puedan. Contrapuntos y respuestas, constantemente renovados, inventados, constituyen la relación de los sonidos o el canto de los pájaros, que Whitman describe maravillosamente. La Naturaleza no es forma, sino proceso de puesta en relación: inventa una polifonía, no es totalidad, sino reunión, «cónclave», «asamblea plenaria». La Naturaleza es inseparable de todos los procesos de comensalidad, convivialidad, que no son datos preexistentes sino que se van elaborando entre vivos heterogéneos de forma que crean un tejido de relaciones movedizas que hacen que la melodía de una parte intervenga como tema en la melodía de otra (la abeja y la flor). Las relaciones no son interiores a un Todo, sino que más bien es el todo el que resulta de las relaciones exteriores en un momento así, y que varía con ellas. Por doquier las relaciones de contrapunto están por inventar y condicionan la evolución. Sucede igual con las relaciones del hombre con la Naturaleza. Whitman instaura una relación gímnica con los robles jóvenes, un cuerpo a cuerpo: no se funde en ellos ni se confunde con ellos, pero hace que algo ocurra entre ellos, entre el cuerpo humano y el árbol, en ambos sentidos, pues el cuerpo recibe «un poco de salvia clara y de fibra elástica», pero por el otro lado el árbol recibe un poco de conciencia («tal vez estemos haciendo un intercambio»). Ocurre igual por último con las relaciones del hombre con el hombre. En este caso también, el hombre tiene que inventar su relación con el otro: «Camaradería» es la palabra importante de Whitman para designar la relación humana más elevada, no en virtud del conjunto de una situación, sino en función de los rasgos particulares de las circunstancias emocionales y de la «interioridad» de los fragmentos concernidos (por ejemplo, en el hospital, instaurar con cada moribundo aislado una relación de camaradería...). De este modo se va tejiendo una colección de relaciones variables que no se confunden con un todo, sino que producen el único todo que el hombre sea capaz de conquistar en tal o cual circunstancia. La Camaradería es esa variabilidad que implica un encuentro con lo Externo, un deambular de las almas al aire libre, por la «carretera principal». Con América la relación de camaradería supuestamente debe adquirir sus máximas extensión y densidad, alcanzar los amores viriles y populares, sin dejar de adquirir un carácter político y nacional: no un totalismo o un totalitarismo, sino un «Unionismo», como dice Whitman. La Democracia misma, el Arte mismo sólo forman un todo en su relación con la Naturaleza (el aire libre, la luz, los colores, los sonidos, la noche...); de lo contrario el arte se abisma en lo mórbido, y la democracia en el engaño. La sociedad de los camaradas es el sueño revolucionario americano, al que Whitman ha contribuido poderosamente. Un sueño decepcionado y traicionado mucho antes que el de la sociedad soviética. Pero es también la realidad de la literatura americana bajo sus dos aspectos: la espontaneidad o la sensación innata de lo fragmentario; la reflexión de las relaciones vivas adquiridas y creadas cada vez. Los fragmentos espontáneos son lo que constituye el elemento a través del cual o en los intervalos del cual se accede a las grandes visiones y audiciones reflejas de la Naturaleza y de la Historia.

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