Vemos por lo menos lo que la filosofía no es: no es contemplación, ni reflexión, ni comunicación, incluso a pesar de que haya podido creer tanto una cosa como otra, en razón de la capacidad que tiene cualquier disciplina de engendrar sus propias ilusiones y de ocultarse detrás de una bruma que desprende con este fin. No es contemplación, pues las contemplaciones son las propias cosas en tanto que consideradas en la creación de sus propios conceptos. No es reflexión porque nadie necesita filosofía alguna para reflexionar sobre cualquier cosa: generalmente se cree que se hace un gran regalo a la filosofía considerándola el arte de la reflexión, pero se la despoja de todo, pues los matemáticos como tales nunca han esperado a los filósofos para reflexionar sobre las matemáticas, ni los artistas sobre la pintura o la música; decir que se vuelven entonces filósofos constituye una broma de mal gusto, debido a lo mucho que su reflexión pertenece al ámbito de su creación respectiva. Y la filosofía no encuentra amparo último de ningún tipo en la comunicación, que en potencia sólo versa sobre opiniones, para crear «consenso» y no concepto. La idea de una conversación democrática occidental entre amigos jamás ha producido concepto alguno; tal vez proceda de los griegos, pero éstos desconfiaban tanto de ella, y la sometían a un trato tan duro y severo, que el concepto se convertía más bien en el pájaro soliloquio irónico que sobrevolaba el campo de batalla de las opiniones rivales aniquiladas (los convidados ebrios del banquete). La filosofía no contempla, no reflexiona, no comunica, aunque tenga que crear conceptos para estas acciones o pasiones. La contemplación, la reflexión, la comunicación no son disciplinas, sino máquinas para constituir Universales en todas las disciplinas. Los Universales de contemplación, y después de reflexión, son como las dos ilusiones que la filosofía ya ha recorrido en su sueño de dominación de las demás disciplinas (idealismo objetivo e idealismo subjetivo), del mismo modo como la filosofía tampoco sale mejor parada presentándose como una nueva Atenas y volcándose sobre los Universales de la comunicación que proporcionarían las reglas de una dominación imaginaria de los mercados y de los media (idealismo intersubjetivo). Lo que no es.
Vemos por lo menos lo que la filosofía no es: no es contemplación, ni reflexión, ni comunicación, incluso a pesar de que haya podido creer tanto una cosa como otra, en razón de la capacidad que tiene cualquier disciplina de engendrar sus propias ilusiones y de ocultarse detrás de una bruma que desprende con este fin. No es contemplación, pues las contemplaciones son las propias cosas en tanto que consideradas en la creación de sus propios conceptos. No es reflexión porque nadie necesita filosofía alguna para reflexionar sobre cualquier cosa: generalmente se cree que se hace un gran regalo a la filosofía considerándola el arte de la reflexión, pero se la despoja de todo, pues los matemáticos como tales nunca han esperado a los filósofos para reflexionar sobre las matemáticas, ni los artistas sobre la pintura o la música; decir que se vuelven entonces filósofos constituye una broma de mal gusto, debido a lo mucho que su reflexión pertenece al ámbito de su creación respectiva. Y la filosofía no encuentra amparo último de ningún tipo en la comunicación, que en potencia sólo versa sobre opiniones, para crear «consenso» y no concepto. La idea de una conversación democrática occidental entre amigos jamás ha producido concepto alguno; tal vez proceda de los griegos, pero éstos desconfiaban tanto de ella, y la sometían a un trato tan duro y severo, que el concepto se convertía más bien en el pájaro soliloquio irónico que sobrevolaba el campo de batalla de las opiniones rivales aniquiladas (los convidados ebrios del banquete). La filosofía no contempla, no reflexiona, no comunica, aunque tenga que crear conceptos para estas acciones o pasiones. La contemplación, la reflexión, la comunicación no son disciplinas, sino máquinas para constituir Universales en todas las disciplinas. Los Universales de contemplación, y después de reflexión, son como las dos ilusiones que la filosofía ya ha recorrido en su sueño de dominación de las demás disciplinas (idealismo objetivo e idealismo subjetivo), del mismo modo como la filosofía tampoco sale mejor parada presentándose como una nueva Atenas y volcándose sobre los Universales de la comunicación que proporcionarían las reglas de una dominación imaginaria de los mercados y de los media (idealismo intersubjetivo). El pueblo falta (Klee)

Entre los hombres y la obra de arte, existe la relación mas estrecha y para mí la mas misteriosa.
Exactamente lo que Paul Klee quería decir cuando decía:
"el pueblo falta"
El pueblo falta y al mismo tiempo no falta. Que el pueblo falta, quiere decir que esa afinidad fundamental entre la obra de arte y un pueblo que no existe todavía no es, no será nunca clara.
"no hay obra de arte que no invoque a un pueblo que no existe todavía"
Blanchot: "hablar no es ver"
Estamos forzados a distinguir dos ejercicios de la palabra. Uno al que yo llamaría ejercicio empírico de la palabra. Hablo, hablo, durante el día es necesario que haga un ejercicio empírico de la palabra. Hablo de lo que veo en tanto que otro me ve hablar. El ejercicio empírico es: haz visto, él llora; puedo suponer que no ha visto nada; hablo de alguien que dice algo que no ha visto, relativamente. A este nivel, al nivel del ejercicio empírico de la palabra, hablo de algo que de una manera u otra podría también ser visto.Lo que llamo ejercicio superior es cuando hablo de lo que no es visible, o, si prefieren, hablo de lo que únicamente puede ser hablado. El ejercicio superior de la palabra nace cuando la
palabra se dirige a eso que solo puede ser hablado. ¿Hay algo que solo puede ser hablado? Se puede decir que no, pero para Blanchot hay algo que solo puede ser hablado: la muerte, es un ejemplo. Y ¿por qué algo que solo puede ser hablado definiría el ejercicio superior de la palabra? Es también algo que no puede ser hablado, sub-entendido: lo que solo puede ser hablado es algo que no puede ser hablado desde el punto de vista del uso empírico. Pero el uso empírico de la palabra es hablar de lo que igualmente puede ser visto; lo que solo puede ser hablado es lo que se hurta a todo uso empírico de la palabra, entonces lo que solo puede ser hablado es lo que no puede ser hablado desde el punto de vista del uso empírico. Lo que solo puede ser hablado desde el punto de vista del ejercicio superior es lo que no puede ser hablado. En otros términos ¿qué es lo que solo puede ser hablado desde el punto de vista del ejercicio superior? La respuesta de Blanchot es: el silencio. En otras palabras lo que solo puede ser hablado es el límite propio de la palabra. El ejercicio superior de una facultad se define cuando esta facultad toma por objeto su propio límite. Entonces esperamos que Blanchot nos diga exactamente lo mismo para la visión, pues si hablar no es ver, en la medida en que hablar es hablar del límite del límite de la palabra, hablar de lo que solo puede ser hablado, habría que decir, e inversamente: si hablar no es ver, ver no es hablar, es decir que para la visión también habría un ejercicio empírico. Sería ver lo que
también puede ser otra cosa, es decir lo que también se puede imaginar, o recordar, o hablar. Eso sería un ejercicio empírico; y el ejercicio superior de la visión sería ver lo que solo puede ser visto. Y ver lo que solo puede ser visto, es ver lo que no puede ser visto desde el punto de vista del ejercicio empírico de la visión. ¿Qué es lo que no puede ser visto desde el punto de vista empírico del ejercicio de la visión? La luz. La luz solo la veo cuando revota sobre algo; pero la luz indivisible, la luz pura, no la veo, y por eso es lo que solo puede ser visto. En otros términos, al igual que la palabra solo encuentra su objeto superior en lo que no puede ser más que hablado, la visión encuentra su objeto superior en lo que solo puede ser visto.La aventura de lo visible no hace más que preparar la verdadera aventura que debe ser la de la palabra. Si bien él tiene la idea de un ejercicio superior de la visión solo lo es como un grado preparatorio al único ejercicio superior que es la palabra en tanto que habla de eso que solo puede ser hablado, es decir de eso que no puede hacer parte del silencio. La visión, en lugar de desarrollar libremente su ejercicio superior, será una confirmación para la palabra. Blanchot es, de cierta manera, cartesiano. También él solo piensa con una forma, también él, como Descartes, y es su única relación con Descartes, todo su pensamiento consiste en confrontar la determinación y
lo indeterminado. No es cartesiano porque en él la relación de la indeterminación y de lo indeterminado es, de hecho, diferente de como pasa en Descartes. La determinación y lo indeterminado, en Blanchot -y es lo que lo obsesiona-, permanecen cara a cara, en una especie de enfrentamiento sin fin
Leyendo el Nietzsche de Gilles: El cuerpo
Spinoza abría a las ciencias y a la
filosofía un nuevo camino: ni siquiera sabemos lo que puede un cuerpo, decía: hablamos de la conciencia, y del espíritu, charlamos sobre todo esto, pero no sabemos de qué es capaz un cuerpo, ni cuáles son sus fuerzas ni qué preparan. Nietzsche sabe que ha llegado la hora: «Nos hallamos en una fase en que lo consciente se hace modesto».
Llamar a la conciencia a la necesaria modestia, es tomarla por lo que es: un síntoma, nada más que el síntoma de una transformación más profunda y de la actividad de unas fuerzas que no tienen nada que ver con lo espiritual. «Quizás cualquier desarrollo del espíritu se reduce únicamente al cuerpo»
¿Qué es la conciencia? Al igual que Freud, Nietzsche piensa que la conciencia es la región del yo afectada por el mundo exterior. De cualquier modo, la conciencia más que definirse en relación a la exterioridad, en términos de real, se define en relación a la superioridad, en términos de valores.Esta diferencia es esencial en una concepción general del consciente y del inconsciente. En Nietzsche, la conciencia es siempre conciencia de un inferior en relación al superior, al cual se subordina o se «incorpora». La conciencia no es nunca conciencia de sí mismo, sino la conciencia de un yo en relación a ello (yo de otro), este último no consciente. No es conciencia del señor sino conciencia de un esclavo en relación a un señor que no se preocupa de ser consciente. «Habitualmente la conciencia sólo aparece cuando un todo quiere subordinarse a un todo superior...La conciencia nace en relación a un superior, al cual se subordina o se «incorpora». La conciencia: testimonia únicamente «la formación de un cuerpo superior».
¿Qué es el cuerpo? Solemos definirlo diciendo que es un campo de fuerzas, un medio nutritivo disputado por una pluralidad de fuerzas. Porque, de hecho, no hay «medio», no hay campo de fuerzas o de batalla. No hay cantidad de realidad, cualquier realidad ya es cantidad de fuerza.Únicamente cantidades de fuerza, «en relación de tensión» unas con otras. Cualquier fuerza se halla en relación con otras, para obedecer o para mandar. Lo que define a un cuerpo es esta relación entre fuerzas dominantes y fuerzas dominadas. Cualquier relación de fuerzas constituye un cuerpo: químico, biológico, social, político. Dos fuerzas cualesquiera, desiguales, constituyen un cuerpo a partir del momento en que entran en relación: por eso el cuerpo es siempre fruto del azar, en el sentido nietzscheano, y aparece siempre como la cosa más «sorprendente», mucho más sorprendente realmente que la conciencia y el espíritu. Pero el azar, relación de la fuerza con la fuerza, es también la esencia de la fuerza; no nos preguntaremos, pues, cómo nace un cuerpo vivo, ya que todo cuerpo es viviente como producto «arbitrario» de las fuerzas que lo componen.
El cuerpo es un fenómeno múltiple, al estar compuesto por una pluralidad de fuerzas irreductibles; su unidad es la de un fenómeno múltiple, «unidad de dominación». En un cuerpo, las fuerzas dominantes o superiores se llaman activas, las fuerzas inferiores o dominadas, reactivas. Activo y
reactivo son precisamente las cualidades originales, que expresan la relación de la fuerza con la fuerza. Porque las fuerzas que entran en relación no poseen una cantidad, sin que al mismo tiempo cada una deje de tener la calidad que corresponde a su diferencia de cantidad como tal. Se llamará jerarquía a esta diferencia de las fuerzas cualificadas, conforme a su cantidad: fuerzas activas y reactivas.
Spinoza, Ética, III, 2 sc. «Ya he demostrado que no se sabe lo que puede el cuerpo o lo que se puede deducir de la única consideración de su naturaleza, y que por experiencia se comprueba que de las leyes de la naturaleza proceden un gran número de cosas que jamás se habría creído que se pudiesen producir, sino bajo la dirección del espíritu...»
Lectura anterior: La piedra clave
Próxima lectura: La distinción de fuerzas
filosofía un nuevo camino: ni siquiera sabemos lo que puede un cuerpo, decía: hablamos de la conciencia, y del espíritu, charlamos sobre todo esto, pero no sabemos de qué es capaz un cuerpo, ni cuáles son sus fuerzas ni qué preparan. Nietzsche sabe que ha llegado la hora: «Nos hallamos en una fase en que lo consciente se hace modesto».Llamar a la conciencia a la necesaria modestia, es tomarla por lo que es: un síntoma, nada más que el síntoma de una transformación más profunda y de la actividad de unas fuerzas que no tienen nada que ver con lo espiritual. «Quizás cualquier desarrollo del espíritu se reduce únicamente al cuerpo»
¿Qué es la conciencia? Al igual que Freud, Nietzsche piensa que la conciencia es la región del yo afectada por el mundo exterior. De cualquier modo, la conciencia más que definirse en relación a la exterioridad, en términos de real, se define en relación a la superioridad, en términos de valores.Esta diferencia es esencial en una concepción general del consciente y del inconsciente. En Nietzsche, la conciencia es siempre conciencia de un inferior en relación al superior, al cual se subordina o se «incorpora». La conciencia no es nunca conciencia de sí mismo, sino la conciencia de un yo en relación a ello (yo de otro), este último no consciente. No es conciencia del señor sino conciencia de un esclavo en relación a un señor que no se preocupa de ser consciente. «Habitualmente la conciencia sólo aparece cuando un todo quiere subordinarse a un todo superior...La conciencia nace en relación a un superior, al cual se subordina o se «incorpora». La conciencia: testimonia únicamente «la formación de un cuerpo superior».
¿Qué es el cuerpo? Solemos definirlo diciendo que es un campo de fuerzas, un medio nutritivo disputado por una pluralidad de fuerzas. Porque, de hecho, no hay «medio», no hay campo de fuerzas o de batalla. No hay cantidad de realidad, cualquier realidad ya es cantidad de fuerza.Únicamente cantidades de fuerza, «en relación de tensión» unas con otras. Cualquier fuerza se halla en relación con otras, para obedecer o para mandar. Lo que define a un cuerpo es esta relación entre fuerzas dominantes y fuerzas dominadas. Cualquier relación de fuerzas constituye un cuerpo: químico, biológico, social, político. Dos fuerzas cualesquiera, desiguales, constituyen un cuerpo a partir del momento en que entran en relación: por eso el cuerpo es siempre fruto del azar, en el sentido nietzscheano, y aparece siempre como la cosa más «sorprendente», mucho más sorprendente realmente que la conciencia y el espíritu. Pero el azar, relación de la fuerza con la fuerza, es también la esencia de la fuerza; no nos preguntaremos, pues, cómo nace un cuerpo vivo, ya que todo cuerpo es viviente como producto «arbitrario» de las fuerzas que lo componen.
El cuerpo es un fenómeno múltiple, al estar compuesto por una pluralidad de fuerzas irreductibles; su unidad es la de un fenómeno múltiple, «unidad de dominación». En un cuerpo, las fuerzas dominantes o superiores se llaman activas, las fuerzas inferiores o dominadas, reactivas. Activo yreactivo son precisamente las cualidades originales, que expresan la relación de la fuerza con la fuerza. Porque las fuerzas que entran en relación no poseen una cantidad, sin que al mismo tiempo cada una deje de tener la calidad que corresponde a su diferencia de cantidad como tal. Se llamará jerarquía a esta diferencia de las fuerzas cualificadas, conforme a su cantidad: fuerzas activas y reactivas.
Spinoza, Ética, III, 2 sc. «Ya he demostrado que no se sabe lo que puede el cuerpo o lo que se puede deducir de la única consideración de su naturaleza, y que por experiencia se comprueba que de las leyes de la naturaleza proceden un gran número de cosas que jamás se habría creído que se pudiesen producir, sino bajo la dirección del espíritu...»
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Cartografías
Me parece que la operación analítica debe ser una verdadera cartografía Lo que cuenta en la vida de alguien, individuo o grupo, es un cierto conjunto que se puede llamar una cartografía. Una cartografía está hecha de líneas; en otras palabras nosotros estamos hechos de líneas, y esas líneas varian de individuo a individuo, de grupo a grupo, o bien pueden haber pedazos comunes. Investigaremos lo que quiere decir esa composición lineal. Quisiera hacer sensibles las interferencias entre esas diferentes rúbricas. Esas líneas envolviendo ya lo que yo llamaría plano de consistencia o plano de composición; esas líneas se encuentran sobre el plano, hay que trazar el plano al mismo tiempo que las líneas. Pero ¿qué son esas líneas componentes?
Una vez más, no son puntos, habría que renunciar a la idea de que se pueda hacer el punto. Oponiendo trazar las líneas a hacer el punto.
Una vez más, no son puntos, habría que renunciar a la idea de que se pueda hacer el punto. Oponiendo trazar las líneas a hacer el punto. La cuestión es saber si una intensidad le conviene a alguien y si puede soportarla. Una intensidad es mala, es radicalmente mala cuando excede el poder de aquel que la experimenta. Es mala aún si es la más bella de las cosas. Una intensidad está siempre en relación con otras intensidades. Una intensidad es mala cuando excede el poder correspondiente que es el poder de ser afectado. Una intensidad débil puede, a veces, ser ruinosa para alguien. La constitución del plano de
consistencia o de composición de alguien, son las intensidades que es capaz de soportar. Si una intensidad no es su asunto entonces está perdido: o bien él hace el mono o el payaso, o bien estalla en el aire. Una cartografía es saber lo que es una línea en ti.
consistencia o de composición de alguien, son las intensidades que es capaz de soportar. Si una intensidad no es su asunto entonces está perdido: o bien él hace el mono o el payaso, o bien estalla en el aire. Una cartografía es saber lo que es una línea en ti.Poder o no poder , esa es la cuestión.
Cuando se nos sugiere que, entre usted y yo, entre dos personas, entre una persona y un animal, entre un animal y una cosa, solo hay, éticamente,es decir ontológicamente, una distinción cuantitativa, ¿de qué cantidad se trata? Cuando se nos sugiere que lo más profundo de nuestras singularidades, es algo cuantitativo, ¿qué quiere decir eso? Fichte y Schelling han desarrollado una teoría de la individuación muy interesante, que se resume bajo el nombre de individuación cuantitativa. Si las cosas se individuan cuantitativamente, lo comprendemos vagamente, ¿cuál cantidad? Se trata de definir a la gente,a las cosas, a los animales, a cualquier cosa, por lo que cada uno puede.La gente, las cosas, los animales, se distinguen por lo que pueden,es decir que no pueden la misma cosa. ¿Qué es lo que yo puedo? Nunca un moralista definiría a un hombre por lo que puede, un moralista define a un hombre por lo que es, por lo que es de derecho. Entonces, un moralista define al hombre por animal racional. Es la esencia. Spinoza nunca define al hombre como un animal racional, define al hombre por lo que puede, cuerpo y alma. Si digo que "racional" no es la esencia del hombre, sino que es algo que el hombre puede, esto se cambia por completo a que no racional es también algo que el hombre puede. Estar loco también hace parte del poder del hombre. A nivel de un animal, vemos muy bien el problema. Si toman lo que se llama la historia natural, esta tiene su fundación en Aristóteles. Define al animal por lo que es. En su ambición fundamental, se trata de decir lo que un animal es. ¿Qué es un vertebrado, qué es un pez? Y la historia natural de Aristóteles esta llena de esta búsqueda de la esencia. En lo que se llama la clasificación de los animales,se definirá al animal ente todo, cada vez que es posible, por su esencia, es decir por lo que es. Imaginen estos tipos que llegan y proceden de hecho de otro modo: se interesan por lo que la cosa, o por lo que el animal puede. Hacen una especie de registro de los poderes del animal.Este puede volar, aquel come hierba, tal otro come carne. El régimen alimenticio, sienten ustedes que se trata de modos de existencia. Una cosa inanimada también, ¿qué puede?, ¿que puede el diamante? es decir ¿de qué experiencias es capaz? ¿qué soporta? ¿qué hace? Un camello puede no beber durante largo tiempo. Es una pasión del camello. Las cosas se definen por lo que pueden, lo que abre a las
experimentaciones. Es toda una exploración de las cosas, lo que no tiene nada que ver con la esencia. Hay que ver a la gente como pequeños paquetes de poder.
Leyendo el Nietzsche de Gilles: La piedra clave
Cuando nos entran ganas de comparar a Nietzsche con otros autores que se llamaron o fueron llamados «filósofos trágicos»
(Pascal, Kierkegaard, Chestov), no debemos contentarnos con la palabra tragedia. Hemos de tener en cuenta la última voluntad de Nietzsche. No basta preguntar: ¿qué piensa este otro? ¿puede compararse con lo que piensa Nietzsche? Pero, ¿cómo piensa este otro? ¿cuál es, en su pensamiento, la parte subsistente de resentimiento y de mala conciencia? El ideal ascético, el espíritu de venganza ¿subsisten en su manera de comprender lo trágico? Pascal, Kierkegaard, Chestov, con su genio, supieron llevar la crítica más lejos de lo que se había hecho hasta entonces. Eliminaron la moral, invirtieron la razón. Pero, atrapados en las redes del resentimiento, seguían dirigiendo sus fuerzas hacia el ideal ascético. Eran poetas de este ideal. Lo que oponían a la moral, a la razón, seguía siendo este ideal en el que se sumerge la razón, este cuerpo místico en el que se enraiza, la interioridad-la araña. Para filosofar necesitan de todos los recursos y del hilo de la interioridad; angustia, gemido, culpabilidad, todas las formas del descontento. Ellos mismos se colocan bajo el signo del resentimiento: Abraham y Job. Les falta el sentido de la afirmación, el sentido de la exterioridad, la inocencia y el juego. «No hay que esperar
encontrarse en la desgracia, dice Nietzsche, como creen los que hacen derivar la filosofía del descontento. Es en la felicidad donde hay que empezar, en plena madurez viril, en el fuego de esta ardiente alegría, que es la de la edad adulta y victoriosa». Desde Pascal a Kierkegaard, se apuesta y se salta. Pero no son los ejercicios de Dionysos ni de Zarathustra: saltar no es danzar, y apostar no es jugar. Obsérvese como Zarathustra, sin ninguna idea preconcebida, opone jugar a apostar, y danzar a saltar: el mal jugador es el que apuesta, y sobre todo, el bufón es el que salta, el que cree que saltar significa danzar, alcanzar, sobrepasar. Si invocamos la apuesta de Pascal es para concluir finalmente que no tiene nada en común con el lanzamiento de dados. En la apuesta no se trata de afirmar el azar, todo el azar, sino, al contrario, de fragmentarlo en probabilidades, de cotizarlo en «azares de ganancia y de pérdida». Por esto es inútil preguntarse si la apuesta tiene un sentido teológico o puramente apologético Porque la apuesta de Pascal no concierne para nada a la existencia o a la no-existencia de Dios. La apuesta es antropológica, y concierne únicamente a dos modos de existencia del hombre, la existencia del hombre que dice que Dios existe y la existencia del hombre que dice que Dios no existe. La existencia de Dios, al no estar puesta en juego en la apuesta, es al mismo tiempo la perspectiva supuesta por la apuesta, el punto de vista según el cual el azar se fragmenta en azar de ganancia y azar de pérdida. La alternativa se halla enteramente bajo el signo del ideal ascético de la depreciación de la vida. Tiene razón Nietzsche al oponer su propio juego a la apuesta de Pascal. «Sin la fe cristiana, pensaba Pascal, seríais por vosotros mismos, como la naturaleza y la historia, un monstruo y un caos: hemos comprobado esta profecía». Nietzsche quiere decir: hemos sabido descubrir otro juego, otra manera de jugar; hemos descubierto lo sobrehumano por encima de dos modos existencia humanosdemasiado humanos; hemos sabido afirmar todo el azar en lugar de fragmentarlo y dejar hablar a un fragmento como señor; hemos sabido hacer del caos un
objeto de afirmación, en lugar de plantearlo como algo que debe ser negado... Y cada vez que se compara a Nietzsche con Pascal (o Kierkegaard, o Chestov), se impone una idéntica conclusión, la comparación sólo vale hasta un cierto punto: hecha abstracción de lo que es lo esencial para Nietzsche, hecha abstracción del modo de pensar. Hecha abstracción del pequeño bacilo, el espíritu de venganza, que Nietzsche diagnostica en el universo. Nietzsche decía: «El hybris es la piedra clave de todo heraclitismo, allí es donde puede demostrar si ha comprendido o no a su maestro». El resentimiento, la mala conciencia, el ideal ascético, el nihilismo, son la piedra clave de todo nietzscheano. Allí es donde puede
demostrar si ha comprendido o no el verdadero sentido de lo trágico.
Lectura anterior: El pensamiento trágico
Próxima lectura: El cuerpo
(Pascal, Kierkegaard, Chestov), no debemos contentarnos con la palabra tragedia. Hemos de tener en cuenta la última voluntad de Nietzsche. No basta preguntar: ¿qué piensa este otro? ¿puede compararse con lo que piensa Nietzsche? Pero, ¿cómo piensa este otro? ¿cuál es, en su pensamiento, la parte subsistente de resentimiento y de mala conciencia? El ideal ascético, el espíritu de venganza ¿subsisten en su manera de comprender lo trágico? Pascal, Kierkegaard, Chestov, con su genio, supieron llevar la crítica más lejos de lo que se había hecho hasta entonces. Eliminaron la moral, invirtieron la razón. Pero, atrapados en las redes del resentimiento, seguían dirigiendo sus fuerzas hacia el ideal ascético. Eran poetas de este ideal. Lo que oponían a la moral, a la razón, seguía siendo este ideal en el que se sumerge la razón, este cuerpo místico en el que se enraiza, la interioridad-la araña. Para filosofar necesitan de todos los recursos y del hilo de la interioridad; angustia, gemido, culpabilidad, todas las formas del descontento. Ellos mismos se colocan bajo el signo del resentimiento: Abraham y Job. Les falta el sentido de la afirmación, el sentido de la exterioridad, la inocencia y el juego. «No hay que esperar
encontrarse en la desgracia, dice Nietzsche, como creen los que hacen derivar la filosofía del descontento. Es en la felicidad donde hay que empezar, en plena madurez viril, en el fuego de esta ardiente alegría, que es la de la edad adulta y victoriosa». Desde Pascal a Kierkegaard, se apuesta y se salta. Pero no son los ejercicios de Dionysos ni de Zarathustra: saltar no es danzar, y apostar no es jugar. Obsérvese como Zarathustra, sin ninguna idea preconcebida, opone jugar a apostar, y danzar a saltar: el mal jugador es el que apuesta, y sobre todo, el bufón es el que salta, el que cree que saltar significa danzar, alcanzar, sobrepasar. Si invocamos la apuesta de Pascal es para concluir finalmente que no tiene nada en común con el lanzamiento de dados. En la apuesta no se trata de afirmar el azar, todo el azar, sino, al contrario, de fragmentarlo en probabilidades, de cotizarlo en «azares de ganancia y de pérdida». Por esto es inútil preguntarse si la apuesta tiene un sentido teológico o puramente apologético Porque la apuesta de Pascal no concierne para nada a la existencia o a la no-existencia de Dios. La apuesta es antropológica, y concierne únicamente a dos modos de existencia del hombre, la existencia del hombre que dice que Dios existe y la existencia del hombre que dice que Dios no existe. La existencia de Dios, al no estar puesta en juego en la apuesta, es al mismo tiempo la perspectiva supuesta por la apuesta, el punto de vista según el cual el azar se fragmenta en azar de ganancia y azar de pérdida. La alternativa se halla enteramente bajo el signo del ideal ascético de la depreciación de la vida. Tiene razón Nietzsche al oponer su propio juego a la apuesta de Pascal. «Sin la fe cristiana, pensaba Pascal, seríais por vosotros mismos, como la naturaleza y la historia, un monstruo y un caos: hemos comprobado esta profecía». Nietzsche quiere decir: hemos sabido descubrir otro juego, otra manera de jugar; hemos descubierto lo sobrehumano por encima de dos modos existencia humanosdemasiado humanos; hemos sabido afirmar todo el azar en lugar de fragmentarlo y dejar hablar a un fragmento como señor; hemos sabido hacer del caos un
objeto de afirmación, en lugar de plantearlo como algo que debe ser negado... Y cada vez que se compara a Nietzsche con Pascal (o Kierkegaard, o Chestov), se impone una idéntica conclusión, la comparación sólo vale hasta un cierto punto: hecha abstracción de lo que es lo esencial para Nietzsche, hecha abstracción del modo de pensar. Hecha abstracción del pequeño bacilo, el espíritu de venganza, que Nietzsche diagnostica en el universo. Nietzsche decía: «El hybris es la piedra clave de todo heraclitismo, allí es donde puede demostrar si ha comprendido o no a su maestro». El resentimiento, la mala conciencia, el ideal ascético, el nihilismo, son la piedra clave de todo nietzscheano. Allí es donde puededemostrar si ha comprendido o no el verdadero sentido de lo trágico.
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El artículo indefinido
Escribir es dar fe de la vida. Es dar fe de la vida, y por ende por, en el
sentido en el que decíamos por los animales que mueren. Es tartamudear en la lengua. Hacer literatura, echar mano de la infancia, es la típica forma de hacer de la literatura el pequeño asunto privado de uno. Es algo que te revuelve las tripas, es de veras la literatura de Prisunic, de bazar, son los best-sellers, es una verdadera mierda. Si uno no empuja el lenguaje hasta el punto en el que empieza a tartamudear –porque no es fácil, no basta con tartamudear así: «bé-bé-bé». Si uno no llega hasta ese punto, entonces, tal vez en la literatura, al igual que en... a fuerza de empujar el lenguaje hasta un límite, haya un devenir animal del lenguaje mismo, y del escritor, haya también un devenir niño, pero no se trata de su infancia. Deviene niño, sí, pero no se trata de su infancia, ya no se trata de la infancia de nadie: se trata de la infancia del mundo, la infancia de un mundo. Entonces, los que se interesan por su infancia, que se vayan a paseo, y luego que continúen, está muy bien: harán literatura que merecen. Si hay alguien que no está interesado en su infancia, ése es Proust, por ejemplo. En fin, las tareas del escritor no consisten en rebuscar en los archivos familiares, no consisten en interesarse por su infancia: nadie se interesa, nadie digno de cualquier cosa se interesa por su infancia. Ésa es otra tarea: devenir niño mediante la escritura, ir hacia una infancia del mundo, restaurar una infancia del mundo, ésa es una tarea, son las tareas de la literatura.
Claire Parnet:
¿O el niño nietzscheano?
Gilles Deleuze:
El niño, bueno, Nietzsche lo sabía, pero Mandelstam también lo sabía: todos lo saben, todos los escritores lo saben.
Claire Parnet:
Entonces, por qué...
Gilles Deleuze:
... se trata de devenir, insisto, si no logro encontrar otra fórmula que ésta: escribir es de hecho devenir, pero no es devenir ni escritor ni el propio memorialista, no. Y no porque haya tenido una historia de amor tengo que hacer de ella una novela, sino que es inmundo pensar las cosas así. No sólo es mediocre: es inmundo, vaya.
Claire Parnet:
Entonces, hay una excepción a la regla, ya que Natalie Sarraute, que es una inmensa escritora, ha escrito una libro que se llama Enfance. ¿Una pequeña debilidad?

Gilles Deleuze:
¡No, en absoluto, en absoluto! Ahí estoy de acuerdo contigo: Natalie Sarraute es una inmensa escritora. Enfance no es un libro sobre su infancia: ése sería típicamente un libro en el que ella testimonia, o en el que ella reinventa...
Claire Parnet:
Hago a propósito de abogada del diablo.
Gilles Deleuze:
Ya me ha dado cuentra de que hacías de abogada del diablo, pero es un papel muy peligroso, sabes, porque
Claire Parnet:
... de valedora.
Gilles Deleuze:
Inventa una infancia del mundo. ¿Qué es lo que al fin y al cabo le interesa de su infancia a Natalie Sarraute? Se trata de un determinado número de fórmulas estereotipadas de las que va a extraer maravillas, lo que tal vez hizo también con...
Claire Parnet:
Las subconversaciones...
Gilles Deleuze:
... las últimas palabras... o las últimas palabras de ¿quién era?
Claire Parnet:
De Chejov: «Ich sterbe [me muero]»
Gilles Deleuze:
Las últimas palabras de Chejov. Ella extrae de... bueno. De pequeña, escuchó a alguien que decía: «¿Qué tal estás?». ¿Qué es: «¿Qué tal estás?»? Cómo, etc., ella extrae del lenguaje un mundo, hace proliferar el lenguaje sobre sí mismo, etc., ¡Hablas como si a Natalie Sarraute le interesara su infancia!
Claire Parnet:
No tengo nada que objetar a lo que dices, pero...
Gilles Deleuze:
Tal vez Claude Sarraute se interese por su infancia, pero no Natalie Sarraute
Claire Parnet:
¡Que sí, querido, que sí...! ¡Escucha! No tengo nada que objetar a lo que dices, pero al mismo tiempo, en primer lugar, ¿fue una preparación desde tu más tierna edad lo que te empujó hacia la literatura, es decir, que tú rechazaste tu infancia, la rechazaste como un enemigo y como algo hostil, en primer lugar, desde qué edad lo hiciste, y es acaso la infancia una preparación, y, por otra parte, la infancia regresa a bocanadas, aunque sean bocanadas repugnantes: la infancia regresa. Entonces, ¿hay que tener una preparación prácticamente cotidiana, una disciplina cotidiana?
Gilles Deleuze:
Imagino que eso sale por sí solo, porque la infancia, sabes, es como todo: habría que distinguir una mala infancia y una buena infancia. ¿Qué es lo que considero interesante? Bueno... la relación con el padre, la madre y los recuerdos de infancia en el sentido de: «¡Ah, mi padre, mi madre!», no me parecen muy interesantes. Me parecen muy interesantes y muy ricos para sí, pero ciertamente no presentan interés para la escritura. Hay otros aspectos de la infancia; hablaba antes de: un caballo muere en la calle, antes de que hubiera automóviles, ¿no? Pues bien: recobrar la emoción de niño, es una niño, eso es. Habría que decir: el niño que fui no es nada. Pero yo no soy sólo el niño que fui; fui un niño entre otros, fui un niño cualquiera, y siempre he visto lo que era interesante en tanto que «un niño cualquiera». No en tanto que «yo era tal niño». En fin, vi morir a un caballo en la calle antes de que hubiera automóviles; no hablo por mí, sino por aquellos que lo vieron: eso está muy bien. Muy bien, perfecto. Perfecto: devenir escritor es una tarea; tal vez fuera un factor lo que hizo que... Dostoievski lo vio, y hay una gran página de Dostoievski, estoy casi seguro, en Crimen y Castigo, sobre el caballo que muere en la calle. Nijinski, el bailarín, lo vio; Nietzsche lo vio; ya era viejo cuando vio, en Turín, creo, cómo un caballo moría de esa manera. En fin, bueno, eso está muy bien.
Claire Parnet:
Y tú, ¿viste las manifestaciones del Frente Popular, anda?
Gilles Deleuze:
Yo vi las manifestaciones del Frente Popular, sí. Vi a mi padre debatirse entre su honestidad y su antisemitismo, eso es, bien. Fui un niño. Yo siempre he sostenido que no se comprende el sentido del artículo indefinido. De: «pegan a un niño»; «un caballo es agotado», etc., no quiere decir yo, yo: quiere decir... El artículo indefinido es de una riqueza extrema, es...
Claire Parnet:
Es todas las multiplicidades, volveremos sobre ello.
Gilles Deleuze:
Es la multiplicidad, sí, sí, sí...
sentido en el que decíamos por los animales que mueren. Es tartamudear en la lengua. Hacer literatura, echar mano de la infancia, es la típica forma de hacer de la literatura el pequeño asunto privado de uno. Es algo que te revuelve las tripas, es de veras la literatura de Prisunic, de bazar, son los best-sellers, es una verdadera mierda. Si uno no empuja el lenguaje hasta el punto en el que empieza a tartamudear –porque no es fácil, no basta con tartamudear así: «bé-bé-bé». Si uno no llega hasta ese punto, entonces, tal vez en la literatura, al igual que en... a fuerza de empujar el lenguaje hasta un límite, haya un devenir animal del lenguaje mismo, y del escritor, haya también un devenir niño, pero no se trata de su infancia. Deviene niño, sí, pero no se trata de su infancia, ya no se trata de la infancia de nadie: se trata de la infancia del mundo, la infancia de un mundo. Entonces, los que se interesan por su infancia, que se vayan a paseo, y luego que continúen, está muy bien: harán literatura que merecen. Si hay alguien que no está interesado en su infancia, ése es Proust, por ejemplo. En fin, las tareas del escritor no consisten en rebuscar en los archivos familiares, no consisten en interesarse por su infancia: nadie se interesa, nadie digno de cualquier cosa se interesa por su infancia. Ésa es otra tarea: devenir niño mediante la escritura, ir hacia una infancia del mundo, restaurar una infancia del mundo, ésa es una tarea, son las tareas de la literatura.Claire Parnet:
¿O el niño nietzscheano?
Gilles Deleuze:
El niño, bueno, Nietzsche lo sabía, pero Mandelstam también lo sabía: todos lo saben, todos los escritores lo saben.
Claire Parnet:
Entonces, por qué...
Gilles Deleuze:
... se trata de devenir, insisto, si no logro encontrar otra fórmula que ésta: escribir es de hecho devenir, pero no es devenir ni escritor ni el propio memorialista, no. Y no porque haya tenido una historia de amor tengo que hacer de ella una novela, sino que es inmundo pensar las cosas así. No sólo es mediocre: es inmundo, vaya.
Claire Parnet:
Entonces, hay una excepción a la regla, ya que Natalie Sarraute, que es una inmensa escritora, ha escrito una libro que se llama Enfance. ¿Una pequeña debilidad?

Gilles Deleuze:
¡No, en absoluto, en absoluto! Ahí estoy de acuerdo contigo: Natalie Sarraute es una inmensa escritora. Enfance no es un libro sobre su infancia: ése sería típicamente un libro en el que ella testimonia, o en el que ella reinventa...
Claire Parnet:
Hago a propósito de abogada del diablo.
Gilles Deleuze:
Ya me ha dado cuentra de que hacías de abogada del diablo, pero es un papel muy peligroso, sabes, porque
Claire Parnet:
... de valedora.
Gilles Deleuze:
Inventa una infancia del mundo. ¿Qué es lo que al fin y al cabo le interesa de su infancia a Natalie Sarraute? Se trata de un determinado número de fórmulas estereotipadas de las que va a extraer maravillas, lo que tal vez hizo también con...
Claire Parnet:
Las subconversaciones...
Gilles Deleuze:
... las últimas palabras... o las últimas palabras de ¿quién era?
Claire Parnet:
De Chejov: «Ich sterbe [me muero]»
Gilles Deleuze:
Las últimas palabras de Chejov. Ella extrae de... bueno. De pequeña, escuchó a alguien que decía: «¿Qué tal estás?». ¿Qué es: «¿Qué tal estás?»? Cómo, etc., ella extrae del lenguaje un mundo, hace proliferar el lenguaje sobre sí mismo, etc., ¡Hablas como si a Natalie Sarraute le interesara su infancia!
Claire Parnet:
No tengo nada que objetar a lo que dices, pero...
Gilles Deleuze:
Tal vez Claude Sarraute se interese por su infancia, pero no Natalie Sarraute
Claire Parnet:
¡Que sí, querido, que sí...! ¡Escucha! No tengo nada que objetar a lo que dices, pero al mismo tiempo, en primer lugar, ¿fue una preparación desde tu más tierna edad lo que te empujó hacia la literatura, es decir, que tú rechazaste tu infancia, la rechazaste como un enemigo y como algo hostil, en primer lugar, desde qué edad lo hiciste, y es acaso la infancia una preparación, y, por otra parte, la infancia regresa a bocanadas, aunque sean bocanadas repugnantes: la infancia regresa. Entonces, ¿hay que tener una preparación prácticamente cotidiana, una disciplina cotidiana?
Gilles Deleuze:
Imagino que eso sale por sí solo, porque la infancia, sabes, es como todo: habría que distinguir una mala infancia y una buena infancia. ¿Qué es lo que considero interesante? Bueno... la relación con el padre, la madre y los recuerdos de infancia en el sentido de: «¡Ah, mi padre, mi madre!», no me parecen muy interesantes. Me parecen muy interesantes y muy ricos para sí, pero ciertamente no presentan interés para la escritura. Hay otros aspectos de la infancia; hablaba antes de: un caballo muere en la calle, antes de que hubiera automóviles, ¿no? Pues bien: recobrar la emoción de niño, es una niño, eso es. Habría que decir: el niño que fui no es nada. Pero yo no soy sólo el niño que fui; fui un niño entre otros, fui un niño cualquiera, y siempre he visto lo que era interesante en tanto que «un niño cualquiera». No en tanto que «yo era tal niño». En fin, vi morir a un caballo en la calle antes de que hubiera automóviles; no hablo por mí, sino por aquellos que lo vieron: eso está muy bien. Muy bien, perfecto. Perfecto: devenir escritor es una tarea; tal vez fuera un factor lo que hizo que... Dostoievski lo vio, y hay una gran página de Dostoievski, estoy casi seguro, en Crimen y Castigo, sobre el caballo que muere en la calle. Nijinski, el bailarín, lo vio; Nietzsche lo vio; ya era viejo cuando vio, en Turín, creo, cómo un caballo moría de esa manera. En fin, bueno, eso está muy bien.
Claire Parnet:
Y tú, ¿viste las manifestaciones del Frente Popular, anda?
Gilles Deleuze:
Yo vi las manifestaciones del Frente Popular, sí. Vi a mi padre debatirse entre su honestidad y su antisemitismo, eso es, bien. Fui un niño. Yo siempre he sostenido que no se comprende el sentido del artículo indefinido. De: «pegan a un niño»; «un caballo es agotado», etc., no quiere decir yo, yo: quiere decir... El artículo indefinido es de una riqueza extrema, es...
Claire Parnet:
Es todas las multiplicidades, volveremos sobre ello.
Gilles Deleuze:

Es la multiplicidad, sí, sí, sí...
Duración y conciencia.

Por Henri Bergson
Hay, por lo menos, una realidad que todos captamos desde dentro, por intuición y no por simple análisis. Es nuestra propia persona en su fluencia por el tiempo. Es nuestro yo que dura. Podemos no simpatizar intelectualmente, o mejor, espiritualmente, con alguna otra cosa. Pero simpatizamos seguramente con nosotros mismos. Cuando llevo sobre mi persona, supuesta inactiva, la mirada interior de mi conciencia, advierto desde luego, a manera de una corteza solidificada en la superficie, todas las percepciones que le llegan del mundo material. Estas percepciones son claras, distintas, yuxtapuestas, o capaz de serlo, las unas a las otras; tratan de agruparse en objetos. Advierto en seguida recuerdos, más o menos adheridos a estas percepciones, que sirven para interpretarlas. Tales recuerdos están como arrancados del fondo de mi persona, sacados a la periferia por las percepciones que los representan y puestos sobre mí sin ser absolutamente yo mismo. Y en fin, siento que se manifiestan tendencias, hábitos motrices, una turba de acciones virtuales, ligadas más o menos sólidamente a esas percepciones y a esos recuerdos. Todos estos elementos de formas bien definidas, me parecen tanto más distintos de mí cuanto son más distintos los unos de los otros. Orientados de dentro hacia fuera, constituyen, reunidos, la superficie de una esfera que tiende a dilatarse y perderse en el mundo exterior. Pero si me dirijo de la periferia al centro, si busco en el fondo de mí lo que es más uniformemente, más constantemente, más duraderamente yo mismo, encuentro otra cosa distinta. Debajo de estos cristales bien cortados y de esta congelación superficial, hay una continuidad de fluencia que no es comparable a nada que yo haya visto fluir. Se trata de una sucesión de estados, cada uno de los cuales anuncia lo que sigue y contiene lo que precede. A decir verdad, sólo constituyen estados múltiples cuando ya los he pasado y me vuelvo hacia atrás para observar su huella. Mientras los experimentaba, estaban tan sólidamente organizados, tan profundamente animados de una vida común, que no hubiera sabido decir dónde terminaba cualquiera de ellos o dónde comenzaba otro. En realidad, ninguno comienza ni termina, sino todos se prolongan unos en otros. Es, si se quiere, el desenrollamiento de un rollo, pues no hay ser vivo que no se sienta llegar poco a poco al término de su tarea. Vivir consiste en envejecer. Pero es también un enrollamiento continuo, como el de un hilo sobre una bola, pues nuestro pasado nos sigue, se agranda sin cesar con el presente que recoge sobre su ruta. Conciencia significa memoria. A decir verdad no se trata ni de enrollamiento ni de desenrollamiento, pues estas dos imágenes evocan la representación de líneas o de superficies cuyos panes son homogéneas entre sí y capaces de superponerse unas a otras. Ahora bien, no hay dos momentos iguales en un ser consciente. Tomad el sentimiento más simple, suponedlo constante, resumid en él la personalidad toda entera la conciencia que acompañe a este sentimiento no podrá quedar idéntica a sí misma durante dos momentos consecutivos, pues el momento que sigue contiene siempre, además del precedente, el recuerdo que éste le ha dejado. Una conciencia que tuviera dos momentos idénticos sería una conciencia sin memoria. Perecería y renacería, pues, sin cesar ¿Cómo representarse de otra manera la inconsciencia? Será, pues, necesario evocar la imagen de un espectro de mil matices, con degradaciones insensibles que permitan pasar de un matiz a otro. Una corriente de sentimiento que atravesara ese espectro, tiñéndose una y otra vez de cada uno de sus matices, experimentaría cambios graduales y cada uno anunciaría el siguiente y resumiría en él a los precedentes. Pero los matices sucesivos del espectro permanecerán siempre exteriores unos a otros. Se yuxtaponen. Ocupan espacio. Al contrario, lo que es duración pura excluye toda idea de yuxtaposición, de exterioridad recíproca y de extensión. Imaginémonos más bien un elástico infinitamente pequeño, contraído —si fuera posible— en un punto matemático. Alarguémoslo progresivamente de manera que hagamos salir del punto una línea que vaya agrandándose siempre. Fijemos nuestra atención, no sobre la línea en tanto que línea, sino sobre la acción que la traza. Consideremos que esta acción, a pesar de su duración, es indivisible, si se supone que se realiza sin detenerse, que si es intercalada una detención, se hacen dos acciones en lugar de una, y entonces cada una de esas acciones será el indivisible de que hablamos, que jamás es divisible la acción moviente misma, sino la línea inmóvil que deposita bajo de sí como una huella en el espacio. Liberémonos, por fin, del espacio que subtiende el movimiento, para considerar sólo el movimiento mismo, el acto de tensión o de extensión y, en suma, la movilidad pura. Tendremos esta vez una imagen más fiel de nuestro desarrollo en la duración. Y, sin embargo, esta imagen será todavía incompleta y cualquier comparación será, por lo demás, insuficiente, ya que el desenrollamiento de nuestra duración semeja, por una parte, la unidad de un movimiento que avanza y, por otra, una multiplicidad de estados que se extienden. De manera que ninguna metáfora puede expresar uno de los aspectos sin sacrificar el otro. Si evoco un espectro de mil matices, tengo delante de mí una cosa ya hecha, mientras que la duración se hace continuamente. Si pienso en un elástico que se alarga, en un resorte que se tiende o se distiende, olvido la riqueza de colorido que es característica de la duración vivida, para no ver más que el movimiento simple por el cual la conciencia pasa de un matiz a otro. La vida interior es todo esto a la vez variedad de cualidades, continuidad de progreso, unidad de dirección. No podría representársela por imágenes. Pues menos aún se la representaría por conceptos, esto es, por ideas abstractas, o generales, o simples. Sin duda ninguna imagen expresará completamente el sentimiento original que yo tengo de la fluencia de mí mismo. Más de ninguna manera es necesario que yo trate de expresarlo. Al que no sea capaz de darse a sí mismo la intuición de la duración constitutiva de su ser, nada se la dará jamás, ni los conceptos ni las imágenes. A este propósito, la única tarea del filósofo debe ser provocar un cierto trabajo, que los hábitos de espíritu útiles a la vida tienden a obstaculizar en la mayor parte de los hombres. Ahora bien, la imagen tiene al menos la ventaja de mantenernos en lo concreto. Ninguna imagen reemplazará la intuición de la duración, pero muchas y diversas imágenes, tomadas de órdenes de cosas muy diferentes, podrán, por la convergencia de su acción, dirigir la conciencia sobre el punto preciso donde haya una cierta intuición que captar. Al elegir imágenes tan disparatadas como sea posible, se impedirá que cualquiera de ellas usurpe el lugar de la intuición que tiene por encargo evocar, pues entonces será apartada inmediatamente por sus rivales. Al hacer que todas exijan de nuestro espíritu, a pesar de sus diferencias de aspecto, la misma clase de atención y, en cierta manera, el mismo grado de tensión, poco a poco acostumbraremos la conciencia a una disposición muy particular y bien determinada, precisamente aquella que deberá adoptar para aparecerse a sí misma sin velo. Pero todavía convendrá que ella consienta en hacer este esfuerzo. Pues no se le habrá mostrado nada. Simplemente se le habrá buscado en la actitud que debe tomar para hacer el esfuerzo querido y llegar por sí misma a la intuición. Al contrario, la inconveniencia, en tal materia, de los conceptos muy simples, consiste en que son verdaderos símbolos que sustituyen al objeto simbolizado por ellos, y no exigen de nosotros esfuerzo alguno. Considerándolos de cerca, se vería que cada uno retiene sólo del objeto lo que es común a este objeto y a otros. Se vería que cada uno expresa, mejor que la imagen, una comparación entre el objeto y aquellos que se le semejan. Pero como la comparación ha descubierto una semejanza, y ésta es una propiedad del objeto, y una propiedad tiene todo el aire de ser una parte del objeto que la posee, fácilmente nos persuadimos que, yuxtaponiendo conceptos a conceptos, recompondremos el todo del objeto con sus partes, y que obtendremos —por así decir— un equivalente intelectual. De esta manera, al confrontar los conceptos de unidad, multiplicidad, continuidad, divisibilidad finita o infinita, etc, creeremos formar una representación fiel de la duración. Más aquí está precisamente la ilusión. También está aquí el peligro. Cuanto más las ideas abstractas pueden dar servicio al análisis, es decir, a un estudio científico del objeto en sus relaciones con todos los demás, tanto son incapaces de reemplazar a la intuición, es decir, a la investigación metafísica del objeto en lo que tiene de esencial y propio. Y efectivamente, por una parte, tales conceptos, colocados en hilera, nunca nos darán sino una recomposición artificial del objeto, del que sólo pueden simbolizar ciertos aspectos generales y en cierto sentido impersonales. Por esta razón es inútil creer que con ellos se capta una realidad cuya sombra se limitan a presentar. Pero, por otra parte, al lado de la ilusión, hay también un peligro muy grave. Pues el concepto generaliza al mismo tiempo que abstrae. El concepto sólo puede simbolizar una propiedad especial volviéndola común a una infinidad de cosas. Siempre la deforma más o menos por la extensión que le da. Una propiedad, repuesta en el objeto metafísico que la posee, coincide con él, por lo menos se amolda a él, adopta los mismos contornos. Extraída del objeto metafísico y representado en un concepto, se alarga indefinidamente y sobrepasa al objeto, ya que, de aquí en adelante, debe contenerlo juntamente con otros. Los diversos conceptos que nos formamos de las propiedades de una cosa dibujan, pues, a su alrededor otros tantos círculos cada vez más amplios, pero ninguno se aplica exactamente sobre ella. Y, sin embargo, en la cosa misma, las propiedades coincidían con ella y coincidían, consecuentemente, todas entre sí. No será forzoso, pues, buscar algún artificio para restablecer la coincidencia. Tomaremos uno cualquiera de estos conceptos e intentaremos, con él, ir reuniendo a los demás. Pero, según partamos de éste o de aquél, la reunión no se operará de la misma manera. Según partamos —por ejemplo— de la unidad o de la multiplicidad, concebiremos diferentemente la unidad múltiple de la duración. Todo dependerá del peso que atribuyamos a tal o cual concepto, y ese peso será arbitrario siempre, ya que el concepto, extraído del objeto, no tiene peso, siendo como es sombra de un cuerpo. Surgirá así una multitud de sistemas diferentes, tantos como puntos de vista exteriores haya sobre la realidad que se examina, o como círculos más amplios que la puedan contener. Los conceptos simples no tienen, pues, sólo la inconveniencia de dividir la unidad concreta del objeto en otras tantas expresiones simbólicas, también dividen la filosofía en escuelas distintas, cada una de las cuales retiene su lugar, escoge sus cartas y entabla con las otras una partida que no terminará jamás. O la metafísica no es sino este juego de ideas, o bien, si es una ocupación seria del espíritu, conviene que trascienda los conceptos para llegar a la intuición. Ciertamente los conceptos le son indispensables, pues todas las otras ciencias trabajan las más de las veces sobre conceptos, y la metafísica no podría abstenerse de ellas. Pero sólo es propiamente ella misma cuando sobrepasa al concepto o, al menos, cuando se libera de los conceptos rígidos y ya hechos, para crear conceptos muy diferentes de los que manejamos en la vida diaria, me refiero a representaciones flexibles, móviles, casi unidas, siempre prestas a amoldarse a las formas huidizas de la intuición. Volveremos en otra parte sobre este punto importante. Bástenos haber mostrado que nuestra duración puede sernos presentada directamente en una intuición, que ella puede sernos sugerida indirectamente por imágenes, pero que no podría —si se deja a la palabra concepto su sentido propio— ser encerrada en una representación conceptual. Intentemos, por un instante, hacer una multiplicidad. Convendrá añadir que los términos de esta multiplicidad, en lugar de distinguirse como los de una multiplicidad cualquiera, avanzan unos sobre otros; que podemos sin duda, por un esfuerzo de imaginación, solidificar la duración una vez transcurrida, dividirla entonces en trozos que se yuxtapongan y contar todos los trozos, pero que tal operación se lleva a cabo sobre el recuerdo congelado de la duración, sobre la huella inmóvil que la movilidad de la duración deja tras de sí, no sobre la duración misma. Confesemos, pues, si hay una multiplicidad aquí, que tal multiplicidad no se parece a ninguna otra ¿Diremos entonces que la duración posee unidad? Sin duda una continuidad de elementos que se prolongan unos en otros participa tanto de la unidad como de la multiplicidad, pero esta unidad moviente, cambiante, llena de color, viva, no se parece casi a la unidad abstracta, inmóvil y vacía, que limita el concepto de unidad pura ¿Concluiremos de esto que la duración debe definirse por la unidad y la multiplicidad a la vez? Pero, cosa singular, por más que haya manejado los dos conceptos, por más que los haya dosificado y diversamente combinado entre sí, o practicado sobre ellos las más sutiles operaciones de química mental, jamás obtendré nada que se parezca a la intuición simple que tengo de la duración. Por el contrario, cuando por un esfuerzo de intuición me repongo en la duración, advierto inmediatamente cómo ella es unidad, multiplicidad y aun muchas otras cosas. Esos diversos conceptos eran, pues, otros tantos puntos de vista exteriores sobre la duración. Ni separados, ni reunidos, nos han hecho penetrar en la duración misma.
Sin embargo, nosotros penetramos en ella y esto no puede ser sino por una intuición. En este sentido es posible un conocimiento interior, absoluto, de la duración del yo por el yo mismo.
Mas, sí la metafísica reclama y puede obtener aquí una intuición, la ciencia no deja por eso de tener menos necesidad de un análisis. Y de una confusión entre el papel del análisis y el de la intuición, van a nacer aquí las discusiones entre escuelas y los conflictos entre sistemas.
La distribución del caos
Por Michel Serres.
Por fin, el principio. En el principio es el caos. Hoy decimos: el ruido, el ruido de fondo. De dónde queréis que surja el verbo, sino del ruido. Nuestros antepasados decían: el caos. Ellos estaban colocados en un mundo y nosotros estamos sumergidos en mares de signos. A cada uno su desorden, al borde límite de todo orden. Pero no hay tanta diferencia como se cree. Pantagruel, como nosotros y tantos otros navegantes, había costeado las islas de Tohu y Bohu antes de ahogarse en el tumulto y en los clamores del huracán. No se naufraga todos los días. Ocurre donde el navío pasa en medio de voces insensatas.
Al principio es lo indiferenciable, sobre lo que nadie sabría tener información. Eso puede llamarse: nube. Un conjunto de puntos, de átomos o de moléculas, de elementos cualesquiera que sean, cuyo comportamiento se ignora, nube de bordes no definidos, fluctuantes o fundidos. Cualquier enjambre de abejas desplazándose caprichosamente, o su sombra transportada.
Un lago de manchas o un banco de nubarrones. Este meteoro es el modelo de un saber formado poco antes del siglo, con la desaparición de los sistemas, cuando las grandes poblaciones irrumpían y se derramaban sobre algunas cabezas. Estuvieron muy cerca de perder el tiempo en ello: si al principio es la nube, es lo que vuela, aquí arriba, ahora, después allá, hace un rato, es lo que pasaba, hace poco, en otro tiempo o antaño, o la masa baja y pesada que ensombrecerá la nuca de mis sobrinas. Nubes dispersas, siempre ahí, en el lecho estrellado de los vientos, y que me han hecho perder el tiempo. Meteoros. Entre una tierra en presunto o deseado orden y el sistema planetario o solar en equilibrio metaestable, los meteoros, olvidados por las clases de teoría, dejan ver un suntuoso desorden. La filosofía miraba el cielo, los eclipses y las elipses, y no decía nunca que las nubes, a veces, le impedían verlos. O bien trabajaba para cambiar de orden sobre la tierra y sospechaba de todos los que parecían pensar en las nubes. Había un orden estable, Copérnico se había ocupado de ello, revolución de las órbitas, y órdenes que transformar, aquí y en la historia. En medio, como una excepción, un desorden sin interés. Salvo para los que no tienen acceso a la teoría, los campesinos, los marineros y algunos pueblos vagos, hambrientos. Ahora bien, de golpe, nuevo comienzo, que la visión del mundo, como se dice, se invierta. El gran desorden lujoso, helo aquí más allá de los límites del nicho, más allá de lo que se llamaba el sistema del mundo: es el universo; helo aquí en medio de las cosas de la tierra, en lo íntimo de la materia, de la vida, de los mensajes. Los meteoros, en desorden aparente, parecían una excepción rara entre dos
órdenes donde las leyes reinaban. Inversión: los viejos sistemas ordenados, por el contrario, ya no son más que islas raras sobre un mar que no separa, desde el más pequeño mundo al más grande; cristal, organismo o planeta, he aquí algunas cimas, algunos Olimpos, aquí y allá, emergiendo de las nubes, azotados por los vientos. El orden no es más que una rareza donde el desorden es lo ordinario. La excepción se convierte en regla y la regla se convierte en excepción. La nube ya no es sólo el buen tiempo o el mal tiempo, del que se burlan en el encierro de las escuelas y la tecnología de las ciudades, sino que está en nosotros y alrededor de nosotros, en lo browniano de las cosas mismas y la ergodicidad de lo vivo y de lo histórico, está tan cercana y lejana como se quiera, tan próxima a mí como mi propio organismo, su mantenimiento, su reproducción y su voz, tan lejos de mí que puedo verla o medirla, cuando la bautizo con el nombre de Magallanes. No se detiene en los meteoros, y todo, salvo excepciones, es nube. Todo fluctúa. Esto fluctúa. Y si hay cosas, cuerpos y mensajes, sentido, estructuras en orden o incluso sistemas (si lo hay y cuando lo hay; ahora bien, hay, es así y no puedo remediarlo), ello es sólo bajo la figura de archipiélagos. He aquí espóradas sembradas sobre el océano abierto, informe. Lo racional es lacunar, una cresta, una cima, un efecto de borde. Cualquier ultraestructura que emerge temporalmente del banco nublado. De manera figurada, el mundo es la excepción de los meteoros. O, propiamente, lo racional es improbable. La ley, la regla, el orden, todo lo que así designamos, no son más que improbabilidades, en estrecha proximidad con lo que no puede ocurrir. Lo racional, milagroso, rarísimo o excepcional, se adhiere a la inexistencia, tan cercana como se quiera del cero, de la nada. Lo que existe es el resto, y como complementario en el crecimiento de lo probable. Lo que existe, y es una tautología, es lo más probable. Ahora bien, lo más probable es el desorden. El desorden está casi siempre ahí. Es decir, nube o mar, tormenta y ruido, mezcla y multitud, caos, tumulto. Lo real no es racional. O lo es sólo en el extremo límite. En consecuencia, no hay más ciencia que la de la excepción, de lo raro y del milagro. Sólo hay saber de las islas, de lo esporádico, y de las ultraestructuras. El conjunto de nuestras esclavitudes depende del hecho de que siempre ha habido alguien para hacernos creer que lo real es racional. Y eso es sin duda el poder. Alguien para hacernos creer que el viaje de Ulises, de isla en isla, entre tifones, clamores, bonanza, es mítico. La palabra revolución es impropia para calificar esta novedad, esta antigua inversión del saber, puesto que es una palabra de orden, este orden del cosmos que gira lentamente sobre nuestras cabezas, es una palabra de sistema. No a Tolomeo, no a Copérnico. No, hay tormenta sobre la vieja ciencia y la vieja filosofía, ráfaga de viento, nube, meteoro, tsunami, transgresión, en el sentido de transgresión de las aguas. Bajo la energía dispersada por el fuego, las antiguas formaciones culturales se funden como un banco de hielo. Y reconocemos por todas partes lo arbitrario de las leyes y su carácter improbable. Y es, como al principio, el diluvio, el diluvio que vuelve a empezar, el más antiguo o el usual, bajo el caos, un poco antes de que las aguas se separen. Lo real, en multitud clamorosa, no es racional. Lo racional es una isla rara emergiendo, por un lapso de tiempo, de la ordinaria transgresión diluviana, lo real. Isla precisa, exacta, destacada, rigurosa, aguda, marcada sobre lo indiferenciable.
Al principio es la tormenta. Hacerse a la mar con Pantagruel permite reconocer en seguida un error de navegación. Tohu y Bohu no son islas, sino el mismo mar. En este principio, la estrella es ya errónea y la hidrografía engañosa. Entonces, ¿quién ha diseñado el portulano, sino aquel que deseaba que el desorden fuera aislable, el ruido local y momentáneo, como una ínsula, y la ley ordinaria?
Aquel que quería que lo real fuera racional, salvo pequeñas localidades lacunares recortadas, de las que hay que tener miedo, como de las Sirenas, y de las cuales hay que apartarse desde la salida. (Y, de repente, sé de dónde proviene el clamor: de algunos amordazados que sufren en este presidio, de la multitud de los condenados que no han querido este racional). El mapa se ha invertido, el orden y el desorden se han trastocado. La isla es un lago y el mar es un continente.
El orden reina en todas partes, salvo algunos desgarrones: es el postulado de la antigua ciencia, su dogma primero, el que acaba de invertirse, el que la transgresión acaba de cubrir. O bien: hay algunos archipiélagos en el mar. O bien: toleramos cortes en los continentes. Era el viejo vagabundeo de la vieja ciencia o su alianza inmemorial con los viejos sistemas de orden, que nos pone hoy en peligro de muerte y de destrucción. Hemos trabajado, durante siglos, y en nombre de la ciencia, para deshacer la colusión del trono y del altar, de los príncipes y de los sacerdotes. Al hacer balance era menos grave y menos peligrosa que la del saber, presuntamente objetivo, y el poder armado. Al tomar el lugar de las religiones la ciencia no ha cambiado de entorno, está siempre junto al sable, tiende a convertirse en el sable. Una enciclopedia a la sombra de las espadas. El poder quiere orden, el saber se lo da. En cada momento de inauguración, de vuelta a empezar, la ciencia enuncia un teorema de potencia, de mando y de obediencia, de dominio y de posesión, una palabra de orden. Al comienzo, un mandato. Por método, una estrategia. La nova scienza no fue nunca, salvo quizá esa excepción de la que hablo en el próximo libro, esa gaya scienza que deja esperar la vuelta del orden al desorden. Se adapta siempre a una estructura de orden, y se introduce fácilmente en la relación de orden. Y el poder es el orden, esta misma estructura y esta relación. Es decir, un irreversible, un sentido que nadie, jamás, sabría volver a subir, un sentido único y un sentido prohibido. Va de un punto a otro y no vuelve nunca sobre sí. Así, va de un punto a muchos otros, en invasiones sucesivas. Eso no es todo el orden, es el mínimo, y ha mejorado mucho después. Pero, a partir de aquí, el punto de partida ordena y se proyecta: origen, fuente, río arriba, centro, llamadlo como queráis. Todo viene de él y nada va hacia él. Punto alto o máximo, punto bajo o fundamento, medio o centralización, lo mismo da. Por simples procedimientos ópticos, ilusión o teatro de representación, se puede hacer creer, cuando se reside allí, en una diferencia entre lo superior y lo central. Es sin embargo la misma estructura, la misma relación y el mismo punto. La ciencia era el saber de ese punto y el poder está en ese punto. A partir de ahí las vías son irreversibles, transitivas y encadenadas. De ahí en primer lugar lo que he llamado estatuas, en equilibrio alrededor de un punto, el mismo. Sistema, episteme, como understanding, verstand o substancia, ¿hablan de otra cosa que, justamente, de este equilibrio? La episteme, la ciencia, era encadenamiento, alrededor de un centro, de un conjunto estático.
Encadenamiento por una ley que invade el espacio, sea cual sea la ley. Ella dibuja una recta, una línea quebrada, un árbol o una red. Esas extensas rejillas de razones que los geómetras, astrónomos o lógicos prestaban, siempre sin saberlo, a los príncipes, o que el filósofo daba al general. Todo ello tan abstracto que vale más contar un cuento. ¿Os acordáis de la nube? Descarga, llueve, en el lecho se desplaza una ola limpia. Entonces el lobo ya está ahí para regular la circulación. La Fontaine y su genio ardiente aclaran a Descartes sin raciocinio pesado y lento. Hacen comprender a las lavanderas lo que nuestros discursos teóricos les ocultan. En todo comienzo, instauración o vuelta a empezar, encontraréis constantemente el orden, estructura y relación. Salvo en el último momento, salvo ahora que sé, veo, y no puedo remediarlo, que estamos embarcados, sin embargo, sobre el caos. Y que el orden allí es raro. La tormenta es tan violenta que no podemos permitirnos el lujo de un error de navegación. Sí, en la isla-ciencia figura el puerto, pero está plagada de arrecifes donde estamos a punto de naufragar cuerpos y bienes.
En los comienzos proliferaban por todas partes las figuras simples de este desorden. Nube, tormenta, río, arroyo. Por fin la filosofía al exterior. He aquí las aguas, las aguas informes. El mar y la mezcla. Una sopa caos donde se mezclan las ciencias y las sales, torbellinos sobre los que emerge, nueva, Afrodita. Venus turbulenta y sabia que encontraremos pronto en Lucrecio. Caos epicúreo del que emergen los mundos, en modelo cuasi-estacionario, ondas en torbellinos metaestables. Todavía encontraremos de nuevo en las desviaciones del
equilibrio. Caja negra molecular, horno, entrevistos por Boltzmann antes de morir junto al mar. Como si hubiera deseado esparcir sus cenizas, su corrupción numerosa y su descomposición pululante cerca de los clamores, del caos de los comienzos. Informe acuático y fluyente de donde, mucho más que de las metáforas, Bergson toma los objetos que habíamos perdido, mientras Nietzsche indaga con su bastón en la diseminación vírica de los cuerpos, en las disoluciones practicadas por una química que imagina superior. El desorden invade los textos y el mundo, al mismo tiempo. La nube cubre Europa. Y así es. Las grandes poblaciones se agitaban en Zola. Pero en Barbey, esto vuelve a empezar: es el tumulto de Avranches y la multitud arremolinándose. Es la landa caos de los embrujados. Nunca acabaríamos de contar historias que dicen claramente lo que la ciencia reprime o lo que la filosofía obscurece. Así pues, en los comienzos, el orden. Esto es tan antiguo como queramos. Esto puede datar de la aurora negra donde los primeros discursos intentaban atar los andrajos del espacio, y esto puede venir de esas cajas negras vertiginosamente integradas en lo complejo de mi cuerpo, donde ruge un ruido de fondo inextinguible y de donde surge, excepcionalmente, el lenguaje. Al comienzo es la distribución. Atomos, puntos u otras cosas cualesquiera. Desorden, ruido, harapos, tumulto, multitud, landa en pedazos, descomposiciones o mezclas, horno, caos, caja negra abierta o cerrada, tormenta, indiferenciable y barullo. En los comienzos son las distribuciones. El reparto. Lo dado, lo real, no es más que un reparto aleatorio. Continuo o discreto, no lo sé. El reparto está ahí y eso es todo. Y nadie lo ha dado ni nadie lo ha distribuido.
Está ahí, como la nube, pasa y no deja de venir. Ya casi lamento la palabra distribución. Tomadla en un sentido mucho menos ordenado que el usual o que el científico. En un sentido pre-combinatorio, incluso de pre-conjunto. Sí, las tribus están dispersas en el espacio y nadie ha sabido nunca cómo. Hay ya demasiado orden en la distribución de las aguas, del vapor, del carburante, de la tipografía. Cadenas, clasificaciones, un plano y bifurcaciones. E incluso demasiado cuando se concibe una combinación relativa de números, de elementos. Es siempre ya un pre-orden. Tomad la palabra antes de toda estructura, y la cosa antes de la definición. Dicho de otro modo, Hermes no es factor. Ni distributivo. No distribuye los mensajes, ni los divide, ni los reparte. Y ni siquiera lleva mensaje. Él es el reparto mismo, que pasa y que está ahí. El mensaje allí es caótico, una nube de letras. Mejor, de elementos cualesquiera, quizá aún no letras. El hermetismo, dicen, es el secreto. Ahora bien, este secreto todos lo conocemos a partir de ahora: es la dispersión. Es realmente en la dispersión donde un secreto queda mejor guardado. Sobre él, no tenemos información. Hermes, el ruido, la infradistribución. Lo real en miríadas y en profusión. Que se arremolina aquí, como su caduceo.
Ha perdido la encrucijada y el intercambiador en beneficio de la turbulencia. Nueva atribución. 
1976, un día de primavera.
Por fin, el principio. En el principio es el caos. Hoy decimos: el ruido, el ruido de fondo. De dónde queréis que surja el verbo, sino del ruido. Nuestros antepasados decían: el caos. Ellos estaban colocados en un mundo y nosotros estamos sumergidos en mares de signos. A cada uno su desorden, al borde límite de todo orden. Pero no hay tanta diferencia como se cree. Pantagruel, como nosotros y tantos otros navegantes, había costeado las islas de Tohu y Bohu antes de ahogarse en el tumulto y en los clamores del huracán. No se naufraga todos los días. Ocurre donde el navío pasa en medio de voces insensatas.Al principio es lo indiferenciable, sobre lo que nadie sabría tener información. Eso puede llamarse: nube. Un conjunto de puntos, de átomos o de moléculas, de elementos cualesquiera que sean, cuyo comportamiento se ignora, nube de bordes no definidos, fluctuantes o fundidos. Cualquier enjambre de abejas desplazándose caprichosamente, o su sombra transportada.
Un lago de manchas o un banco de nubarrones. Este meteoro es el modelo de un saber formado poco antes del siglo, con la desaparición de los sistemas, cuando las grandes poblaciones irrumpían y se derramaban sobre algunas cabezas. Estuvieron muy cerca de perder el tiempo en ello: si al principio es la nube, es lo que vuela, aquí arriba, ahora, después allá, hace un rato, es lo que pasaba, hace poco, en otro tiempo o antaño, o la masa baja y pesada que ensombrecerá la nuca de mis sobrinas. Nubes dispersas, siempre ahí, en el lecho estrellado de los vientos, y que me han hecho perder el tiempo. Meteoros. Entre una tierra en presunto o deseado orden y el sistema planetario o solar en equilibrio metaestable, los meteoros, olvidados por las clases de teoría, dejan ver un suntuoso desorden. La filosofía miraba el cielo, los eclipses y las elipses, y no decía nunca que las nubes, a veces, le impedían verlos. O bien trabajaba para cambiar de orden sobre la tierra y sospechaba de todos los que parecían pensar en las nubes. Había un orden estable, Copérnico se había ocupado de ello, revolución de las órbitas, y órdenes que transformar, aquí y en la historia. En medio, como una excepción, un desorden sin interés. Salvo para los que no tienen acceso a la teoría, los campesinos, los marineros y algunos pueblos vagos, hambrientos. Ahora bien, de golpe, nuevo comienzo, que la visión del mundo, como se dice, se invierta. El gran desorden lujoso, helo aquí más allá de los límites del nicho, más allá de lo que se llamaba el sistema del mundo: es el universo; helo aquí en medio de las cosas de la tierra, en lo íntimo de la materia, de la vida, de los mensajes. Los meteoros, en desorden aparente, parecían una excepción rara entre dos
órdenes donde las leyes reinaban. Inversión: los viejos sistemas ordenados, por el contrario, ya no son más que islas raras sobre un mar que no separa, desde el más pequeño mundo al más grande; cristal, organismo o planeta, he aquí algunas cimas, algunos Olimpos, aquí y allá, emergiendo de las nubes, azotados por los vientos. El orden no es más que una rareza donde el desorden es lo ordinario. La excepción se convierte en regla y la regla se convierte en excepción. La nube ya no es sólo el buen tiempo o el mal tiempo, del que se burlan en el encierro de las escuelas y la tecnología de las ciudades, sino que está en nosotros y alrededor de nosotros, en lo browniano de las cosas mismas y la ergodicidad de lo vivo y de lo histórico, está tan cercana y lejana como se quiera, tan próxima a mí como mi propio organismo, su mantenimiento, su reproducción y su voz, tan lejos de mí que puedo verla o medirla, cuando la bautizo con el nombre de Magallanes. No se detiene en los meteoros, y todo, salvo excepciones, es nube. Todo fluctúa. Esto fluctúa. Y si hay cosas, cuerpos y mensajes, sentido, estructuras en orden o incluso sistemas (si lo hay y cuando lo hay; ahora bien, hay, es así y no puedo remediarlo), ello es sólo bajo la figura de archipiélagos. He aquí espóradas sembradas sobre el océano abierto, informe. Lo racional es lacunar, una cresta, una cima, un efecto de borde. Cualquier ultraestructura que emerge temporalmente del banco nublado. De manera figurada, el mundo es la excepción de los meteoros. O, propiamente, lo racional es improbable. La ley, la regla, el orden, todo lo que así designamos, no son más que improbabilidades, en estrecha proximidad con lo que no puede ocurrir. Lo racional, milagroso, rarísimo o excepcional, se adhiere a la inexistencia, tan cercana como se quiera del cero, de la nada. Lo que existe es el resto, y como complementario en el crecimiento de lo probable. Lo que existe, y es una tautología, es lo más probable. Ahora bien, lo más probable es el desorden. El desorden está casi siempre ahí. Es decir, nube o mar, tormenta y ruido, mezcla y multitud, caos, tumulto. Lo real no es racional. O lo es sólo en el extremo límite. En consecuencia, no hay más ciencia que la de la excepción, de lo raro y del milagro. Sólo hay saber de las islas, de lo esporádico, y de las ultraestructuras. El conjunto de nuestras esclavitudes depende del hecho de que siempre ha habido alguien para hacernos creer que lo real es racional. Y eso es sin duda el poder. Alguien para hacernos creer que el viaje de Ulises, de isla en isla, entre tifones, clamores, bonanza, es mítico. La palabra revolución es impropia para calificar esta novedad, esta antigua inversión del saber, puesto que es una palabra de orden, este orden del cosmos que gira lentamente sobre nuestras cabezas, es una palabra de sistema. No a Tolomeo, no a Copérnico. No, hay tormenta sobre la vieja ciencia y la vieja filosofía, ráfaga de viento, nube, meteoro, tsunami, transgresión, en el sentido de transgresión de las aguas. Bajo la energía dispersada por el fuego, las antiguas formaciones culturales se funden como un banco de hielo. Y reconocemos por todas partes lo arbitrario de las leyes y su carácter improbable. Y es, como al principio, el diluvio, el diluvio que vuelve a empezar, el más antiguo o el usual, bajo el caos, un poco antes de que las aguas se separen. Lo real, en multitud clamorosa, no es racional. Lo racional es una isla rara emergiendo, por un lapso de tiempo, de la ordinaria transgresión diluviana, lo real. Isla precisa, exacta, destacada, rigurosa, aguda, marcada sobre lo indiferenciable.Al principio es la tormenta. Hacerse a la mar con Pantagruel permite reconocer en seguida un error de navegación. Tohu y Bohu no son islas, sino el mismo mar. En este principio, la estrella es ya errónea y la hidrografía engañosa. Entonces, ¿quién ha diseñado el portulano, sino aquel que deseaba que el desorden fuera aislable, el ruido local y momentáneo, como una ínsula, y la ley ordinaria?
Aquel que quería que lo real fuera racional, salvo pequeñas localidades lacunares recortadas, de las que hay que tener miedo, como de las Sirenas, y de las cuales hay que apartarse desde la salida. (Y, de repente, sé de dónde proviene el clamor: de algunos amordazados que sufren en este presidio, de la multitud de los condenados que no han querido este racional). El mapa se ha invertido, el orden y el desorden se han trastocado. La isla es un lago y el mar es un continente.El orden reina en todas partes, salvo algunos desgarrones: es el postulado de la antigua ciencia, su dogma primero, el que acaba de invertirse, el que la transgresión acaba de cubrir. O bien: hay algunos archipiélagos en el mar. O bien: toleramos cortes en los continentes. Era el viejo vagabundeo de la vieja ciencia o su alianza inmemorial con los viejos sistemas de orden, que nos pone hoy en peligro de muerte y de destrucción. Hemos trabajado, durante siglos, y en nombre de la ciencia, para deshacer la colusión del trono y del altar, de los príncipes y de los sacerdotes. Al hacer balance era menos grave y menos peligrosa que la del saber, presuntamente objetivo, y el poder armado. Al tomar el lugar de las religiones la ciencia no ha cambiado de entorno, está siempre junto al sable, tiende a convertirse en el sable. Una enciclopedia a la sombra de las espadas. El poder quiere orden, el saber se lo da. En cada momento de inauguración, de vuelta a empezar, la ciencia enuncia un teorema de potencia, de mando y de obediencia, de dominio y de posesión, una palabra de orden. Al comienzo, un mandato. Por método, una estrategia. La nova scienza no fue nunca, salvo quizá esa excepción de la que hablo en el próximo libro, esa gaya scienza que deja esperar la vuelta del orden al desorden. Se adapta siempre a una estructura de orden, y se introduce fácilmente en la relación de orden. Y el poder es el orden, esta misma estructura y esta relación. Es decir, un irreversible, un sentido que nadie, jamás, sabría volver a subir, un sentido único y un sentido prohibido. Va de un punto a otro y no vuelve nunca sobre sí. Así, va de un punto a muchos otros, en invasiones sucesivas. Eso no es todo el orden, es el mínimo, y ha mejorado mucho después. Pero, a partir de aquí, el punto de partida ordena y se proyecta: origen, fuente, río arriba, centro, llamadlo como queráis. Todo viene de él y nada va hacia él. Punto alto o máximo, punto bajo o fundamento, medio o centralización, lo mismo da. Por simples procedimientos ópticos, ilusión o teatro de representación, se puede hacer creer, cuando se reside allí, en una diferencia entre lo superior y lo central. Es sin embargo la misma estructura, la misma relación y el mismo punto. La ciencia era el saber de ese punto y el poder está en ese punto. A partir de ahí las vías son irreversibles, transitivas y encadenadas. De ahí en primer lugar lo que he llamado estatuas, en equilibrio alrededor de un punto, el mismo. Sistema, episteme, como understanding, verstand o substancia, ¿hablan de otra cosa que, justamente, de este equilibrio? La episteme, la ciencia, era encadenamiento, alrededor de un centro, de un conjunto estático.
Encadenamiento por una ley que invade el espacio, sea cual sea la ley. Ella dibuja una recta, una línea quebrada, un árbol o una red. Esas extensas rejillas de razones que los geómetras, astrónomos o lógicos prestaban, siempre sin saberlo, a los príncipes, o que el filósofo daba al general. Todo ello tan abstracto que vale más contar un cuento. ¿Os acordáis de la nube? Descarga, llueve, en el lecho se desplaza una ola limpia. Entonces el lobo ya está ahí para regular la circulación. La Fontaine y su genio ardiente aclaran a Descartes sin raciocinio pesado y lento. Hacen comprender a las lavanderas lo que nuestros discursos teóricos les ocultan. En todo comienzo, instauración o vuelta a empezar, encontraréis constantemente el orden, estructura y relación. Salvo en el último momento, salvo ahora que sé, veo, y no puedo remediarlo, que estamos embarcados, sin embargo, sobre el caos. Y que el orden allí es raro. La tormenta es tan violenta que no podemos permitirnos el lujo de un error de navegación. Sí, en la isla-ciencia figura el puerto, pero está plagada de arrecifes donde estamos a punto de naufragar cuerpos y bienes.
En los comienzos proliferaban por todas partes las figuras simples de este desorden. Nube, tormenta, río, arroyo. Por fin la filosofía al exterior. He aquí las aguas, las aguas informes. El mar y la mezcla. Una sopa caos donde se mezclan las ciencias y las sales, torbellinos sobre los que emerge, nueva, Afrodita. Venus turbulenta y sabia que encontraremos pronto en Lucrecio. Caos epicúreo del que emergen los mundos, en modelo cuasi-estacionario, ondas en torbellinos metaestables. Todavía encontraremos de nuevo en las desviaciones del
equilibrio. Caja negra molecular, horno, entrevistos por Boltzmann antes de morir junto al mar. Como si hubiera deseado esparcir sus cenizas, su corrupción numerosa y su descomposición pululante cerca de los clamores, del caos de los comienzos. Informe acuático y fluyente de donde, mucho más que de las metáforas, Bergson toma los objetos que habíamos perdido, mientras Nietzsche indaga con su bastón en la diseminación vírica de los cuerpos, en las disoluciones practicadas por una química que imagina superior. El desorden invade los textos y el mundo, al mismo tiempo. La nube cubre Europa. Y así es. Las grandes poblaciones se agitaban en Zola. Pero en Barbey, esto vuelve a empezar: es el tumulto de Avranches y la multitud arremolinándose. Es la landa caos de los embrujados. Nunca acabaríamos de contar historias que dicen claramente lo que la ciencia reprime o lo que la filosofía obscurece. Así pues, en los comienzos, el orden. Esto es tan antiguo como queramos. Esto puede datar de la aurora negra donde los primeros discursos intentaban atar los andrajos del espacio, y esto puede venir de esas cajas negras vertiginosamente integradas en lo complejo de mi cuerpo, donde ruge un ruido de fondo inextinguible y de donde surge, excepcionalmente, el lenguaje. Al comienzo es la distribución. Atomos, puntos u otras cosas cualesquiera. Desorden, ruido, harapos, tumulto, multitud, landa en pedazos, descomposiciones o mezclas, horno, caos, caja negra abierta o cerrada, tormenta, indiferenciable y barullo. En los comienzos son las distribuciones. El reparto. Lo dado, lo real, no es más que un reparto aleatorio. Continuo o discreto, no lo sé. El reparto está ahí y eso es todo. Y nadie lo ha dado ni nadie lo ha distribuido.
Está ahí, como la nube, pasa y no deja de venir. Ya casi lamento la palabra distribución. Tomadla en un sentido mucho menos ordenado que el usual o que el científico. En un sentido pre-combinatorio, incluso de pre-conjunto. Sí, las tribus están dispersas en el espacio y nadie ha sabido nunca cómo. Hay ya demasiado orden en la distribución de las aguas, del vapor, del carburante, de la tipografía. Cadenas, clasificaciones, un plano y bifurcaciones. E incluso demasiado cuando se concibe una combinación relativa de números, de elementos. Es siempre ya un pre-orden. Tomad la palabra antes de toda estructura, y la cosa antes de la definición. Dicho de otro modo, Hermes no es factor. Ni distributivo. No distribuye los mensajes, ni los divide, ni los reparte. Y ni siquiera lleva mensaje. Él es el reparto mismo, que pasa y que está ahí. El mensaje allí es caótico, una nube de letras. Mejor, de elementos cualesquiera, quizá aún no letras. El hermetismo, dicen, es el secreto. Ahora bien, este secreto todos lo conocemos a partir de ahora: es la dispersión. Es realmente en la dispersión donde un secreto queda mejor guardado. Sobre él, no tenemos información. Hermes, el ruido, la infradistribución. Lo real en miríadas y en profusión. Que se arremolina aquí, como su caduceo.
Ha perdido la encrucijada y el intercambiador en beneficio de la turbulencia. Nueva atribución. 
1976, un día de primavera.
De las dualidades
La primera gran dualidad era la de las causas y los efectos, de las cosas
corporales y los acontecimientos incorporales. Pero, en la medida en que los acontecimientos-efectos no existen fuera de las proposiciones que los expresan, esta dualidad se prolonga en la de las cosas y las proposiciones, los cuerpos y el lenguaje. De aquí la alternativa que atraviesa toda la obra de Lewis Carroll: comer o hablar. En Silvia y Bruno, la alternativa es «bits of things» o «bits of Shakespeare». En la cena cortesana de Alicia, comer lo que se os presenta o ser presentado a lo que se come. Comer, ser comido, es el modelo de la operación de los cuerpos, el tipo de su mezcla en profundidad, su acción y pasión, su modo de coexistencia del uno en el otro. Pero hablar es el movimiento de la superficie, de los atributos ideales o de los acontecimientos incorporales. Nos preguntamos qué es más grave, hablar de comida o comerse las palabras. En sus obsesiones alimenticias, Alicia está atravesada por pesadillas relativas a absorber o ser absorbida. Ella comprueba que los poemas que escucha tratan de peces comestibles. Y si se habla de alimento, ¿cómo evitar hablar de él delante de quien debe servir de alimento? De ahí las pifias de Alicia ante el ratón. ¿Cómo no comer el pudding que se nos ha presentado? Además, las palabras de los recitados llegan de través, como atraídas por la profundidad de los cuerpos, con alucinaciones verbales, como las que se presentan en aquellas enfermedades en las que los trastornos de lenguaje se acompañan de comportamientos orales desenfrenados (llevárselo todo a la boca, comer cualquier objeto, rechinar los dientes). «Estoy segura de que ésas no son verdaderas palabras», dice Alicia resumiendo el destino de aquel que habla de alimento. Pero comerse las palabras es justamente lo contrario: se eleva la operación de los cuerpos
a la superficie del lenguaje, se hacen subir los cuerpos destituyéndolos de su antigua profundidad, aun a riesgo de perder todo el lenguaje en este desafío. Esta vez los trastornos son de superficie, laterales, extendidos de derecha a izquierda. El tartamudeo ha sustituido a la pifia, los fantasmas de la superficie han sustituido a la alucinación de las profundidades, los sueños de deslizamiento acelerado sustituyen a las pesadillas de hundimiento y absorción difíciles. De este modo, la niña ideal, incorporal y anoréxica, el niño ideal, tartamudo y zurdo, deben desprenderse de sus imágenes reales, voraces, glotonas y torpes. Pero esta segunda dualidad, cuerpo-lenguaje, comer-hablar, no es suficiente. Hemos visto que, aunque el sentido no existía fuera de la proposición que lo expresa, sin embargo era atributo de los estados de cosas y no de la proposición. El acontecimiento subsiste en el lenguaje, pero sobreviene a las cosas. Las cosas y las proposiciones están menos en una dualidad radical que a uno y otro lado de una frontera representada por el sentido. Esta frontera no los mezcla, no los reúne (no hay monismo ni dualismo), es mas bien como la articulación de su diferencia: cuerpo/lenguaje. Según la comparación del acontecimiento con un vapor en la pradera, este vapor se eleva precisamente en la frontera, en la bisagra de las cosas y las proposiciones.
Hasta el punto de que la dualidad se refleja de los dos lados, en cada uno de los dos términos. Del lado de la cosa, están por una parte las cualidades físicas y relaciones reales, constitutivas del estado de cosas; por otra parte, los atributos lógicos ideales que señalan los acontecimientos incorporales. Y, del lado de la proposición, están por una parte los nombres y adjetivos que designan el estado de cosas; por la otra, los verbos que expresan los acontecimientos o atributos lógicos. Por una parte, los nombres propios singulares, los sustantivos y adjetivos generales que señalan medidas, paradas, descensos, presencias; por otra parte, los verbos que arrastran con ellos al devenir y su tren de acontecimientos reversibles, y cuyo presente se divide hasta el infinito en pasado y futuro. Humpty Dumpty distingue con fuerza las dos clases de palabras: «Algunas tienen carácter, especialmente los verbos: son los más orgullosos.
Con los adjetivos puede hacerse lo que se quiere, pero no con los verbos. Y sin embargo, ¡yo puedo utilizarlos todos a mi gusto!¡Impenetrabilidad! Esto es lo que digo.» Y cuando Humpty Dumpty explica la insólita palabra «impenetrabilidad», da una razón demasiado modesta («quiero decir que ya hemos hablado bastante de este tema»). De hecho, impenetrabilidad quiere decir otra cosa muy distinta. Humpty Dumpty opone la impasibilidad de los acontecimientos a las acciones y pasiones de los cuerpos, la inconsumibilidad del sentido a la comestibilidad de las cosas, la impenetrabilidad de los incorporales sin espesor a las mezclas y penetraciones recíprocas de las sustancias, la resistencia de la superficie a la molicie de las profundidades, en una palabra, el «orgullo» de los verbos a las complacencias-de sustantivos y adjetivos. E impenetrabilidad quiere decir también la frontera entre los dos; y que quien está sentado en la frontera, como Humpty Dumpty está sentado sobre su estrecha pared, dispone de ambos, amo impenetrable de la articulación de su diferencia («sin embargo, yo puedo utilizarlos a todos a mi gusto»). Pero todavía no es suficiente. La última palabra de la dualidad no está en este regreso a la hipótesis del Cratilo. La dualidad en la proposición no se da entre dos clases de nombres, nombres de parada y nombres de devenir, nombres de sustancias o de cualidades y nombres de acontecimientos, sino entre dos dimensiones de la proposición misma: la designación y la expresión, la designación de cosas y la expresión de sentido. Hay aquí
como dos lados del espejo, pero lo que está a un lado no se parece a lo que está del otro («todo el resto era lo más diferente posible...»). Pasar al otro lado del espejo es pasar de la relación de designación a la relación de expresión: sin detenerse en los intermediarios, manifestación y significación. Es llegar a una región en la que el lenguaje ya no tiene relación con unos designados, sino solamente con unos expresados, es decir, con el sentido. Este es el último desplazamiento de la dualidad: pasa ahora al interior de la proposición. El ratón cuenta que, cuando los señores planearon ofrecer la corona a Guillermo el Conquistador, «el arzobispo encontró esto razonable». El pato pregunta: «¿Encontró qué?» - Encontró esto -replicó el ratón muy irritado-, usted sabe perfectamente lo que esto quiere decir» - «Por supuesto que sé lo que esto quiere decir cuando encuentro algo -dijo el pato-; generalmente, es una rana o un gusano. La pregunta es: ¿qué encontró el arzobispo?» Es evidente que el pato emplea y entiende esto como un término de designación para todas las cosas, estados de cosas y cualidades posibles(indicador). Añade incluso que lo designado es esencialmente lo que se come o se puede comer. Cualquier designable o designado es en principio consumible, penetrable; Alicia señala por otra parte que no puede «imaginar» sino alimentos. Pero el ratón empleaba esto de un modo completamente diferente: como el sentido de una proposición previa, como el acontecimiento expresado por la proposición (ir a ofrecer la corona a Guillermo). El equívoco a propósito de esto se distribuye, pues, según la dualidad de la designación y la expresión. Las dos dimensiones de la proposición se organizan en dos series que no convergen sino en el infinito, en un término tan ambiguo como esto, ya que se encuentran solamente en la frontera que no cesan de costear. Y una de las series recoge a su modo «comer», mientras que la otra extrae la esencia de «hablar». Por ello, en muchos poemas de Carroll se asiste al desarrollo autónomo de dos dimensiones simultáneas, remitiendo la una a unos objetos designados siempre consumibles o recipientes de consumo, y la otra a sentidos siempre expresables, o por lo menos a objetos portadores de lenguaje y de sentido, convergiendo las dos dimensiones tan sólo en una palabra esotérica, en un aliquid no identificable. Como el estribillo del Snark: «Puedes acosarlo con dedales, y también acosarlo con cuidado. Puedes cazarlo con tenedores y esperanza»; donde el dedal y el tenedor se remiten a instrumentos designados, pero la esperanza y el cuidado a consideraciones de sentido y acontecimientos (el sentido se presenta a menudo, en Lewis Carroll, como aquello con lo que hay que «tener cuidado», el objeto de un «cuidado» fundamental). La palabra extraña, el Snark, es la frontera perpetuamente costeada, a la vez que trazada por las dos series. Más típica todavía, la admirable canción del jardinero en Silvia y Bruno. Cada estrofa pone en juego dos términos de género muy diferente, que
se ofrecen a dos miradas distintas: «Pensaba que veía... Miró de nuevo y se dio cuenta de que era...» El conjunto de estrofas desarrolla así dos series heterogéneas, hecha la una de animales, seres u objetos consumidores o consumibles, descritos según sus cualidades físicas, sensibles y sonoras, y la otra hecha de objetos o personajes eminentemente simbólicos, definidos por atributos lógicos o, a veces, apelaciones de parentesco, y portadores de acontecimientos, de noticias, mensajes o sentidos. En la conclusión de cada estrofa, el jardinero traza un camino melancólico, bordeado a un lado y otro por las dos series; pues esta canción, sepámoslo, es su propia historia.
corporales y los acontecimientos incorporales. Pero, en la medida en que los acontecimientos-efectos no existen fuera de las proposiciones que los expresan, esta dualidad se prolonga en la de las cosas y las proposiciones, los cuerpos y el lenguaje. De aquí la alternativa que atraviesa toda la obra de Lewis Carroll: comer o hablar. En Silvia y Bruno, la alternativa es «bits of things» o «bits of Shakespeare». En la cena cortesana de Alicia, comer lo que se os presenta o ser presentado a lo que se come. Comer, ser comido, es el modelo de la operación de los cuerpos, el tipo de su mezcla en profundidad, su acción y pasión, su modo de coexistencia del uno en el otro. Pero hablar es el movimiento de la superficie, de los atributos ideales o de los acontecimientos incorporales. Nos preguntamos qué es más grave, hablar de comida o comerse las palabras. En sus obsesiones alimenticias, Alicia está atravesada por pesadillas relativas a absorber o ser absorbida. Ella comprueba que los poemas que escucha tratan de peces comestibles. Y si se habla de alimento, ¿cómo evitar hablar de él delante de quien debe servir de alimento? De ahí las pifias de Alicia ante el ratón. ¿Cómo no comer el pudding que se nos ha presentado? Además, las palabras de los recitados llegan de través, como atraídas por la profundidad de los cuerpos, con alucinaciones verbales, como las que se presentan en aquellas enfermedades en las que los trastornos de lenguaje se acompañan de comportamientos orales desenfrenados (llevárselo todo a la boca, comer cualquier objeto, rechinar los dientes). «Estoy segura de que ésas no son verdaderas palabras», dice Alicia resumiendo el destino de aquel que habla de alimento. Pero comerse las palabras es justamente lo contrario: se eleva la operación de los cuerpos
a la superficie del lenguaje, se hacen subir los cuerpos destituyéndolos de su antigua profundidad, aun a riesgo de perder todo el lenguaje en este desafío. Esta vez los trastornos son de superficie, laterales, extendidos de derecha a izquierda. El tartamudeo ha sustituido a la pifia, los fantasmas de la superficie han sustituido a la alucinación de las profundidades, los sueños de deslizamiento acelerado sustituyen a las pesadillas de hundimiento y absorción difíciles. De este modo, la niña ideal, incorporal y anoréxica, el niño ideal, tartamudo y zurdo, deben desprenderse de sus imágenes reales, voraces, glotonas y torpes. Pero esta segunda dualidad, cuerpo-lenguaje, comer-hablar, no es suficiente. Hemos visto que, aunque el sentido no existía fuera de la proposición que lo expresa, sin embargo era atributo de los estados de cosas y no de la proposición. El acontecimiento subsiste en el lenguaje, pero sobreviene a las cosas. Las cosas y las proposiciones están menos en una dualidad radical que a uno y otro lado de una frontera representada por el sentido. Esta frontera no los mezcla, no los reúne (no hay monismo ni dualismo), es mas bien como la articulación de su diferencia: cuerpo/lenguaje. Según la comparación del acontecimiento con un vapor en la pradera, este vapor se eleva precisamente en la frontera, en la bisagra de las cosas y las proposiciones.
Hasta el punto de que la dualidad se refleja de los dos lados, en cada uno de los dos términos. Del lado de la cosa, están por una parte las cualidades físicas y relaciones reales, constitutivas del estado de cosas; por otra parte, los atributos lógicos ideales que señalan los acontecimientos incorporales. Y, del lado de la proposición, están por una parte los nombres y adjetivos que designan el estado de cosas; por la otra, los verbos que expresan los acontecimientos o atributos lógicos. Por una parte, los nombres propios singulares, los sustantivos y adjetivos generales que señalan medidas, paradas, descensos, presencias; por otra parte, los verbos que arrastran con ellos al devenir y su tren de acontecimientos reversibles, y cuyo presente se divide hasta el infinito en pasado y futuro. Humpty Dumpty distingue con fuerza las dos clases de palabras: «Algunas tienen carácter, especialmente los verbos: son los más orgullosos.
Con los adjetivos puede hacerse lo que se quiere, pero no con los verbos. Y sin embargo, ¡yo puedo utilizarlos todos a mi gusto!¡Impenetrabilidad! Esto es lo que digo.» Y cuando Humpty Dumpty explica la insólita palabra «impenetrabilidad», da una razón demasiado modesta («quiero decir que ya hemos hablado bastante de este tema»). De hecho, impenetrabilidad quiere decir otra cosa muy distinta. Humpty Dumpty opone la impasibilidad de los acontecimientos a las acciones y pasiones de los cuerpos, la inconsumibilidad del sentido a la comestibilidad de las cosas, la impenetrabilidad de los incorporales sin espesor a las mezclas y penetraciones recíprocas de las sustancias, la resistencia de la superficie a la molicie de las profundidades, en una palabra, el «orgullo» de los verbos a las complacencias-de sustantivos y adjetivos. E impenetrabilidad quiere decir también la frontera entre los dos; y que quien está sentado en la frontera, como Humpty Dumpty está sentado sobre su estrecha pared, dispone de ambos, amo impenetrable de la articulación de su diferencia («sin embargo, yo puedo utilizarlos a todos a mi gusto»). Pero todavía no es suficiente. La última palabra de la dualidad no está en este regreso a la hipótesis del Cratilo. La dualidad en la proposición no se da entre dos clases de nombres, nombres de parada y nombres de devenir, nombres de sustancias o de cualidades y nombres de acontecimientos, sino entre dos dimensiones de la proposición misma: la designación y la expresión, la designación de cosas y la expresión de sentido. Hay aquí
como dos lados del espejo, pero lo que está a un lado no se parece a lo que está del otro («todo el resto era lo más diferente posible...»). Pasar al otro lado del espejo es pasar de la relación de designación a la relación de expresión: sin detenerse en los intermediarios, manifestación y significación. Es llegar a una región en la que el lenguaje ya no tiene relación con unos designados, sino solamente con unos expresados, es decir, con el sentido. Este es el último desplazamiento de la dualidad: pasa ahora al interior de la proposición. El ratón cuenta que, cuando los señores planearon ofrecer la corona a Guillermo el Conquistador, «el arzobispo encontró esto razonable». El pato pregunta: «¿Encontró qué?» - Encontró esto -replicó el ratón muy irritado-, usted sabe perfectamente lo que esto quiere decir» - «Por supuesto que sé lo que esto quiere decir cuando encuentro algo -dijo el pato-; generalmente, es una rana o un gusano. La pregunta es: ¿qué encontró el arzobispo?» Es evidente que el pato emplea y entiende esto como un término de designación para todas las cosas, estados de cosas y cualidades posibles(indicador). Añade incluso que lo designado es esencialmente lo que se come o se puede comer. Cualquier designable o designado es en principio consumible, penetrable; Alicia señala por otra parte que no puede «imaginar» sino alimentos. Pero el ratón empleaba esto de un modo completamente diferente: como el sentido de una proposición previa, como el acontecimiento expresado por la proposición (ir a ofrecer la corona a Guillermo). El equívoco a propósito de esto se distribuye, pues, según la dualidad de la designación y la expresión. Las dos dimensiones de la proposición se organizan en dos series que no convergen sino en el infinito, en un término tan ambiguo como esto, ya que se encuentran solamente en la frontera que no cesan de costear. Y una de las series recoge a su modo «comer», mientras que la otra extrae la esencia de «hablar». Por ello, en muchos poemas de Carroll se asiste al desarrollo autónomo de dos dimensiones simultáneas, remitiendo la una a unos objetos designados siempre consumibles o recipientes de consumo, y la otra a sentidos siempre expresables, o por lo menos a objetos portadores de lenguaje y de sentido, convergiendo las dos dimensiones tan sólo en una palabra esotérica, en un aliquid no identificable. Como el estribillo del Snark: «Puedes acosarlo con dedales, y también acosarlo con cuidado. Puedes cazarlo con tenedores y esperanza»; donde el dedal y el tenedor se remiten a instrumentos designados, pero la esperanza y el cuidado a consideraciones de sentido y acontecimientos (el sentido se presenta a menudo, en Lewis Carroll, como aquello con lo que hay que «tener cuidado», el objeto de un «cuidado» fundamental). La palabra extraña, el Snark, es la frontera perpetuamente costeada, a la vez que trazada por las dos series. Más típica todavía, la admirable canción del jardinero en Silvia y Bruno. Cada estrofa pone en juego dos términos de género muy diferente, quese ofrecen a dos miradas distintas: «Pensaba que veía... Miró de nuevo y se dio cuenta de que era...» El conjunto de estrofas desarrolla así dos series heterogéneas, hecha la una de animales, seres u objetos consumidores o consumibles, descritos según sus cualidades físicas, sensibles y sonoras, y la otra hecha de objetos o personajes eminentemente simbólicos, definidos por atributos lógicos o, a veces, apelaciones de parentesco, y portadores de acontecimientos, de noticias, mensajes o sentidos. En la conclusión de cada estrofa, el jardinero traza un camino melancólico, bordeado a un lado y otro por las dos series; pues esta canción, sepámoslo, es su propia historia.
Creyó ver un Elefante,
un Elefante que tocaba la flauta;
mirando mejor,
vio que era
mirando mejor,
vio que era
una carta de su mujer."
En fin -dijo-,
En fin -dijo-,
¡ya sé que la vida es amarga!"
Creyó ver un Búfalo
Creyó ver un Búfalo
instalado en la chimenea;
mirando mejor,
vio que era la sobrina de su cuñado:
"¡Salga de allí -dijo-,
"¡Salga de allí -dijo-,
si no, llamo a la policía!
"Creyó ver una Serpiente
"Creyó ver una Serpiente
que lo interpelaba en griego;
mirando mejor,
vio que era el jueves
de la semana próxima.
"¡Yo sólo siento -dijo-
"¡Yo sólo siento -dijo-
que no me pueda hablar!
"Creyó ver un Empleado de Banco
"Creyó ver un Empleado de Banco
que descendía de un ómnibus,
mirando mejor,
vio que era un enorme hipopótamo.
"¡Si se queda -dijo- a almorzar,
"¡Si se queda -dijo- a almorzar,
qué dirá mi mujer!
"Creyó ver un Canguro
"Creyó ver un Canguro
que hacía girar un molinillo;
mirando mejor,
vio que era una píldora vegetal.
"¡Para tragarse esto -dijo-
"¡Para tragarse esto -dijo-
hay que sentirse muy mal!"
Creyó ver un Coche de seis caballos
Creyó ver un Coche de seis caballos
detenido no lejos de su cama;
mirando mejor,
vio que era un oso decapitado.
"¡Pobre animal -dijo-,
"¡Pobre animal -dijo-,
pobre animal estúpido!
¡Está esperando su cena!
"Creyó ver un Albatros
"Creyó ver un Albatros
que revoloteaba
alrededor de un candil;
mirando mejor,
vio que era una estampilla
de dos centavos.
"¡Usted debería entrar -dijo-,
"¡Usted debería entrar -dijo-,
las noches son muy húmedas!
"Creyó ver un Portón
"Creyó ver un Portón
que se abría por medio de una llave;
mirando mejor,
vio que era una regla de tres compuesta.
"¡Sus misterios -dijo-
"¡Sus misterios -dijo-
son para mí tan claros como el día!
"Creyó ver un Argumento
"Creyó ver un Argumento
que probaba que él era el Papa;
mirando mejor,
vio que era un pedazo de jabón.
"¡Gran Dios -dijo-,
"¡Gran Dios -dijo-,
un suceso así ya no deja esperanzas!"
Devenir Heráclito de Nietzsche
El devenir único y eterno, la radical inconsistencia de todo lo real, como enseñaba Heráclito, es una idea terrible y, perturbadora,
emparentada inmediatamente en sus efectos con la sensación que experimentaría un hombre durante un temblor de tierra: la desconfianza en la firmeza del suelo. Es necesaria una fuerza prodigiosa para convertir esta sensación en su opuesta, en el entusiasmo sublime y beatificador. Y, sin embargo, esto lo consiguió Heráclito por una observación hecha sobre la procedencia efectiva de todo devenir y de todo perecer, que comprendió bajo la forma de polaridad, o sea, como desdoblamiento de una fuerza en dos actividades cualitativamente diferentes, opuestas y tendientes a su conciliación o reunión.
Permanentemente una cualidad se divorcia de sí misma y se constituye en cualidad opuesta; permanentemente estas dos cualidades contrarias se esfuerzan por unirse otra vez. El vulgo cree, en efecto, conocer algo sólido, acabado, permanente; pero, en realidad, lo que hay en cada momento es luz y tinieblas, amargura y dulzura juntamente, como dos combatientes cada uno de los cuales obtuviese a su vez la supremacía. La miel es, según Heráclito, dulce y amarga a la vez, y el mundo mismo es un cráter que debe ser removido constantemente. De esta lucha de cualidades contrarias nace todo devenir: las cualidades determinadas, que a nosotros nos parecen permanentes, expresan sólo el instante de equilibrio de un combate: pero este equilibrio no pone fin a la lid, que dura eternamente. Todo acaece con arreglo a esta lucha, y precisamente esta lucha es la manifestación de la eterna justicia.
emparentada inmediatamente en sus efectos con la sensación que experimentaría un hombre durante un temblor de tierra: la desconfianza en la firmeza del suelo. Es necesaria una fuerza prodigiosa para convertir esta sensación en su opuesta, en el entusiasmo sublime y beatificador. Y, sin embargo, esto lo consiguió Heráclito por una observación hecha sobre la procedencia efectiva de todo devenir y de todo perecer, que comprendió bajo la forma de polaridad, o sea, como desdoblamiento de una fuerza en dos actividades cualitativamente diferentes, opuestas y tendientes a su conciliación o reunión.
Permanentemente una cualidad se divorcia de sí misma y se constituye en cualidad opuesta; permanentemente estas dos cualidades contrarias se esfuerzan por unirse otra vez. El vulgo cree, en efecto, conocer algo sólido, acabado, permanente; pero, en realidad, lo que hay en cada momento es luz y tinieblas, amargura y dulzura juntamente, como dos combatientes cada uno de los cuales obtuviese a su vez la supremacía. La miel es, según Heráclito, dulce y amarga a la vez, y el mundo mismo es un cráter que debe ser removido constantemente. De esta lucha de cualidades contrarias nace todo devenir: las cualidades determinadas, que a nosotros nos parecen permanentes, expresan sólo el instante de equilibrio de un combate: pero este equilibrio no pone fin a la lid, que dura eternamente. Todo acaece con arreglo a esta lucha, y precisamente esta lucha es la manifestación de la eterna justicia.
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Gilles y Félix
Mil mesetas
Bibliografía de Gilles Deleuze en castellano
DELEUZE, Gilles, Empirismo y Subjectividad (Madrid: Gedisa, 1981) tr. Hugo Acevedo. Prefacio de Oscar Masotta.
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