Leyendo el Nietzsche de Gilles: El lanzamiento de dados

El juego tiene dos momentos que son los de echar los dados: los dados que se lanzan y los dados que caen. Nietzsche llega a presentar la tirada de dados como jugándose sobre dos mesas distintas, la tierra y el cielo. La tierra donde se lanzan los dados, el cielo donde van a caer: «Alguna vez he jugado a los dados con los dioses, en la divina mesa de la tierra, de manera que la tierra temblaba y se rompía, y lanzaba ríos de llamas: porque la tierra es una mesa divina, temblorosa por nuevas palabras creadoras y por un ruido de dados divinos...» - « ¡Oh cielo que me cubres, cielo alto y puro! Ésta es para mí ahora tu pureza, que no existe eterna araña y tela de araña de la razón: que seas un suelo en el que danzan los azares divinos, que seas una mesa divina para los dados y los jugadores divinos...» Pero estas dos mesas no son dos mundos. Son las dos horas de un mismo mundo, los dos momentos del mismo mundo, medianoche y mediodía, la hora en la que se echan los dados, la hora en la que caen los dados. Nietzsche insiste sobre las dos mesas de la vida, que son también los dos momentos del jugador o del artista: «Abandonarnos temporalmente a la vida, para a continuación fijar sobre ella temporalmente nuestras miradas». El lanzamiento de dados afirma el devenir, y afirma el ser del devenir. No se trata de varios lanzamientos de dados que, en razón de su número, llegarían a reproducir la misma combinación. Al contrario: se trata de un solo lanzamiento de dados, que en razón del número de la combinación producida, llega a reproducirse como tal. No es un gran número de lanzamientos lo que produce la repetición de una combinación, es el número de la combinación que produce la repetición del lanzamiento de dados. Los dados lanzados una vez son la afirmación del azar, la combinación que forman al caer es la afirmación de la necesidad. La necesidad se afirma en el azar, en el sentido exacto en que el ser se afirma en el devenir y lo uno en lo múltiple. Inútilmente se dirá que, lanzados al azar, los dados no producen necesariamente la combinación victoriosa, el doble seis que trae consigo una nueva tirada. Es cierto, pero sólo en la medida en que el jugador no ha sabido primero afirmar el azar. Porque, así como lo uno no suprime ni niega lo múltiple, la necesidad no suprime ni abole el azar. Nietzsche identifica el azar con lo múltiple, con los fragmentos, con los miembros, con el caos: caos de los dados que chocan y se lanzan. Nietzsche hace del azar una afirmación. El mismo cielo es llamado «cielo azar», «cielo inocencia»; el reino de Zarathustra es llamado «gran azar». «Por azar, aquí se halla la más antigua nobleza del mundo, yo la he incorporado a todas las cosas, las he liberado del servilismo de la finalidad... He encontrado en todas las cosas esta certeza bienaventurada, a saber, que prefieren danzar sobre los pies del azar»; «Mi palabra es: dejad que el azar venga a mí, es inocente como un niño». Lo que Nietzsche llama necesidad (destino), no es nunca la abolición sino la combinación del azar mismo. La necesidad se afirma en el azar, en cuanto el azar se afirma a sí mismo. Porque existe sólo una combinación del azar como tal, un único modo de combinar todos los miembros del azar, modo que es como lo uno de lo múltiple, es decir número y necesidad. Existen muchos números según las probabilidades crecientes o decrecientes, pero un único número del azar como tal, un único número fatal que reúna todos los fragmentos del azar, como el mediodía reúne todos los miembros dispersos de la medianoche. Por esto, basta que el jugador afirme el azar una vez, para que se produzca el número que proporcionan los dados lanzados. Saber afirmar el azar es saber jugar. Pero nosotros no sabemos jugar: «Tímido, vergonzoso, torpe, semejante a un tigre que ha perdido su impulso: así es, hombres superiores, como os he visto a menudo deslizaros hacia un rincón. Habíais perdido una tirada. Pero ¡qué os importa a vosotros jugadores de dados! No habéis aprendido a jugar y a provocar del modo que hay que jugar y provocar». El mal jugador confía en varias tiradas, en un gran número de tiradas: de esta manera dispone de la causalidad y de la probabilidad para conseguir una combinación deseable; esta combinación se presenta en sí misma como un objetivo a obtener, oculto tras la causalidad. Es lo que Nietzsche quiere decir cuando habla de la eterna araña, de la tela de araña de la razón: «Una especie de araña de imperativo y de finalidad que se esconde tras la gran tela, la gran red de la causalidad -podríamos decir como Carlos el Temerario en lucha con Luis XI: "Lucho contra la araña universal"». Abolir el azar cogiéndolo en las pinzas de la causalidad y de la finalidad en lugar de afirmar el azar, confiar en la repetición de las tiradas; en lugar de afirmar la necesidad, confiar en una finalidad: he aquí todas las operaciones del mal jugador. Tienen su raíz en la razón, pero, ¿cuál es la raíz de la razón? El espíritu de venganza, nada más que el espíritu de venganza, ¡la araña!. El resentimiento en la repetición de las tiradas, la mala conciencia en el creer en una finalidad. Pero así nunca se obtendrán más que números relativos más o menos probables. Que el universo no tiene finalidad, que no hay ni finalidades que esperar ni causas que conocer, ésta es la certeza para jugar bien. Se falla la tirada, porque no se ha afirmado suficientemente el azar en una vez. No se le ha afirmado lo suficiente para que se produzca el número fatal que reúne necesariamente todos los fragmentos, y que, necesariamente, proporciona la nueva tirada. En consecuencia, debemos conceder la mayor atención a la conclusión siguiente: a la pareja causalidad-finalidad, probabilidad-finalidad, a la oposición y a la síntesis de estos términos, a la tela de estos términos, Nietzsche opone la correlación dionisíaca azar- necesidad, la pareja dionisíaca azar-destino. No una probabilidad repartida en varias veces, sino todo el azar en una vez; no una combinación final deseada, querida, anhelada, sino la combinación fatal, fatal y amada, el amor fati; no el retorno de una combinación por el número de tiradas, sino la repetición de la tirada por la naturaleza del número fatalmente obtenido.

Lectura anterior: Existencia e inocencia
Próxima lectura: Consecuencias para el eterno retorno

--yo agencio, tú agencias, él agencia, nosotros agenciamos--

Claire Parnet:

Bueno, paciencia, en esto vamos a pasar a «D». Y para «D» necesito mis papeles, porque voy a leer lo que aparece en el Larousse, en el Petit Larousse illustré, en la voz «Deleuze», que también se escribe con «D». Y bueno, dice: «Deleuze, Gilles. Filósofo francés, nacido en París en 1927...», 25, perdón.

Gilles Deleuze:

Creo que ya no aparezco en el Larousse, ¿no?

Claire Parnet:

Bueno, hoy estamos en 1988...

Gilles Deleuze:

Lo cambian todos los años...

Claire Parnet:

«[...] Con Félix Guattari, muestra la importancia del deseo y su aspecto revolucionario frente a toda institución, incluida la psicoanalítica». Y señalan como obra que demuestra todo eso El Antiedipo de 1972. Entonces, justamente, habida cuenta de que a ojos de todo el mundo apareces como el filósofo del deseo, me gustaría que habláramos de deseo. Así, pues, ¿qué era exactamente el deseo –considerando la cuestión con la mayor sencillez– en tiempos del Antiedipo?

Gilles Deleuze:

Bueno, en todo caso no era lo que se pensaba. De ellos estoy seguro, no era lo que se pensaba, incluso en ese momento –quiero decir, incluso entre la gente más encantadora. Aquello fue de una gran ambigüedad, fue un gran malentendido, un pequeño malentendido, vaya, un ligero malentendido. Creo que queríamos decir algo verdaderamente sencillo; teníamos una gran ambición, a saber: hasta aquel libro, cuando uno hacía un libro era porque pretendía decir algo nuevo. Bueno, pretendíamos que, de una manera u otra, la gente hasta entonces no había comprendido bien lo que era el deseo, es decir, llevábamos a cabo nuestro tarea de filósofos: pretendíamos proponer un nuevo concepto de deseo. Pero, con los conceptos, la gente no tiene por qué creer, si no hace filosofía, que un concepto es muy abstracto, sino que, por el contrario, remite a cosas sumamente sencillas, sumamente concretas, como veremos. No hay concepto filosófico que no remita a determinaciones no filosóficas, es decir, es muy sencillo, muy concreto. En fin, queríamos decir lo más sencillo del mundo: «Hasta ahora habéis hablado abstractamente del deseo porque extraéis un objeto que se supone que es el objeto de vuestro deseo». De ahí que se pueda decir: «Deseo a una mujer; deseo irme a..., hacer tal viaje; deseo esto o aquello». Mientras que nosotros, decíamos algo verdaderamente sencillo, sencillo, sencillo: «No deseáis nunca a alguien o algo, deseáis siempre a un conjunto». No resulta complicado. Y nuestra pregunta era: «¿Cuál es la naturaleza de las relaciones entre los elementos para que haya deseo, para que se tornen deseables?». Es decir, yo no deseo a una mujer –me da vergüenza decir cosas así–, lo ha dicho Proust, y en Proust es muy hermoso: no deseo a una mujer, deseo a su vez un paisaje que está envuelto en esa mujer, un paisaje que puedo no conocer, y que presiento, de tal suerte que, si no despliego el paisaje que ella envuelve no estaré contento, es decir, mi deseo fracasará, mi deseo quedará insatisfecho. Y aquí tomo un conjunto de dos términos: «mujer – paisaje», pero se trata de algo completamente distinto. Cuando una mujer dice: «Deseo... un vestido; mira, deseo eso, tal vestido o tal blusa», es evidente que no sea ese vestido o esa blusa en abstracto, sino que la desea en todo un contexto, que es un contexto de su propia vida, que ella va a organizar el deseo en relación, no sólo con un paisaje, sino con gente que son sus amigos, o con gente que no son sus amigos, con su profesión, etc. Yo no deseo nunca algo y nada más; asimismo, tampoco deseo un conjunto, sino que deseo en un conjunto. Y al respecto podríamos volver –de hecho es lo mismo– a lo que decíamos hace un momento sobre el alcohol, sobre la bebida. Pero beber nunca quiso decir: «Yo deseo beber y ya está». Quiere decir: «Yo deseo beber solo mientras trabajo, o bien sólo mientras me echo un descanso, o bien ir en busca de los amigotes para beber, ir a tal pequeño café». Dicho de otra manera, no hay deseo que no fluya, insisto, que no fluya en un agenciamiento. De tal suerte que, para mí, el deseo siempre ha sido... –si busco el término abstracto que corresponde al deseo, diría que es: constructivismo. Desear es construir un agenciamiento, construir un conjunto, el conjunto de una falda, de un rayo de sol...

Claire Parnet:

De una mujer...

Gilles Deleuze:

... de una calle... Eso es... el agenciamiento de una mujer, de un paisaje...

Claire Parnet:

De un color...

Gilles Deleuze:

De un color, –eso es un deseo. Es, por lo tanto, construir un agenciamiento, construir una región, es construir, es realmente agenciar. El deseo atañe al constructivismo, de ahí que diga: nosotros, con el Antiedipo tratamos de...

Claire Parnet:

Espera, sobre eso me gustaría...

Gilles Deleuze:

¿Sí?

Claire Parnet:

¿Fue precisamente porque es un agenciamiento lo que necesitas que fue necesario ser dos para escribir, que se trataba de un conjunto, que era preciso Félix, que surgió en ese momento en tu vida de escritor?

Gilles Deleuze:

Ahí Félix formaría parte de lo que tal vez tengamos ocasión de decir a propósito de la amistad, de la relación de la filosofía con algo que atañe a la amistad. Pero no cabe duda de que, junto a Félix, hicimos un agenciamiento. Hay agenciamiento que, una vez más, uno hace solo, y luego hay agenciamientos de dos. Todo lo que Félix y yo hicimos fue un agenciamiento de dos, en el que algo pasaba entre lo dos, es decir, todo esto son fenómenos físicos, ¿no?, es como una diferencia –para que un acontecimiento se produzca hace falta una diferencia de potencial, y para que haya una diferencia de potencial hacen falta dos niveles, hace falta que haya dos. En ese momento algo sucede, un relámpago –o quizás no un relámpago, sino un arroyo, un arroyuelo... que pertenece al campo del deseo. Pero un deseo es eso: construir, construir; ahora bien, todos nos pasamos el tiempo construyendo; para mí, cada vez que alguien dice: «Deseo esto», eso quiere decir que está construyendo un agenciamiento, y nada más. El deseo no es sino esto.

Lectura de: El pensamiento del afuera. (Michel Foucault)

MIENTO, HABLO

La verdad griega se estremeció, antiguamente, ante esta sola afirmación: miento-Hablo pone a prueba toda la ficción moderna.Estas dos afirmaciones, a decir verdad no tienen el mismo peso. Ya se sabe que el argumento de Epiménides puede refutarse si se distingue, en el interior de un discurso que gira artificiosamente sobre sí mismo, dos proposiciones, de las cuales la una es objeto de la otra. La configuración gramatical de la paradoja (sobre todo si está urdida en la simple forma de “miento” por más que trate de esquivar esta esencial dualidad, no puede suprimirla. Toda proposición debe ser de un “tipo” superior a la que le sirve de objeto. Que se produzca un efecto de recurrencia de la proposición-objeto a aquella que la designa, que la sinceridad del Cretense, en el momento en que habla, se vea comprometida por el contenido de su afirmación, que pueda estar mintiendo al hablar de la mentira -todo esto es menos un obstáculo lógico insuperable que la consecuencia de un hecho puro y simple: el sujeto hablante es el mismo que aquel del que se habla. En el momento en que pronuncio lisa y llanamente “hablo”, no me encuentro amenazado por ninguno de esos peligros; y las dos proposiciones que encierra ese único enunciado(“hablo” y “digo que hablo”) no se comprometen una a la otra en absoluto. Estoy a buen recaudo en la fortaleza inexpugnable donde la afirmación se afirma, ajustándose exactamente a sí misma, sin desbordar sobre ningún margen y conjurado toda posibilidad de error, puesto que no digo nada más que el hecho de que hablo. La proposición-objeto y aquella que la enuncia se comunican sin ningún obstáculo ni reticencia, no sólo por el lado de la palabra de que se trata, sino también por el lado del sujeto que articula esta palabra. Es por tanto verdad, irrefutablemente verdad, que hablo cuando digo que hablo. Pero podría ocurrir que las cosas no fueran tan simples. Si bien la posición formal del “hablo” no plantea ningún problema específico, su sentido, a pesar de su aparente claridad, abre un abanico de cuestiones quizá ilimitado. “Hablo” en efecto se refiere a un discurso que, a la vez que le ofrece un objeto, le sirve de soporte. Ahora bien, este discurso está ausente; el “hablo” no es dueño de su soberanía más que en la ausencia de cualquier otro lenguaje; el discurso del que hablo no preexiste a la desnudez enunciada en el momento en que digo “hablo”; y desaparece en el mismo instante en que me callo. Toda posibilidad de lenguaje se encuentra aquí evaporada por la transitividad en que el lenguaje se produce. El desierto es su elemento. ¿A qué extrema sutileza, a qué punto singular y tenue, llegaría un lenguaje que quisiera reivindicarse en la despojada forma del “hablo”? A menos, precisamente, que el vacío en que se manifiesta la exigüidad sin contenido del “hablo” no sea una abertura absoluta por donde el lenguaje puede propagarse al infinito, mientras el sujeto -el “yo” que habla- se fragmenta, se desparrama y se dispersa hasta desaparecer en este espacio desnudo. Si en efecto el lenguaje sólo tiene lugar en la soberanía solitaria del “hablo”, nada tiene derecho a limitarlo, -ni aquel al que se dirige, ni la verdad de lo que dice, ni los valores o los sistemas representativos que utiliza; en una palabra, ya no es discurso ni comunicación de un sentido, sino exposición del lenguaje en su ser bruto, pura exterioridad desplegada; y el sujeto que habla no es tanto el responsable del discurso (aquel que lo detenta, que afirma y juzga mediante él, representándose a veces bajo una forma gramatical dispuesta a estos efectos), como la inexistencia en cuyo vacío se prolonga sin descanso el derramamiento indefinido del lenguaje. Se acostumbra creer que la literatura moderna se caracteriza por un redoblamiento que le permitiría designarse a sí misma; en esta autorreferencia, habría encontrado el medio a la vez de interiorizarse al máximo (de no ser más que el enunciado de sí misma) y de manifestarse en el signo refulgente de su lejana existencia. De hecho, el acontecimiento que ha dado origen a lo que en un sentido estricto se entiende por “literatura” no pertenece al orden de la interiorización más que para una mirada superficial; se trata mucho más de un tránsito al “afuera”: el lenguaje escapa al modo de ser del discurso -es decir, a la dinastía de la representación-, y la palabra literaria se desarrolla a partir de sí misma, formando una red en la que cada punto, distinto de los demás, a distancia incluso de los más próximos, se sitúa por relación a todos los otros en un espacio que los contiene y los separa al mismo tiempo. La literatura no es el lenguaje que se identifica consigo mismo hasta el punto de su incandescente manifestación, el lenguaje alejándose lo más posible de sí mismo; y si este ponerse “fuera de sí mismo”, pone al descubierto su propio ser, esta claridad repentina revela una distancia más que un doblez, una dispersión más que un retorno de los signos sobre sí mismos. El “sujeto” de la literatura (aquel que habla en ella y aquel del que ella habla), no sería tanto el lenguaje en su positividad, cuanto el vacío en que se encuentra su espacio cuando se enuncia en la desnudez del “hablo”. Este espacio neutro es el que caracteriza en nuestros días a la ficción occidental (y esta es la razón por la que ya no es ni una mitología ni una retórica). Ahora bien, lo que hace que sea tan necesario pensar esta ficción -cuando antiguamente de lo que se trataba era de pensar la verdad-, es que el “hablo” funciona como a contrapelo del “pienso”. Éste conducía en efecto a la certidumbre indudable del Yo y de su existencia; aquél, por el contrario, aleja, dispersa, borra esta existencia y no conserva de ella más que su emplazamiento vacío. El pensamiento del pensamiento, toda una tradición más antigua todavía que la filosofía nos ha enseñado que nos conducía a la interioridad más profunda. La palabra de la palabra nos conduce por la literatura, pero quizás también por otros caminos, a ese afuera donde desaparece el sujeto que habla. Sin duda es por esta razón por lo que la reflexión occidental no se ha decidido durante tanto tiempo a pensar el ser del lenguaje: como si presintiera el peligro que haría correr a la evidencia del “existo” la experiencia desnuda del lenguaje.

Próxima lectura: LA EXPERIENCIA DEL AFUERA

Situaciones de captura-líneas de fuga- agenciamientos de multiplicación en la máquina King Crimson

posted by Fernando Reberendo
King Crimson es un grupo musical inglés formado en 1968 por el guitarrista Robert Fripp y el baterista Michael Giles. Es uno de los más importantes precursores del movimiento de Rock progresivo. El nombre King Crimson (Rey Carmesí) fue idea del letrista Peter Sinfield como un sinónimo de Belcebú, príncipe de los demonios. Según Fripp, Belcebú es un anglicismo de la frase árabe B'il Sabab, la cual significa “hombre que ambiciona”.


King Crimson - I Talk To The Wind
Uploaded by danieldp


La historia de King Crimson se ha caracterizado por los constantes cambios de integrantes, Robert Fripp es el único factor común de todos los discos y todas las alineaciones del grupo, aunque él no se considera a sí mismo como líder. Para él, King Crimson es “una manera de hacer cosas” y los constantes cambios de sus miembros sólo reflejan ese punto de vista.
Los músicos reclutados por Giles y Fripp para su nueva agrupación fueron el guitarrista Greg Lake quien haría de bajista y cantante, el letrista Peter Sinfield y el compositor Ian McDonald.
En 1969, el grupo debutó de teloneros de los Rolling Stones en un concierto en el Hyde Park, y grabó su primer disco, In the Court of the Crimson King, en Octubre. También realizaron su primera gira por Europa y Norteamérica. A finales de año surgieron tensiones y diferencias creativas que desembocaron en la salida de Michael Giles e Ian McDonald de la banda.
Robert Fripp con Greg Lake y Peter Sinfield continuaron King Crimson momentáneamente como trío, fue así como grabaron en 1970 su segundo disco, In the Wake of Poseidon, en el cual se incorporó al grupo el músico Mel Collins, y también participó el anterior socio de Fripp, Peter Giles.


The Court of the Crimson King
Uploaded by phantom995


Greg Lake abandonó la agrupación en Abril para formar con Keith Emerson y Carl Palmer el también grupo de Rock Progresivo Emerson, Lake & Palmer, dejando a King Crimson sin vocalista hasta que Gordon Haskell tomó ese lugar y también el de bajista para Lizard, el tercer álbum de la banda, también de 1970. Haskell ya había grabado con King Crimson en In the Wake of Poseidon, en la canción "Cadence and Cascade".
Andy McCulloch tocó la batería en Lizard, además de la participación de Jon Anderson del grupo Yes en una de las canciones. Haskell y McCulloch abandonaron la banda poco antes del lanzamiento de Lizard, dejando a King Crimson sin vocalista, bajista ni baterista.
Fripp comenzó entonces a audicionar a nuevos músicos para suplir los lugares vacantes. El baterista Ian Wallace y el vocalista Boz Burrell fueron los seleccionados y como ningún bajista convenció a Fripp, decidió simplemente enseñar a Burrell a tocar el bajo. En 1971 realizaron el cuarto álbum de la agrupación, Islands. Al concluir ese año Peter Sinfield abandonó el grupo, y entonces los miembros restantes realizaron en 1972 una nueva gira llamada Earthbound con la plena intención de disolver la agrupación al término de ella. Poco después, con el material grabado de esa gira Fripp editó el disco Earthbound, su primer álbum en directo.
Sin embargo, después de la gira Earthbound, Collins, Burrell y Wallace abandonaron King Crimson para unirse a Alexis Korner en una banda llamada "Snape". Fripp otra vez buscó a nuevos miembros para rearmar a King Crimson. El primer elegido fue el percusionista Jamie Muir, quien desde antes ya había sido considerado por Fripp como un posible miembro del grupo. El siguiente fue el vocalista y bajista John Wetton, a quien Fripp conocía desde sus tiempos colegiales. Wetton también había sido considerado anteriormente para ser miembro pero su adición no se había concretado. King Crimson comenzaba de nuevo.
El ex baterista de Yes, Bill Bruford, fue el siguiente elegido, una decisión que fue criticada por mucha gente, pues Bruford abandonó Yes, un grupo sumamente comercial y con mucho potencial, por King Crimson, que ya tenía un historial de mucha inestabilidad y había resultado muy impredecible. Bruford mismo reveló que estaba más interesado en los fines artísticos y que por ello había ingresado a King Crimson. Por último, David Cross fue seleccionado como ejecutante de viola, violín y teclado para reinventar el sonido de la nueva agrupación. Comenzaron a trabajar en 1972 y para el siguiente año concretaron su nuevo álbum, Larks' Tongues in Aspic. Muir abandonó King Crimson poco después de publicado Larks' Tongues in Aspic. El grupo se embarcó entonces en una nueva gira por Europa y los Estados Unidos.
Esta etapa de King Crimson se caracterizó por la influencia que recibió de la naciente música heavy metal que se desarrollaba principalmente en los Estados Unidos y en Gran Bretaña. La guitarra de Fripp se mostró más agresiva, así como la batería de Bruford que sonaba potente, y también el bajo de Wetton se oyó más fuerte.
A finales de 1973, el grupo preparó su siguiente álbum, Starless and Bible Black, que estuvo concluido a principios de 1974. Este disco convirtió al King Crimson de esa época en el primero en mantenerse intacto por más de una gira y por más de un disco. La mayor parte del disco fue grabado en conciertos durante 1973, con sólo dos temas grabados en estudio (The Great Deceiver y Lament), otro de los temas fue sólo parcialmente grabado en estudio (The Night Watch), lo cual demostró que King Crimson era esencialmente un grupo para tocar en vivo. Fripp siempre consideró adecuado capturar la atmósfera y la energía de las presentaciones en vivo y por ello grabó las canciones en los conciertos.
David Cross comenzó a cuestionar su lugar en el grupo. Su rol como violinista había sido más importante al principio de esta nueva versión de King Crimson, pero la progresión y la agresividad musical que manejaban para ese momento redujeron notablemente sus contribuciones al sonido de la banda, él mismo declaró que había quedado relegado a ser sólo el ejecutante del piano eléctrico. Abandonó el grupo cuando comenzaron a grabar su siguiente álbum titulado Red.
Red también incluye la participación de Robin Miller, quien ya había grabado con el grupo, en el oboe; así como la colaboración de Marc Charig en la corneta. David Cross aparece sólo en el tema "Providence", que había sido grabado previamente en un concierto de la banda en Junio de ese mismo año (1974). Mel Collins volvió como saxofón soprano, también Ian McDonald regresó como saxofón alto y su intención era volver como miembro permanente de King Crimson aunque ello no pudo concretarse. En aquella época Fripp se interesó por los escritos del místico ruso George Ivanovich Gurdjieff e incluso habló de ser sustituido por McDonald. Fue un momento en el que Fripp consideró seriamente abandonar el grupo.
La alineación del disco Red no llegó a realizar ninguna gira y dos meses antes de que se publicara el álbum, Robert Fripp anunció la disolución del grupo. "King Crimson está totalmente acabado para siempre" declaró. En 1975 se editó el segundo disco en directo de la banda, llamado USA, compuesto de interpretaciones durante 1974.
Fripp se dedicó entonces a hacer una carrera solista colaborando además con importantes músicos. Por su parte Ian McDonald formó con otros músicos en 1976 el grupo Foreigner. King Crimson aparentemente había dejado de existir, pero sólo era el término de una etapa más del grupo


King Crimson - ElephantTalk
Uploaded by samithemenace


Al inicio de 1981 Robert Fripp y Bill Bruford comenzaron a gestar la formación de un nuevo grupo que se llamaría "Discipline". Durante algún tiempo buscaron a un nuevo bajista hasta que dieron con Tony Levin. Levin era conocido principalmente por sus colaboraciones con reconocidos músicos como John Lennon y Peter Gabriel. Desde el principio Fripp, quien sabía que Levin estaba disponible, lo había considerado como uno de los mejores candidatos para su nuevo grupo.


King Crimson - Indiscipline
Uploaded by samithemenace


Fripp convocó también al guitarrista y vocalista Adrian Belew, quien se encontraba con los Talking Heads en una gira. Fripp nunca había trabajado con otro guitarrista en una misma banda, así que la decisión de buscar a un segundo guitarrista revelaba su intención de crear un sonido totalmente distinto al de King Crimson. Belew aceptó grabar con el nuevo grupo de Fripp inmediatamente después de acabar con la gira con los Talking Heads.
Durante las grabaciones del disco en 1981, Fripp se dio cuenta que el sonido de King Crimson se encontraba ahí y reconsideró su decisión de llamar al grupo Discipline. Los otros miembros estuvieron de acuerdo con Fripp y en su lugar llamaron al álbum Discipline, bajo el nombre de King Crimson. La banda del Rey Carmesí había resurgido.
El grupo realizó una trilogía de discos continuada con Beat de 1982 y concluida en Three of a Perfect Pair de 1984.


King Crimson - Frame By Frame
Uploaded by samithemenace


Belew se encargó también de casi todas las letras de los tres discos, además de que incorporaron piezas completamente instrumentales. Esta versión de King Crimson tenía elementos de la música new wave, muy probablemente resultado del trabajo de Belew con los Talking Heads, quienes fueron de los iniciadores del género.
Después de Three of a Perfect Pair, King Crimson volvió a desintegrarse por diez años. Fripp se enfrascó en una serie de pleitos legales por los derechos de todo lo relacionado con el grupo, lo cual le llevó casi todo ese tiempo pero concluyó en la creación de la compañía Discipline Global Mobile, la cual actualmente ostenta todo el catálogo de King Crimson y de sus proyectos colaterales.
En 1994 King Crimson volvió a formarse, esta vez como sexteto, con la adición de dos nuevos miembros a la alineación de 1981-1984. Fripp y Belew en las guitarras, Levin en el bajo, Trey Gunn en un instrumento llamado guitarra Warr y Bruford en la batería acompañado de otro percusionista, Pat Mastelotto ex Mr. Mister. Esta formación de "doble-trío" realizó apenas unos cuantos discos en la década de los noventas, el EP VROOOM de 1994, que sólo antecedió al lanzamiento del álbum THRAK en 1995 y luego el álbum en vivo THRaKaTTaK en 1996.
En este nuevo King Crimson, los integrantes combinaban sus instrumentos de maneras únicas. Con respecto al sonido, era un mezcla del estilo de la etapa de Discipline complementada con la guitarra heavy metal Red. Esta versión de King Crimson tuvo una propuesta y un nivel de experimentación completamente distintos al de todas sus épocas anteriores, lo cual los llevó nuevamente a desintegrarse.
El resto de los noventas a través de Discipline Global Mobile se lanzaron trabajos de otros artistas y de los proyectos colaterales a King Crimson, llamados ProjeKct One, ProjeKct Two, ProjeKct Three , ProjeKct Four y el ProjeKct X, los cuales son subgrupos de King Crimson (de acuerdo con Fripp son una fraKctalización de King Crimson) que han llevado a cabo varias grabaciones en vivo donde se ha demostrado la habilidad de improvisación de los músicos involucrados actualmente en King Crimson y en donde han dejado patente su capacidad para producir música.
King Crimson en el Nuevo Siglo: Después del trabajo de los ProjeKcts, Bruford y Levin dejaron la banda. La alineación de King Crimson, constituida nuevamente como cuarteto por Belew, Fripp, Gunn y Mastelotto, publicó el siguiente álbum de la banda llamado The ConstruKction of Light en el año 2000.
Tras de algunos problemas económicos, Discipline Global Mobile actualmente administra exclusivamente el material de King Crimson, editando numerosos álbumes en vivo y colecciones de su discografía. Para el 2002 apareció el EP Happy With What You Have to Be Happy With que antecedió al lanzamiento en 2003 de The Power to Believe, el último álbum de estudio hasta el momento de King Crimson.
En noviembre del 2003 Trey Gunn anunció su salida del grupo. Por su parte, tanto Tony Levin como Robert Fripp han anunciado la reintegración de Levin como bajista de King Crimson. La actual alineación de King Crimson ha quedado constituida por Adrian Belew, Robert Fripp, Tony Levin y Pat Mastelotto.
Generalmente se asocia la historia de King Crimson con los constantes cambios de integrantes que ha tenido, pero en realidad eso se dio sobre todo en sus primeros años; desde 1981 cuando el grupo resurgió, ha tenido una mayor estabilidad de miembros en donde unos se van, después vuelven, y actualmente la flexibilidad de esos cambios se ha vuelto su sello. Así, no se descarta por ejemplo un posible regreso de Bruford a la banda.
Con casi cuarenta años, King Crimson es una de las bandas más longevas de la historia de la música y uno de los más importantes representantes del rock progresivo, además de que se les ha llegado a considerar como los mejores músicos del mundo actualmente.

Miembros
Robert Fripp
Adrian Belew
Tony Levin
Pat Mastelotto

Miembros pasados
Ian McDonald
Greg Lake
Michael Giles
Peter Giles
Bill Bruford
Trey Gunn
John Wetton
David Cross
Gordon Haskell
Boz Burrell
Ian Wallace
Jamie Muir
Mel Collins
Peter Sinfield
Richard Palmer-James
Andy McCulloch

Otros participantes
Keith Tippet
Marc Charig
Robin Miller
Nick Evans
Jon Anderson
Paulina Lucas

Fuente: wikipedia

Articulaciones del deseo

Si hablo con Félix de articulación [agencement] de deseo, es porque no estoy seguro de que los micro-dispositivos puedan ser descritos en términos de poder. Para mí, articulación de deseo señala que el deseo no es nunca una determinación "natural", ni "espontánea". Por ejemplo, feudalidad es una articulación que pone en juego nuevas relaciones con el animal (el caballo), con la tierra, con la desterritorialización (la carrera del caballero, la Cruzada), con las mujeres (el amor caballeresco)...etc. Articulaciones completamente locas, pero siempre históricamente asignables. Yo diré por mi parte que el deseo circula en esta articulación de heterogéneos, en esta especie de "simbiosis": el deseo está vinculado a una articulación determinada, supone un cofuncionamiento. Por supuesto, una articulación de deseo comportará dispositivos de poder (por ejemplo los poderes feudales), pero habrá que situarlos entre los diferentes componentes de la articulación. Siguiendo un primer eje, se pueden distinguir en las articulaciones de deseo, los estados de cosas y las enunciaciones (lo que sería conforme a la distinción de los dos tipos de formaciones o de multiplicidades que hace Michel). Siguiendo otro eje, se distinguirían las territorialidades o re-territorializaciones, y los movimientos de desterritorialización que una articulación implica (por ejemplo todos los movimientos de desterritorialización que implican la Iglesia, la caballería, los campesinos). Los dispositivos de poder surgirían donde operan re-territorializaciones, incluso abstractas. Los dispositivos de poder serían por tanto un componente de las articulaciones. Pero las articulaciones indicarían también puntos de desterritorialización. En resumen, los dispositivos de poder no serían los que disponen, ni serían constituyentes, sino que serían las articulaciones de deseo quienes articularían las formaciones de poder siguiendo una de sus dimensiones. Esto me permite responder a la pregunta, necesaria para mí, no necesaria para Michel (Foucault): ¿cómo puede el poder ser deseado? La primera diferencia sería pues que, para mí, el poder es un afecto del deseo (una vez dicho que el deseo no es nunca "realidad natural"). Todo esto es muy aproximativo: relaciones más complicadas que no cito entre los dos movimientos, de desterritorialización y de re-territorialización. Pero es en este sentido en el que el deseo me parece lo primero, y es el elemento de un micro-análisis.

De: Deseo y placer
Artículo publicado en la revista francesa Magazine Littéraire, nº 325 (número dedicado a Foucault), octubre 1994, págs. 57-65. Este texto fue enviado en 1977 por Deleuze a François Ewald para que se lo transmitiera a Foucault. Su intención era reiniciar el diálogo con Foucault, interrumpido en 1977. El texto quedó sin respuesta. Estas notas son por tanto el último testimonio del intercambio Deleuze-Foucault.
Para leerlo completo, hacer click acá.

Leyendo el Nietzsche de Gilles: Existencia e inocencia

¿Qué significa inocencia? Cuando Nietzsche denuncia nuestra deplorable manía de acusar, de buscar responsables fuera de nosotros o incluso en nosotros, funda su crítica en cinco razones, de las que la primera es que «nada existe fuera del todo». Pero la última, más profunda, es «Hay que desmenuzar el universo, perder el respeto a todo». La inocencia es la verdad de lo múltiple. Se desprende inmediatamente de los principios de la filosofía de la fuerza y de la voluntad. Cualquier cosa se refiere a una fuerza capaz de interpretarla; cualquier fuerza se refiere a lo que ella puede, de lo que es inseparable. Es esta manera de relacionarse, de afirmar y de ser afirmado, la que es particularmente inocente. Lo que no se deja interpretar por una fuerza, ni valorar por una voluntad, exige otra voluntad capaz de valorarla, otra fuerza capaz de interpretarla. Pero nosotros preferirnos salvar la interpretación que corresponde a nuestras fuerzas, y negar la cosa que no corresponde a nuestra interpretación. Tenemos de la fuerza y de la voluntad una imagen grotesca: separamos la fuerza de su potencia, poniéndola en nosotros como «meritoria», porque se abstiene de lo que no puede, pero como «culpable» en la cosa donde precisamente manifiesta la fuerza que tiene. Desdoblamos la voluntad, inventamos un sujeto neutro, dotado de libre albedrío, al que atribuimos el poder de actuar y de contenerse. Esta es nuestra situación con relación a la existencia: ni siquiera hemos reconocido a la voluntad capaz de valorar la tierra (de «pesarla») ni a la fuerza capaz de interpretar la existencia. Entonces negamos la propia existencia, sustituimos la interpretación por la depreciación, inventamos la depreciación como manera de interpretar y de valorar. «Una de estas interpretaciones ha naufragado, pero como pasaba por ser la única interpretación posible, parece que la existencia ya no tenga sentido, que todo sea vano». ¡Ay! Somos malos jugadores. La inocencia es el juego de la existencia, de la fuerza y de la voluntad. La existencia afirmada y apreciada, la fuerza no separada, la voluntad no desdoblada, he aquí la primera aproximación de la inocencia. Heráclito es el pensador trágico. El problema de la justicia recorre su obra. Heráclito es aquél para quien la vida es radicalmente inocente y justa. Entiende la existencia a partir de un instinto de juego, hace de la existencia un fenómeno estético, no un fenómeno moral o religioso. Nietzsche lo opone punto por punto a Anaximandro, como se opone él mismo a Schopenhauer. Heráclito ha negado la dualidad de los mundos, «ha negado el propio ser». Más aún: ha hecho del devenir una afirmación. Y hay que reflexionar durante largo tiempo para llegar a comprender lo le significa hacer del devenir una afirmación. Sin duda quiere decir en primer lugar: sólo existe el devenir. Sin duda consiste en amar el devenir. Pero se afirma también el ser del devenir, se dice que el devenir afirma el ser o que el ser se afirma en el devenir. Heráclito tiene dos pensamientos, que funcionan como cifras: uno según el cual el ser no es, todo consiste en devenir, otro según el cual el ser es el ser del devenir en tanto que tal. Un pensamiento laborioso que afirma el devenir, un pensamiento contemplativo que afirma el ser del devenir. Ambos pensamientos no son separables, por ser el pensamiento de un mismo elemento como Fuego y como Dike, como Phusis y Logos. Porque el ser no existe más allá del devenir, más allá de lo múltiple; ni lo múltiple ni el devenir son apariencias o ilusiones. Pero tampoco hay realidades múltiples y eternas que serían, a su vez, como esencias más allá de la apariencia. Lo múltiple es la manifestación inseparable, la metamorfosis esencial, el constante síntoma de lo único. Lo múltiple es la afirmación de lo uno, el devenir la afirmación del ser. La afirmación del devenir es el ser, la afirmación de lo múltiple es lo uno, la afirmación múltiple es la manera en que lo uno se afirma. «Lo uno es lo múltiple». Y, efectivamente ¿cómo lo múltiple saldría de lo uno, y continuaría saliendo desde una eternidad de tiempo, si precisamente lo uno no se afirmase en lo múltiple? «Sí Heráclito sólo distingue un elemento único, es pues en un sentido diametralmente opuesto al de Parménides (o Anaximandro)... Lo único debe afirmarse en la generación y en la destrucción». Heráclito ha mirado profundamente: no ha visto ningún castigo de lo múltiple, ninguna expiación del devenir, ninguna culpabilidad de la existencia. No ha visto nada negativo en el devenir, sino todo lo contrario: la doble afirmación del devenir y del ser del devenir, en resumen, la justificación del ser. Heráclito es el oscuro porque nos lleva al umbral de lo oscuro: ¿Cuál es el ser del devenir?¿Cuál es el ser inseparable de lo que consiste en devenir? Retornar es el ser de lo que deviene. Retornar es el ser del mismo devenir, el ser que se afirma en el devenir. El eterno retorno como ley del devenir, como justicia y como ser. De lo que se desprende que la existencia no tiene nada de responsable, ni de culpable. «Heráclito llegó a exclamar: ¡La lucha de los seres innumerables es sólo pura justicia! Y, por otra parte, lo uno es lo múltiple». La correlación de lo múltiple y de lo uno, del devenir y del ser, forma un juego. Afirmar el devenir, afirmar el ser del devenir son los dos momentos de un juego que se componen con un tercer término, el jugador, el artista o el niño. El jugador-artista-niño, Zeusniño: Dionysos, al que el mito nos presenta rodeado de sus juguetes divinos. El jugador se abandona temporalmente a la vida, y temporalmente fija su mirada sobre ella; el artista se coloca temporalmente en su obra, y temporalmente sobre su obra; el niño juega, se aparta del juego y vuelve a él. Y este juego del devenir, lo juega también el ser del devenir con sí mismo: el Aiôn, dice Heráclito, es un niño que juega, que juega al chito. El ser del devenir, el eterno retorno, es el segundo momento del juego, pero también el tercer término idéntico a los dos momentos y que equivale al conjunto. Porque el eterno retorno es el retorno distinto del ir, la contemplación distinta de la acción, pero también el retorno del propio ir y el retorno de la acción: a la vez momento y ciclo del tiempo. Debemos entender el secreto de la interpretación de Heráclito: al hybris opone el instinto del juego. «No es un orgullo culpable, es el instinto del juego incesantemente renovado, que llama a la luz a mundos nuevos». No una teodicea, sino una cosmodicea; no una suma de injusticias que expiar, sino la justicia como ley de este mundo; no el hybris, sino el juego, la inocencia. «Esta peligrosa palabra, el hybris, es la piedra de toque de todo heraclitiano. Es ahí donde puede mostrar si ha comprendido o no a su maestro»

Lectura anterior: El problema de la existencia
Próxima lectura: El lanzamiento de dados

La individuación en música

Hay un cierto tipo de individuación que no se restablece en un sujeto (yo), ni en la combinación de una forma y una materia. Un paisaje, un acontecimiento, una hora del día, una vida o un fragmento de vida... proceden de modo diferente. Tengo el sentimiento de que el problema de la individuación en música, que seguramente es muy complicado, es más bien del tipo de esas segundas individuaciones paradójicas. ¿A qué se le llama la individuación de una frase, de una pequeña frase en música? Quisiera partir del nivel más rudimentario, el más fácil en apariencia. Sucede que una música nos recuerda un paisaje. Así el celebre caso de Swan, en Proust: los Bois de Boulogne y la pequeña frase de Vinteuil. También sucede que los sonidos evocan colores, sea por asociación, sea por fenómenos llamados de sinestesia. Sucede, en fin, que los motivos en las operas estén ligados a las personas, por ejemplo un motivo wagneriano esta llamado a designar un personaje. Un modo de escuchar así no es nulo o sin interés, quizás a un cierto nivel de distracción hay que pasar por ahí, pero cada uno sabe que no es suficiente. Es que, a un nivel más tenso, no es el sonido el que remite a un paisaje, sino la música misma que envuelve un paisaje propiamente sonoro que le es interior (así en Liszt). Podríamos decir otro tanto para la noción de color, y considerar que las duraciones, los ritmos, los timbres con mayor razón, son ellos mismos colores, colores propiamente sonoros, que vienen a superponerse a los colores visibles, y que no tienen las mismas velocidades ni los mismos pasos de los colores visibles. Igualmente para la tercera noción, la del personaje. Podemos considerar en la opera ciertos momentos en asociación con un personaje: pero los motivos en Wagner no se asocian solamente a un personaje exterior, se transforman, tienen una vida autónoma en un tiempo flotante no pulsado en el que devienen ellos mismos y por sí mismos los personajes interiores a la música.
Texto perteneciente a la Conferencia sobre el mundo musical- 01/00/1978 G.D
Richard Wagner-Tannhäuser Overture-Karajan

Preferiría no hacerlo !!!!!

En el apuro y en la justificada expectativa de una obediencia inmediata, yo estaba en el escritorio con la cabeza inclinada sobre el original y con la copia en la mano derecha algo nerviosamente extendida, de modo que, al surgir de su retiro, Bartleby pudiera tomarla y seguir el trabajo sin dilaciones.
En esta actitud estaba cuando le dije lo que debía hacer, esto es, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi sorpresa, mi consternación, cuando, sin moverse de su ángulo, Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó:
Preferiría no hacerlo.
Me quedé un rato en silencio perfecto, ordenando mis atónitas facultades. Primero, se me ocurrió que mis oídos me engañaban o que Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con la mayor claridad posible; pero con claridad se repitió la respuesta.
Preferiría no hacerlo.
Preferiría no hacerlo repetí como un eco, poniéndome de pie, excitadísimo y cruzando el cuarto a grandes pasos . ¿Qué quiere decir con eso? Está loco. Necesito que me ayude a confrontar esta página; tómela y se la alcancé.
Preferiría no hacerlo dijo.
Lo miré con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises, vagamente serenos. Ni un rasgo denotaba agitación. Si hubiera habido en su actitud la menor incomodidad, enojo, impaciencia o impertinencia, en otras palabras si hubiera habido en él cualquier manifestación normalmente humana, yo lo hubiera despedido en forma violenta. Pero, dadas las circunstancias, hubiera sido como poner en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón.
Me quedé mirándolo un rato largo, mientras él seguía escribiendo y luego volví a mi escritorio. Esto es rarísimo, pensé. ¿Qué hacer? Mis asuntos eran urgentes. Resolví olvidar aquello, reservándolo para algún momento libre en el futuro. Llamé del otro cuarto a Nippers y pronto examinamos el escrito.
Pocos días después, Bartleby concluyó cuatro documentos extensos, copias cuadruplicadas de testimonios, dados ante mí durante una semana en la cancillería de la Corte. Era necesario examinarlos. El pleito era importante y una gran precisión era indispensable. Teniendo todo listo llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut, que estaban en el otro cuarto, pensando poner en manos de mis cuatro amanuenses las cuatro copias mientras yo leyera el original. Turkey, Nippers y Ginger Nut estaban sentados en fila, cada uno con su documento en la mano, cuando le dije a Bartleby que se uniera al interesante grupo.
¡Bartleby!, pronto, estoy esperando.
Oí el arrastre de su silla sobre el piso desnudo, y el hombre no tardó en aparecer a la entrada de su ermita.
¿En qué puedo ser útil? dijo apaciblemente.
Las copias, las copias dije con apuro . Vamos a examinarlas. Tome y le alargué la cuarta copia.
Preferiría no hacerlo dijo, y dócilmente desapareció detrás de su biombo.
Por algunos momentos me convertí en una estatua de sal, a la cabeza de mi columna de amanuenses sentados. Vuelto en mí, avancé hacia el biombo a indagar el motivo de esa extraordinaria conducta.
¿Por qué rehusa?
Preferiría no hacerlo.
Con cualquier otro hombre me hubiera precipitado en un arranque de ira, desdeñando explicaciones, y lo hubiera arrojado ignominiosamente de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y desconcertaba. Me puse a razonar con él.
Son sus propias copias las que estamos por confrontar. Esto le ahorrará trabajo, pues un examen bastará para sus cuatro copias. Es la costumbre. Todos los copistas están obligados a examinar su copia. ¿No es así? ¿No quiere hablar? ¡Conteste!
Prefiero no hacerlo replicó melodiosamente. Me pareció que, mientras me dirigía a él, consideraba con cuidado cada aserto mío; que comprendía por entero el significado; que no podía contradecir la irresistible conclusión; pero que al mismo tiempo alguna suprema consideración lo inducía a contestar de ese modo.
¿Está resuelto, entonces, a no acceder a mi solicitud; solicitud hecha de acuerdo con la costumbre y el sentido común?
Brevemente me dio a entender que en ese punto mi juicio era exacto. Sí: su decisión era irrevocable.


El texto pertenece a:BARTLEBY EL ESCRIBIENTE de Herman Melville

En un bello texto publicado en crítica y clínica, Gilles Deleuze trabaja la obra Bartleby el escribiente.
El texto se llama Bartleby o la fórmula (para leerlo haga click acá)

Línea-Pollock-en fuga





(La Película)

Acontecimiento, devenir e historia (conversaciones)

Progresivamente me he ido sensibilizando hacia una posible distinción entre el devenir y la historia. Decía Nietzsche que no hay nada importante que no ocurra bajo una “nube no histórica”. No se trata de la contraposición entre lo histórico y lo eterno, ni entre la acción y la contemplación: Nietzsche se refiere a aquello que se hace, al acontecimiento mismo o al devenir. Lo que la historia capta del acontecimiento son sus efectuaciones en estados de cosas, pero el acontecimiento, en su devenir, escapa a la historia. La historia no es la experimentación sino solamente el conjunto de condicione(prácticamente negativas) que hacen posible experimentar algo que escapa a la historia. En un gran libro de filosofía, Clio, Péguy explicaba que hay dos maneras de considerar el acontecimiento: una consiste en recorrerlo en toda su longitud, registrando su efectuación en la historia, sus condicionamientos y su degradación en la historia; la otra consiste en elevarse hasta el acontecimiento, instalarse en él como en un devenir, rejuvenecer y envejecer en él al mismo tiempo, atravesar todos sus componentes o singularidades. El devenir no es la historia, la historia designa únicamente el conjunto de condiciones (por muy recientes que sean) de las que hay que desprenderse para “devenir”, es decir, para crear algo nuevo. Exactamente lo que Nietzsche llamaba lo Intempestivo. Mayo del 68 fue la manifestación, la irrupción de un devenir en estado puro. Hoy está de moda denunciar los horrores de la revolución. Y esto no es nuevo: todo el romanticismo inglés está lleno de reflexiones sobre Cromwell muy semejantes a las que hoy se hacen sobre Stalin. Se dice que las revoluciones no tienen porvenir. Pero ahí se mezclan siempre dos cosas distintas: el futuro histórico de las revoluciones y el devenir revolucionario de la gente. Ni siquiera se trata de la misma gente en los dos casos. La única oportunidad de los hombres está en el devenir revolucionario, es lo único que puede exorcizar la vergüenza o responder a lo intolerable.

Leyendo el Nietzsche de Gilles: El problema de la existencia

Es una larga historia la del sentido de la existencia. Sus orígenes son griegos, precristianos. Se ha utilizado pues el sufrimiento como medio para demostrar la injusticia de la existencia, pero al mismo tiempo como medio para hallarle una justificación superior y divina. (Ya que sufre, es culpable; pero porque sufre, expía y es redimida.) La existencia como desmesura, la existencia como hybris y como crimen, he aquí la manera como ya los griegos la interpretaban y la valoraban. La imagen titánica(«la necesidad del crimen que se impone al individuo titánico») es, históricamente, el primer sentido acordado a la existencia. Interpretación tan seductora a la que Nietzsche, en El origen de la tragedia, no sabe aún resistirse y que conduce en beneficio de Dionisos. Pero le bastará descubrir al verdadero Dionysos para ver la trampa que oculta o al servicio de qué se halla: ¡hace de la existencia un fenómeno moral y religioso! Parece actuar a favor de la existencia cometiendo un crimen, una desmesura; se le confiere una doble naturaleza, la de una injusticia desmesurada y la de una expiación justificadora; se la titaniza por el crimen, se la diviniza por la expiación del crimen. Y ¿qué se halla al final de todo esto, sino una manera sutil de depreciarla, de convertirla en receptora de un juicio, juicio moral y sobre todo juicio de Dios? Anaximandro es el filósofo que, según Nietzsche, dio su perfecta expresión a esta concepción de la existencia. Decía: «Los seres se recompensan unos a otros la tristeza y la reparación de su injusticia, según el mandato del tiempo». Lo que quiere decir: 1.º que el devenir es una injusticia (adikia), y la pluralidad de las cosas que llegan a la existencia, una suma de injusticias; 2.º que éstas luchan entre ellas, y expían mutuamente su injusticia con la phtora; 3.º que todas provienen de un ser original («Apeiron»), que cae en un devenir, en una pluralidad, en una generación culpables, de las que reconquista eternamente la injusticia destruyéndolas «Theodicea». Schopenhauer es una especie de Anaximandro moderno. ¿Qué es lo que le gusta tanto a Nietzsche, en uno y en otro, y que explica que en El origen de la tragedia sea aún fiel, en general, a su interpretación? Sin ninguna duda es su diferencia con el cristianismo. Hacen de la existencia algo criminal, o sea culpable, pero que todavía no se acerca a la falta y la responsabilidad. Los mismos Titanes desconocen aún la increíble invención semítica y cristiana, la mala conciencia, la falta y la responsabilidad. A partir del Origen de la tragedia, Nietzsche opone el crimen titánico y prometeico al pecado original. Pero lo hace en términos oscuros y simbólicos, porque esta disposición es su secreto negativo, como el misterio de Ariana es su secreto positivo. Nietzsche escribe: «En el pecado original, la curiosidad, las falsas apariencias, la inconsistencia, la concupiscencia, en fin, una serie de defectos femeninos se consideran como el origen del mal... Así el crimen para los arios(griegos) es masculino; la falta, para los semitas es femenina». No hay ninguna misoginia nietzscheana: Ariana: es el primer secreto de Nietzsche, el primer poder femenino, el Anima, la inseparable novia de la afirmación dionisíaca. Pero el poder femenino es diverso, negativo y moralizador, madre terrible, madre del bien y del mal, que desprecia y niega la vida. «No existe otra manera de devolver el honor a la filosofía. Hay que empezar por ahorcar a los moralistas. Mientras hablen de la felicidad y de la virtud, sólo convertirán a la filosofía a las mujeres viejas. Miradlos a la cara, a todos estos sabios ilustres, desde milenios: todos viejas mujeres o mujeres maduras, madres para hablar como Fausto. ¡Las madres, las madres! ¡Terrible palabra!». Las madres y las hermanas: este segundo poder femenino está encargado de acusarnos, de hacernos responsables. Es culpa tuya, dice la madre, culpa tuya si yo no tengo un hijo mejor, más respetuoso con su madre y más consciente de su crimen. Es culpa tuya, dice la hermana, culpa tuya si yo no soy más hermosa, más rica y más amada. La imputación de las equivocaciones y de las responsabilidades, la agria recriminación, la perpetua acusación, el resentimiento, he aquí una piadosa interpretación de la existencia. Es culpa tuya, es culpa tuya, hasta que el acusado diga a su vez «es culpa mía», y hasta que en el mundo desolado repercutan todas estas quejas y su eco. «En cualquier parte donde se han buscado responsabilidades, ha sido el instinto de venganza quien las ha buscado. Este instinto de venganza se ha apoderado hasta tal punto de la humanidad, a lo largo de los siglos, que toda la metafísica, la psicología, la historia, y sobre todo la moral, llevan su huella. Desde que el hombre ha pensado, ha introducido en las cosas el bacilo de la venganza». En el resentimiento (es culpa tuya), en la mala conciencia (es culpa mía), y en su fruto común (la responsabilidad), Nietzsche no ve simples fenómenos psicológicos, sino categorías fundamentales del pensamiento semítico y cristiano, nuestra manera de pensar y de interpretar la existencia en general. Un ideal nuevo, una nueva interpretación, otra manera de pensar, son las tareas que se propone Nietzsche. «Dar a la irresponsabilidad su primitivo sentido»; «He querido conquistar el sentimiento de una plena irresponsabilidad, hacerme independiente de la alabanza y del insulto, del presente y del pasado». La irresponsabilidad, el secreto más hermoso y más noble de Nietzsche. En relación al cristianismo los griegos son unos niños. Su manera de depreciar la existencia, su «nihilismo», no tienen la perfección cristiana. Juzgan la existencia culpable, pero no han inventado aún ese refinamiento que consiste en juzgarla culpable y responsable. Cuando los griegos hablan de la existencia como criminal e «hybrica», creen que los dioses han vuelto locos a los hombres: la existencia es culpable, pero son los dioses quienes asumen la responsabilidad de la falta. Ésta es la gran diferencia entre la interpretación griega del crimen y la interpretación cristiana del pecado. Ésta es la razón por la que Nietzsche, en El origen de la tragedia, cree todavía en el carácter criminal de la existencia, ya que este crimen, al menos, no implica la responsabilidad del criminal. «La locura, la sinrazón, una cierta turbación en el cerebro, esto es lo que admitían los griegos de la época mas vigorosa y excelsa, para explicar el origen de muchas cosas molestas y fatales. ¡Locura y no pecado! ¿Lo entendéis?... Un dios debe haberlo cegado, se decía el griego ladeando la cabeza... He aquí la forma en que los dioses servían entonces para justificar cierto punto a los hombres; incluso en sus malas acciones, servían para interpretar la causa del mal - en aquel tiempo no tomaban sobre sí el castigo, sino, lo que es más noble, la falta». Pero Nietzsche se dará cuenta de que esta gran diferencia disminuye con la reflexión. Cuando se plantea la existencia como culpable, basta un paso para hacerla responsable, basta un cambio de sexo, Eva en lugar de los Titanes, un cambio en los dioses, un Dios único actor y justiciero en lugar de los dioses espectadores y «jueces olímpicos». Que un dios tome sobre él la responsabilidad de la locura que inspira a los hombres, o que los hombres sean responsables de la locura de un Dios que se pone en la cruz, no son aún dos soluciones muy diversas, aunque la primera sea incomparablemente más hermosa. Realmente, el problema no es: la existencia culpable, ¿es o no es responsable? Sino, la existencia, ¿es culpable o inocente? En este caso Dionysos ha hallado su verdad múltiple: la inocencia, la inocencia de la pluralidad, la inocencia del devenir y de lo que es.




Lectura anterior: Esencia de lo trágico
Próxima lectura: Existencia e inocencia

«C», como «Cultura».

Gilles Deleuze:

¡Bueno! ¿Por qué no?

Claire Parnet:

Vamos allá entonces. Tú eres de los que no se considera culto, es decir, dices que sólo lees, sólo ves películas, o sólo consideras las cosas para un saber preciso: el que necesitas para un trabajo definido, preciso, que es el que estás haciendo en un momento determinado; pero al mismo tiempo eres una persona que todos los sábados va a una exposición, va a ver una película del ámbito cultural selecto, y uno tiene la impresión de que hay una práctica, una especie de esfuerzo encaminado a la cultura, que sistematizas y tienes una práctica cultural, es decir, que sales, haces un esfuerzo, tiendes a cultivarte y, sin embargo, lo repito, dices que no eres nada culto. Así que, ¿cómo explicas ese pequeña paradoja? ¿No eres culto?

Gilles Deleuze:

No, lo que quiero decir cuando digo, en efecto, cuando te digo que no me considero en absoluto como un intelectual, no me considero alguien culto, por una sencilla razón, y es que cuando veo a alguien culto, me quedo pasmado. No se trata tanto de admiración –algunos aspectos me suscitan admiración, otros no lo hacen en absoluto–, sino que me quedo pasmado. Alguien culto no deja de llamar la atención: se trata de una saber pasmoso acerca de todo. Alguien culto –uno lo ve mucho en los intelectuales– lo sabe todo, no sé, están al corriente de todo: se saben la historia de la Italia del Renacimiento, se saben la geografía del polo Norte, se saben... en fin, habría que hacer toda la lista. Lo saben todo, pueden hablar de todo: es abominable. Cuando digo que no soy ni culto ni un intelectual, quiero decir algo muy sencillo: no tengo ningún saber de reserva, ninguno. Así no tendré ningún problema: cuando me muera no habrá que buscar cosas mías sin publicar, nada, porque no tengo ninguna reserva, no tengo nada; ningún depósito, ningún saber provisional, y todo lo que aprendo lo aprendo para una tarea determinada, de tal forma que, una vez finalizada la tarea, lo olvido, hasta tal punto que, diez años después, me veo obligado –esto me produce una gran alegría, cuando me veo obligado a ponerme a trabajar de nuevo sobre un tema anexo o sobre el mismo tema– debo empezar otra vez desde cero, con la excepción de unos pocos casos, porque a Spinoza le llevo en el corazón, no se me olvida: es mi corazón, no mi cabeza. Ahora, salvo este caso –por esa razón no siento admiración por ello, por esa cultura pasmosa: gente que habla...

Claire Parnet:

¿Se trata de erudición o de tener una opinión sobre todos los temas?

Gilles Deleuze:

No, no se trata de erudición: ellos saben de lo que hablan. De primeras han viajado, en la historia, en la geografía: saben y pueden hablar de todo. En la tele he podido escuchar nombres –es algo pasmoso–: ¡cuánta admiración siento –puedo decirlo incluso– por gente como Eco! Umberto Eco es prodigioso: cualquier cosa que se le pregunte, y ¡ya está! Es como si se pulsara un aparato. Y además lo sabe, no es que... No puedo decir que sea algo que me apetezca –me deja pasmado, pero no lo deseo en absoluto. En cierto modo pienso que la cultura consiste en buena medida en hablar –no puedo evitarlo, sobre todo ahora que ya no doy cursos, que me he jubilado–, pienso cada vez más que hablar es algo sucio. La escritura es limpia. Escribir es limpio y hablar es sucio. Y es sucio porque es un coqueteo. Nunca he soportado los debates. Asistí a debates cuando era muy joven. No hago viajes. ¿Por qué no viajo? Porque los intelectuales...–yo no tendría inconveniente en viajar si... bueno, no, mi salud me lo prohíbe–, los viajes de los intelectuales son bufonadas, vaya. Llegan, no viajan; se desplazan para hablar. Salen de un lugar en el que hablan para ir a otro lugar en el que van a hablar, y luego incluso durante el almuerzo hablan con los intelectuales del lugar –no paran de hablar. Yo no soporto hablar, hablar, hablar –no lo soporto. A mi modo de ver, la cultura está al fin y al cabo muy unida a la palabra. En este sentido, yo odio la cultura, no puedo soportarla.

Claire Parnet:

Pero sobre esto volveremos, sobre la separación entre una escritura limpia y la palabra sucia, porque, a pesar de todo, tu has sido un gran profesor, y la solución...

Gilles Deleuze:

Es diferente, eso es diferente

Claire Parnet:

Pero volveremos sobre ello, porque hay una letra «P» que está ligada a tu trabajo de profesor, y con ello tendremos oportunidad de hablar de nuevo de la seducción.

Claire Parnet:

En tal caso, me gustaría volver no sin embargo a aquello que has eludido un poco, y que es ese esfuerzo, esa disciplina que tú te impones –aunque en realidad no lo necesites–, de ver, no sé, pongamos que en los últimos quince días, la exposición de Polke en el Musée d’Art Moderne. Tú vas sin embargo con bastante frecuencia, por no decir cada semana, a ver una gran película o una exposición de pintura, pero no eres un erudito, no eres culto, no sientes ninguna admiración por la gente culta, como acabas de decir. ¿A qué corresponde esa práctica, ese esfuerzo? ¿Se trata de un placer?

Gilles Deleuze:

Pienso que no –bueno, sí, claro, se trata de un placer. En fin, no siempre es un placer, pero entonces pienso en la cosa de estar al acecho. En cierto modo, yo no creo en la cultura, pero sí creo en los encuentros, y los encuentros no se hacen con gente. La gente siempre cree que los encuentros se hacen con gente, y eso es terrible. Esto forma parte de la cultura: los intelectuales se encuentran entre ellos, esa marranada de los debates, toda esa, en fin –infamia. Pero los encuentros no se hacen con la gente, se hacen con cosas, vaya, se hacen con obras. Yo me encuentro con un cuadro, sí, me encuentro con un aire musical, me encuentro con una música. Sí, comprendo lo que quiere decir un encuentro; cuando la gente quiere añadir además un encuentro consigo misma, con la gente, la cosa ya no funciona en absoluto. Eso no es un encuentro; esa es la razón de que los encuentros resultan tan, tan decepcionantes. Los encuentros con la gente siempre son catastróficos, pero yo, como dices, cuando voy el sábado o el domingo al cine, no estoy seguro de tener un encuentro, pero salgo un poco, estoy al acecho: ¿no hay nada que encontrar– un cuadro, una película? Entonces es formidable. Pongo un ejemplo porque, para mí, tan pronto como uno hace algo, se trata de dejarlo; se trata al mismo tiempo de quedarse ahí y de dejarlo –y en tal caso, quedarse en la filosofía es también cómo salir de filosofía, pero salir de la filosofía no quiere decir hacer otra cosa: y por ello hay que salir quedándose dentro, y no hacer otra cosa. No es hacer una novela: en primer lugar, yo sería incapaz, y aunque lo fuera, creo que ello no me diría absolutamente nada. Yo quiero salir de la filosofía por la filosofía.

Gilles Deleuze:

En cierto modo, yo no creo en la cultura, pero sí creo en los encuentros, y los encuentros no se hacen con gente. La gente siempre cree que los encuentros se hacen con gente, y eso es terrible. Esto forma parte de la cultura: los intelectuales se encuentran entre ellos, esa marranada de los debates, toda esa, en fin –infamia. Pero los encuentros no se hacen con la gente, se hacen con cosas, vaya, se hacen con obra. Yo me encuentro con un cuadro, sí, me encuentro con un aire musical, me encuentro con una música. Sí, comprendo lo que quiere decir un encuentro; cuando la gente quiere añadir además un encuentro consigo misma, con la gente, aquello ya no funciona en absoluto. Eso no es un encuentro;esa es la razón de que los encuentros resultan tan, tan decepcionantes. Los encuentros con la gente siempre son catastróficos, pero yo, como dices, cuando voy el sábado o el domingo al cine, no estoy seguro de tener un encuentro, pero salgo un poco, estoy al acecho: ¿no hay nada que encontrar– un cuadro, una película? Entonces es formidable. Pongo un ejemplo porque, para mí, tan pronto como uno hace algo, se trata de dejarlo; se trata al mismo tiempo de quedarse ahí y de dejarlo –y en tal caso, quedarse en la filosofía es también cómo salir de filosofía, pero salir de la filosofía no quiere decir hacer otra cosa: y por ello hay que salir quedándose dentro, y no hacer otra cosa. No es hacer una novela: en primer lugar, yo sería incapaz, y aunque lo fuera, creo que ello no me diría absolutamente nada. Yo quiero salir de la filosofía por la filosofía: eso es lo que me interesa, eso.

Claire Parnet:

¿O sea?

Gilles Deleuze:

Bien, pongo el ejemplo –como todo esto es para después de mi muerte, puedo actuar sin modestia. Acabo de hacer un libro sobre un gran filósofo que se llama Leibniz, insistiendo sobre un noción que me parece importante en él, pero que es muy importante para mí, que es el pliegue, la noción de pliegue. En fin, creo haber hecho un libro de filosofía sobre esa noción un poco rara de pliegue. ¿Qué es lo que me ocurre con esto? Recibo cartas, como siempre, pero cartas –bueno, hay cartas insignificantes, aunque son encantadoras y calurosas y me conmueven mucho. Hay cartas que me dicen: «Está muy bien, muy bien lo que usted ha hecho»: se trata de cartas de intelectuales a los que les ha gustado o no les ha gustado el libro; y luego recibo dos cartas o literalmente dos tipos de cartas ante las cuales, me froto los ojos. Hay cartas de gente que me dice: «Su historia del pliegue trata de nosotros, de nosotros». Y me entero de que son gente que pertenece a una asociación que agrupa a 400 personas en Francia en la actualidad, y que tal vez vaya en aumento, la Asociación de Papiroflexia. Tienen una revista, me la envían y me dicen: «Pero estamos completamente de acuerdo; lo que usted hace también lo hacemos nosotros». En fin, me digo: «Esto es lo que he ganado». En esto, recibo otro tipo de carta, y hablan exactamente de la misma manera, pues dicen: «El pliegue trata de nosotros» –pero es tan maravillosa. En primer lugar, ello me lleva a pensar en Platón, porque en Platón –los filósofos son, para mí, gente nada abstracta, son grandes escritores y grandes autores muy concretos. En Platón hay una historia que me causa regocijo, y que sin duda está ligada al comienzo de la filosofía –pero sobre esto tal vez volvamos más tarde. El tema de Platón es: él da una definición, por ejemplo: «¿qué es el político?». El político es el pastor de hombres, y en esto hay un montón de gente que llega y dice: «Bueno, saben, el político somos nosotros». Por ejemplo, llega el pastor y dice: «Bueno, yo visto a los hombres; yo soy el pastor de los hombres». Llega el carnicero y dice: «Yo alimento a los hombres; yo soy el pastor de los hombres». Llegan los rivales, ¿no? –resulta que en cierto modo yo he tenido esa experiencia: los aficionados a la papiroflexia llegan y dicen: «El pliegue, somos nosotros». Los otros que he citado, que me envían exactamente el mismo tipo de cartas, es estupendo, son los surfistas, que dicen: «Pero... estamos completamente de acuerdo, porque, ¿qué es lo que hacemos? No dejamos de introducirnos en los pliegues de la naturaleza. Para nosotros, la naturaleza es un conjunto de pliegues móviles; entonces nos introducimos en el pliegue de la ola. Habitar el pliegue de la ola: esa es nuestra labor». Habitar el pliegue de la ola y, en efecto, ellos hablan admirablemente al respecto. Son gente completamente –piensan, no se contentan con hacer surf. Tal vez podamos hablar de ello otra vez si un día llegamos a los deportes [sports], a la «S».

Claire Parnet:

Queda lejos.

Gilles Deleuze:

Volveremos a hablar de ello, pero...

Claire Parnet:

Pero habíamos empezado hablando de encuentros. Así, pues, ¿los aficionados a la papiroflexia constituyen un encuentro?

Gilles Deleuze:

Bueno, se trata de encuentros. Cuando digo «salir de la filosofía» por la filosofía –es algo que, creo, me ha sucedido siempre–, se trata de encuentros. He tenido un encuentro con los aficionados a la papiroflexia, no tengo necesidad de verles –por otra parte, sin duda sufriríamos una decepción. Yo quedaría decepcionado, y ellos quedarían aún más decepcionados, no tengo necesidad de verles. He tenido un encuentro con el surf, con los aficionados a la papiroflexia. Literalmente, he salido de la filosofía por la filosofía: eso es un encuentro. Cuando voy a ver una exposición, ¿qué hago? Estoy al acecho, en busca de un cuadro que me conmueva, que me emocione. Cuando voy al cine –no voy al teatro, porque el teatro es demasiado largo, demasiado disciplinado, y además me parece un arte tan... salvo en algunos casos, salvo Bob Wilson y Carmelo Bene. No tengo la impresión de que el teatro acompañe mucho a nuestra época, pero, salvo esos casos extremos... El hecho es que ya no puedo permanecer sentado cuatro horas en un mal asiento, por motivos de salud, de modo que eso elimina el teatro para mí. Pero, sí, en una exposición de pintura o en el cine, siempre tengo la impresión de que puedo encontrarme con una idea.

Claire Parnet:

Sí, pero hay alguna, en fin, ¿no existe la película de entretenimiento?

Gilles Deleuze:

Eso no es cultura.

Claire Parnet:

No es cultura, pero no hay entretenimiento, es decir...

Gilles Deleuze:

Mi entretenimiento es...

Claire Parnet:

Todo está inscrito en un trabajo.

Gilles Deleuze:

Es la...

Claire Parnet:

¿El futuro?

Gilles Deleuze:

No, no es un trabajo, quiero decir que son acechanzas. Estoy al acecho de algo que pasa diciéndome: «Vaya, ¿me está turbando esto?». Me divierte mucho, es muy divertido, sí.

Claire Parnet:

Pero, ¿no es Eddie Murphy lo que te turba?

Gilles Deleuze:

¿No es...?

Claire Parnet:

Eddie Murphy es un...

Gilles Deleuze:

¿Quién es ese?

Claire Parnet:

Es un actor de comedia estadounidense, cuyas últimas películas son verdaderos éxitos de público. Tú no vas a verlas nunca...

Gilles Deleuze:

No le conozco.

Claire Parnet:

No, tú sólo ves a Benny Hill en televisión.

Gilles Deleuze:

Sí, bueno, Benny Hill me interesa, sí, me interesa. No eligo cosas necesariamente muy buenas; tiene razones para interesarme.



Claire Parnet:

Pero, ¿cuando tú sales es para un encuentro?

Gilles Deleuze:

Cuando salgo, bueno, si no hay ninguna idea que sacar, si no pienso: «¡Ah, bueno! Había una idea». ¿Qué son los grandes cineastas –pues esto también vale para los cineastas? Lo que me impresiona en la belleza, por ejemplo –digamos en un grande como Minnelli o Losey– ¿Qué es lo que me impresiona en ellos, a no ser que están perseguidos por ideas, por una idea?

Claire Parnet:

Y ahora estás quemando mi «I»...

Gilles Deleuze:

...idea...

Claire Parnet:

Estás quemándome mi «I», deténte inmediatamente.

Gilles Deleuze:

Detengámonos ahí, pero me parece que un encuentro consiste en eso. Uno tiene encuentros con las cosas antes que con la gente, son encuentros...

Claire Parnet:

¿Y en este momento tienes muchos encuentros? Por hablar de un periodo cultural preciso como el del momento.

Gilles Deleuze:

Bueno, sí, acabo de decirlo: los aficionados a la papiroflexia y los surfistas. ¿Quieres algo más hermoso? Pero no son encuentros con los intelectuales, sabes, yo no tengo encuentros con intelectuales...

Claire Parnet:

¿Pero te ves?

Gilles Deleuze:

... o si tengo un encuentro con un intelectual es por otras razones: si me gusta y tengo un encuentro con él, se debe a lo que hace, a su trabajo actual, a su encanto, todo eso. Uno tiene encuentros con esos elementos, con el encanto de la gente, con el trabajo de la gente, pero no con la gente, a quién diablos le importa la gente, nada en absoluto.

Claire Parnet:

¿Y además pueden frotarse como los gatos?

Gilles Deleuze:

Sí, bueno, si no tienen otra cosa, si no tienen más que el frotamiento y el ladrido, es terrible.

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Bloques rizomáticos


Gilles y Félix


Mil mesetas

Bibliografía de Gilles Deleuze en castellano

DELEUZE, Gilles, Empirismo y Subjectividad (Madrid: Gedisa, 1981) tr. Hugo Acevedo. Prefacio de Oscar Masotta.
DELEUZE, Gilles, Nietzsche y la filosofia (Barcelona: Editorial Anagrama, 1971) tr. Carmen Artal.
DELEUZE, Gilles, La filosofía Crítica de Kant tr. Francisco Monge, en Deleuze, Spinoza, Kant, Nietzsche (Barcelona: Editorial Labor, 1974).
DELEUZE, Gilles, El Bergsonismo (Madrid: Ediciones Catédra, 1987) tr. Luis Ferrero Carracedo.
DELEUZE, Gilles, Presentacion de Sacher-Masoch (Madrid: Taurus, 1973) tr. A.M. García Martínez.
DELEUZE, Gilles, Diferencia y repetición (Gijón: Júcar Universidad, 1988) tr. Alberto Cardín. Introducción de Miguel Morey. Introducción traducida como "Repetición y Diferencia: Introducción" tr.F. Monge en Cuadernos Anagrama 1972.
DELEUZE, Gilles, Spinoza y el problema de la expresión (Barcelona: Muchnik Editores, 1975) tr. Horst Vogel.
DELEUZE, Gilles, Lógica del sentido (Barcelona: Barral, 1970) tr. Ángel Abad. Nueva traducción (Barcelona: Paidós, 1989) tr. Miguel Morey y Víctor Molina.
DELEUZE, Gilles, Spinoza, tr. Francisco Monge en Deleuze, Spinoza, Kant, Nietzsche (Barcelona: Editorial Labor, 1974).
DELEUZE, Gilles, Proust y los signos (Barcelona: Anagrama, 1972) tr. Francisco Monge.
DELEUZE, Gilles, in Foucault, "Theatrum Philosophicum," tr. F. Monge, in Cuadernos Anagrama 1972, p.41.
DELEUZE, Gilles, El Antiedipo (Barcelona: Barral, 1973) tr. Francisco Monge. Nueva edición en Ediciones Paidós S.A., Barcelona.
DELEUZE, Gilles, "Tres problemas de grupo" en Guattari, Psicoanálisis y transversalidad tr. Fernando Hugo Azcurra (México: Siglo XXI, 1976) pp.9-21.
DELEUZE, Gilles, "Los entelectuales y el poder" tr. Julia Varela and Fernando Álvarez-Uría en Foucault, Microfísica del poder (Madrid: La Piqueta, 1978), pp.77-86.
DELEUZE, Gilles, "Capitalismo y esquizofrenia" en Laura Forti, La oltra locura (Barcelona: Tusquets, 1976), pp.55-71.
DELEUZE, Gilles, Kafka: Por una literatura menor (Mexico: Ediciones Era, 1978) tr. Jorge Aguilar.
DELEUZE, Gilles, "Escritor no: un nuevo cartógrafo" en Liberación 6 (Dec. 30, 1984), pp.14-15.
DELEUZE, Gilles, Rizoma (Valencia: Pre-Textos, 1984) tr. Victor Navarro y C. Casillas.
DELEUZE, Gilles, Diálogos (Valencia: Pre-Textos, 1980) tr. José Vázquez Pérez.
DELEUZE, Gilles, Política y Psicoanálisis (Mexico: Ediciones Terra Nova, 1980) tr. Raymundo Mier.
DELEUZE, Gilles, "Nietzsche y San Pablo, Lawrence y Juan de Patmos" tr. Ernesto Hernández en El vampiro pasivo 12 (1994), p.21ff.
DELEUZE, Gilles, "Filosofía y memoria" tr. Libia Moez y Gerardo Ramírez en El vampiro pasivo 7-8, p.12.
DELEUZE, Gilles, con Félix Guattari, Mil mesetas (Valencia: Pre-Textos, 1988) tr. José Vázquez Pérez y Umbelena Larraceleta.
DELEUZE, Gilles, Spinoza: Filosofía práctica (Barcelona: Tusquets, 1984) tr. Antonio Escohotado.
DELEUZE, Gilles, La imagen-movimiento: Estudios sobre cine 1 (Barcelona: Paidós, 1984) tr. Irene Agoff.
DELEUZE, Gilles, La imagen-tiempo: Estudios sobre cine 2 (Barcelona: Paidós, 1986) tr. Irene Agoff.
DELEUZE, Gilles, Foucault (Barcelona: Paidós Studio, 1987) tr. José Vázquez Pérez. Prefacio de Miguel Morey.
DELEUZE, Gilles, El Pliegue: Leibniz y el barroco (Barcelona: Paidós, 1989) tr. José Vázquez Pérez y Umbelena Larraceleta.
DELEUZE, Gilles, Pericles y Verdi (Valencia: Pre-Textos, 1989) tr. Umbelena Larraceleta y José Vázquez Pérez.
DELEUZE, Gilles, "¿Qué es un dispositivo?" en Michel Foucault filosofo (Barcelona: Gedisa editorial, 1990) tr. Alberto Bixio.
DELEUZE, Gilles, Conversaciones (Valencia: Pre-Textos, 1995) tr. José Luis Pardo.
DELEUZE, Gilles, "Tener una idea en cine" tr. Jorge Terré en Archipiélago 22 (otoño 1995), pp.52-59.
DELEUZE, Gilles, ¿Qué es la filosofía? (Barcelona: Editorial Anagrama, 1993) tr. Thomas Kauf.
DELEUZE, Gilles, "Para Félix" en Archipiélago 17 (1994) tr. Angels Hernyo Campo [Jordi Terré].
DELEUZE, Gilles, Critica y Clínica (Barcelona: Editorial Anagrama, 1996) tr. Thomas Kauf.
DELEUZE, Gilles, La isla desierta y otros textos (1953-1974) pre-textos 2005
DELEUZE, Gilles, Dos regímenes de locos. Textos y entrevistas (1975-1995) pre-textos 2007